A ESPERAR SENTADOS

Luis Ventoso: «Rajoy no repetirá (probablemente), pero tampoco quiere ser un pato cojo»

Luis Ventoso: "Rajoy no repetirá (probablemente), pero tampoco quiere ser un pato cojo"
Mariano Rajoy (PP). Tarek

LA foto es de 1983 y hoy resulta divertida. Un hombre alto de 28 años. Barba nigérrima y poblada, gafas de pasta de óvalo setentero. Es el joven presidente de la Diputación de Pontevedra y parece un ministro de Mahmud Habas vestido de elegante.

El próximo junio se celebrarán los 35 años de Rajoy en coche oficial. Suele definirse como una persona «normal», y en parte lo es, pues carece de un carácter altisonante o engreído.

También acostumbra a decir que no siente apego por poder. Pero al final, con ese aire evanescente de quien pasaba por allí, se ha convertido en uno de los políticos europeos más perennes. O estamos ante un caso contumaz de masoquismo… o algo debe gustarle mandar.

Los españoles ya sabemos cómo es Rajoy: fiable y sereno, nunca audaz; segurolas y reservón; moroso en sus tiempos y de naturaleza irónica, a veces hasta el desconcierto.

Aunque no lo parece, pues observa la educación y elude la bronca, resulta un formidable enemigo. Ha ido laminando a todos los que soñaron con su silla, incluidos astros de dialéctica florida y mayor remango escénico, como Gallardón y Aguirre.

Lleva fama de mantener a sus equipos, pero no dudo que lo vean así Mato, Margallo, Jorge Fernández, Soria, Wert, Ana Pastor… y toda la larga lista de cribados. Cuando se ocupaba de fontanerías del partido, Aznar lo enviaba a provincias a segar cabezas. Se hicieron célebres sus almuerzos con los fulminados, pues casi acababan dándole las gracias.

Como quien no quiere la cosa, ha instaurado en el PP un silencio de Politburó soviético. Todos rajan en los restaurantes y todos callan en los sanedrines genoveses.

Un excelente alto funcionario y un político incompleto, porque ante el mundo de las ideas, la cultura y los medios le sale de natural la displicencia.

«Haga como yo, no se meta en política», soltó Franco con socarronería a una visita.

Rajoy -nunca se olvide que los gallegos estamos cómodos en las brumas- también se parapeta tras la retranca vaporosa, su escudo.

«Vaya lío tienen allá en Cataluña», puede soltar, como si no fuese con él. O véase su psicodélica respuesta de ayer cuando le preguntaron por el torrente de lodo en Valencia:

«No sé si hubo financiación irregular. A nosotros nunca nos lo han dicho».

Los españoles conocemos a Rajoy. Pero él también nos tiene calados. Un pueblo nervioso, que cada mañana inventa una tormenta en un vaso de agua, olvidada raudo para suplirla por otra.

Cuando apareció la cueva de Alí Babá de Bárcenas, reputados politólogos vaticinaron que a Rajoy le quedaban «días». Ha pasado un lustro. Las vergüenzas del PP incluso aumentaron (Granados, González…). Conocedor de sus compatriotas -y de la piscina de pirañas que es un partido- ayer soltó que volverá a presentarse.

Probablemente no lo hará, pero con la declaración evita convertirse en un líder de paja rodeado de conspiradores.

Feijóo, el sucesor evidente; Santamaría, que probablemente perdió la carrera en el «procés»; y Cifuentes, que fabula con metas holgadas para ella, tendrán que resignarse al silencio.

El público pide otra cara, sin duda. Pero el reloj de arena de Rajoy mide el tiempo con la lógica de Cela: «El que resiste gana».

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