Alfonso Rojo

Holanda: La pérdida de la inocencia

Holanda: La pérdida de la inocencia
Alfonso Rojo, director de Periodista Digital S.L. PD

¿Se han vuelco locos los holandeses? ¿Se ha producido una mutación genética? ¿Sufre el país de los tulipanes una devastadora crisis económica que ha dejado sin pan si esperanza a buena parte de sus 17 millones de habitantes?

NO y sin embargo, este miércoles Holanda irá a las urnas para elegir los 150 miembros del Parlamento y todo indica que el gran vencedor de la jornada será el Partido por la Libertad (PVV) de Geert Wilders, del que lo más suave que se dice aquí es que es xenófobo, fascista y antieuropeo.

Habrá quien se sacuda de encima la dudas, argumentando que es parte de la ola de populismo que recorre el mundo y se consuele con la idea de que el sistema político holandés es tan fragmentario y exige tantas alianzas, que difícilmente Wilders llegará al poder, pero no hay peor tonto que el que se engaña a si mismo.

Si hay un lugar en Europa con tradición de tolerancia y aparentemente refractario a la intransigencia es Holanda. Por eso Descartes huyó a los Países Bajos, y por eso los judíos españoles y portugueses, así como los hugonotes franceses, buscaron refugio allí cuando eran perseguidos en otros lados. Ni siquiera se plegaron a los nazis, como hicieron otros. Nada que ver en apariencia con Austria, patria chica de Hitler, la Francia de Le Pen, el Reino Unido de Farage o la vecina Bélgica.

¿Cuántas veces se ha citado como ejemplo el modelo holandés en asuntos como la marihuana, el sexo o el suicidio asistido?

Su renta per cápita es el doble que la de los españoles, su esperanza de vida es similar a la nuestra y su paro cae por debajo del 5% y sin embargo, como quedará patente en estas elecciones, el cabreo es considerable, va en aumento y apunta cada día más directamente a los musulmanes.

Simplificar el fenómeno, pegándole encima la etiqueta ‘ultraderechismo’ es erróneo. Holanda ha sido desde II Guerra Mundial un país de acogida y entre los votantes del PVV, abundan los convencidos de que el crecimiento vertiginoso del número de inmigrantes musulmanes amenaza su ‘identidad nacional’, basada en ese liberalismo que les hizo pioneros en la emancipación de las mujeres o en los derechos de los homosexuales.

Son los que claman contra las profesoras que dan clase a sus hijos cubiertas con el hiyab, se encrespan cuando el cerril imán de barrio intenta imponer que no pasen chicas en minifalda por la acera de la mezquita o creen que su forma de ver la vida y las relaciones entre las personas, corre serio peligro.

ALFONSO ROJO

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