Jaime González

La sublimación de lo nimio

La sublimación de lo nimio
Jaime González (ABC). PD

Una de las señas de identidad de la política española es la sublimación de lo nimio, esa proverbial propensión a elevar a categoría lo que -en el mejor de los casos- no es más que una simple anécdota.

De un tiempo a esta parte, casi todas las grandes polémicas nacionales traen cuenta de asuntos que adquieren trascendencia mediática por el viejo método de inflar el globo para que coja altura y nos lo quedemos mirando como el necio que se fija en el dedo en lugar de en la luna.

En paralelo, grandes problemas sociales como el fracaso escolar, la inmigración, el futuro de las pensiones, el invierno demográfico o el endeudamiento del Estado sucumben informativamente ante el peso muerto de lo vacuo.

Somos víctimas de ese pensamiento naif que jerarquiza los problemas no por su importancia, sino por su capacidad para generar espectáculo. La política y los medios se retroalimentan para desvirtuar la realidad, obligándonos a seguir su propia escaleta: el hecho de que Mariano Rajoy no llamara a Pedro Sánchez para felicitarle por el resultado de las primarias ocupó la pasada semana más horas de tertulia que el asesinato de dos decenas largas de cristianos coptos en Egipto, por ejemplo.

Ahora sabemos que el lunes 22 de mayo, un día después de las primarias, Rajoy le mandó a Sánchez el siguiente mensaje: «Cuando tengas un minuto, hablamos», parca manera de restablecer el diálogo con el electo secretario general del PSOE que hemos conocido después de que éste llamara ayer por teléfono al presidente del Gobierno para aunar posturas frente al desafío soberanista.

¿Cuánto tiempo hemos perdido en la anécdota? La respuesta es todo, porque el asunto no merecía ni un segundo, habida cuenta de que unos y otros pusieron en práctica una de esas clásicas batallitas de comunicación que tienen entretenida a la prensa, pero que no son otra cosa que el viejo juego del gato y el ratón, aunque elevado a la condición de categoría para alimentar los instintos más básicos de los consumidores de aire.

Rajoy no llamó a Sanchéz y se limitó mandarle un mensaje porque no le dio la gana descolgar el teléfono, del mismo modo que Sánchez -que sin duda leyó el temprano mensaje de Rajoy- no tuvo a bien llamarle hasta ayer por idéntico motivo.

La sublimación de lo nimio es una lacra que amenaza con convertirse en un problema social, porque devoramos la carnaza que nos sirven sin establecer el más mínimo control de calidad.

No me preocupa que la interlocución entre Rajoy y Sánchez resulte poco fluida, pero me alarma que seamos tan necios como para seguir el rastro durante siete días de un globo que ayer hizo plaf, plaf.

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