Ignacio Camacho

«Regresó el Pablo Iglesias del megáfono, el agitador del puño cerrado»

"Regresó el Pablo Iglesias del megáfono, el agitador del puño cerrado"
Ignacio Camacho. PD

Ignacio Camacho considera que Mariano Rajoy salió más que vivo del debate y en parte justifica a Pedro Sánchez porque tampoco le quedaba otra que cumplir con lo que había anunciado insistentemente durante los días previos, su no rotundo al candidato del PP:

Muy mejorado respecto a su gélida versión del martes, Rajoy ganó ayer el debate pero perdió la investidura. O al revés. Ya hizo más que Sánchez en marzo, que salió trasquilado de la votación y recibió además varios repasos dialécticos. El candidato actual al menos se fue vivo de la encerrona, dispuesto a seguir intentándolo… si le dejan, que esto fue lo que no quedó claro. Porque al margen de ver al presidente más chispeante y zumbón, al Rivera más constructivo, al Iglesias más demagógico y al Tardá más desbarrado, la sesión dejó dos incógnitas sin resolver, y no menores. Una, la de si el pacto entre el PP y C’s sobrevivirá más allá del viernes. Y dos, la de si el líder socialista piensa explorar la «vía Frankestein».

Subraya que:

Ésta es la cuestión clave. Sánchez no la zanjó, pero sí pareció cerrar cualquier posibilidad de alterar en el futuro su cerrada negativa al marianismo. Después de todo lo que dijo sobre (contra) el Gobierno no puede volver a la Cámara a permitir la reelección de Rajoy. En cierto modo, más que al aspirante le hablaba a su partido. Era el suyo un mensaje al Comité Federal, a los críticos, a la vieja guardia. Un «no pasarán» como no sea por encima de su cadáver político. Hizo un discurso numantino, de resistencia agónica y sospechosa identidad argumental con Podemos, cuyo portavoz le felicitó -Pedro, sé fuerte- por su impermeabilidad a la presión del sistema. Pero no aclaró lo esencial: si está dispuesto a aceptar la oferta de pacto que recibió de toda la izquierda.

El resto fueron fuegos artificiales, bucles del Año de la Marmota. Lució el Rajoy brillante, de ingenio cáustico, ocurrente y mordaz, orador mucho más vivo y contundente que en la plúmbea víspera. Regresó el Pablo Iglesias del megáfono, el agitador del puño cerrado, reclamando para sí la jefatura de la oposición con una soflama frentista más bien barata, impregnada de demagogia populista. Ya no sorprende ni asusta; los diputados se iban a fumar mientras lanzaba la consabida diatriba llena de enormidades retóricas. El presidente lo trató con condescendencia pedagógica y Rivera lo despreció llamándole «comentarista». El jefe de Ciudadanos, epígono vocacional de Suárez, asumió la tarea de defender -sin papeles- las reformas del acuerdo que Rajoy había olvidado. Puso mucho empeño en proclamar que no se fía de su socio y que sólo por responsabilidad acepta como pareja de baile a la más fea del pueblo. Un sacrificio patriótico. Pero que nadie espere arrumacos porque entre ambos no existe física ni química.

Y sentencia que la única alternativa que puede haber a Rajoy es el llamado Gobierno Frankenstein:

Fuera de eso todo resultó pirotecnia, cháchara de tono electoralista. El asunto esencial sigue en manos de un Sánchez pétreo que no da pistas. En su discurso de postulación, Rajoy había dejado dicho que fuera de la suya no existe ninguna «alternativa razonable». Ayer quedó flotando en el hemiciclo la hipótesis de que surja una no razonable. O sea, un disparate.

Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

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