Ignacio Camacho

La Infanta no ha movido un dedo, ajena a la contrición y al arrepentimiento

La Infanta no ha movido un dedo, ajena a la contrición y al arrepentimiento
Ignacio Camacho. PD

HA pasado mucho tiempo y corrido mucha agua corrupta bajo los puentes de la democracia, pero el caso de Iñaki Urdangarin parece un reflejo del de Juan Guerra.

El modus operandi de ambos era muy similar: el aprovechamiento de un parentesco para lucrarse con el tráfico de influencias.

Mienmano, como lo bautizó el maestro Burgos, salió casi indemne porque entonces no estaban tipificados ciertos delitos, pero el absentismo del vicepresidente precipitó el ocaso del felipismo y a él le costó el poder y la carrera.

El sumario Nóos se ha llevado por delante nada menos que a un rey y no ha lesionado a la Corona como institución porque el nuevo monarca supo tomar decisiones contundentes como mano firme y mente gélida.

Pero un daño moral sí ha causado. Y seguirá provocándolo cuando la entrada en prisión del cuñado de Felipe VI se convierta en carnaza sensacionalista del periodismo-espectáculo. Por cada español que piense que la condena demuestra el funcionamiento imparcial de la justicia hay dos o tres convencidos de que ésta ha favorecido a los poderes del Estado.

La intolerable duración del proceso, en medio de una atmósfera de populismo justiciero, ha multiplicado los estragos. Y la propia monarquía, indisociable de la estructura familiar, ha vivido una inevitable ruptura de lazos sentimentales para levantarle diques al escándalo.

Ante todo ese deterioro, la Infanta Cristina no ha movido un dedo. Como si nada le concerniese, como si ninguna responsabilidad le afectara, como si no fuese su especial posición la que ha otorgado relevancia cenital al proceso.

Blindada a cualquier sensibilidad distinta a la empatía con su esposo, ajena a la dimensión política del asunto, ha sido incapaz de atenuar la presión sobre su padre y su hermano mediante el mínimo y simbólico gesto de la renuncia a sus derechos. Impermeable a la autocrítica, a la contrición, al arrepentimiento.

Lejos de ello, su reacción ante la sentencia ha reafirmado su victimismo; sin atisbo de remordimiento proclamó su convicción en la inocencia de su marido. Ni siquiera se dio por aludida ante la evidencia de que, absolviéndola de las exageradas penas solicitadas con mala fe por la acusación particular, el veredicto la declara corresponsable civil de un lucro ilícito.

Para cualquier ciudadano, ese leve balance puede constituir un alivio. Para un miembro de la Familia Real, sometido a la observancia de un plus de ejemplaridad, supone un reproche ético que invalida cualquier aspiración de nobleza, dignidad o título.

Sin la notable destreza y tacto político del nuevo Rey, la Corona hubiese sufrido una erosión capaz de comprometerla como garantía del régimen constitucional, pero aun así su prestigio sale resentido de un innegable quebranto. Por eso resulta mucho más lamentable la frivolidad egoísta de quien, obligada a hacerlo, no le ha ahorrado un ápice de menoscabo.

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