LO DE WATERLOO

Luis Ventoso: «Se fugó Puigdemont y atacó desde Bruselas, pero al final acabó derrotado»

Luis Ventoso: "Se fugó Puigdemont y atacó desde Bruselas, pero al final acabó derrotado"
Ana Rosa Quintana y su exclusiva sobre los mensajes de Puigdemont. TV

AQUEL gobernante de origen mediterráneo, con síndrome de Napoleón, logró fugarse a tiempo, reorganizó a sus fuerzas y decidió intentarlo de nuevo marchando a Bruselas. En un primer momento hasta parecía que podría lograrlo, con parte de su pueblo jaleándolo y dispuesto a seguir con él hasta el final.

Pero con toda la Europa de peso coaligada en su contra, la empresa parecía harto compleja, casi imposible. Al final, Napoleón se topó con un adversario metódico y de carácter contenido, que sin incurrir en aspavientos efectistas acabó derrotándolo. Waterloo ejemplifica el final de una alocada escapada, el canto del cisne de un proceso que sacudió Europa.

Hablo, por supuesto, de la que tal vez es la batalla más famosa de la historia, Waterloo, en 1815, que tuvo lugar tras la fuga de Napoleón de la isla de Elba. El corso Napoleone di Buonaparte, uno de los hombres de más talento y capacidad que han respirado -y también uno de los más sangrientos megalómanos-, cayó derrotado frente a Arthur Wellesley, un general inglés nacido en Irlanda y de apariencia imperturbable, aunque con fuego interior.

Después de pinchar en Waterloo, Napoleón fue deportado lo más lejos posible, a la insalubre isla de Santa Elena, donde lo liquidó en seis años una úlcera que todavía flota en un enigma conspirológico. Tenía 51 años y seguía creyéndose Napoleón. Su enemigo, Wellesley, el Duque de Wellington, todavía vivió 31 años más y se reconvirtió en político, llegando a ser líder de los tories y primer ministro.

Además se dedicó a labrar sus dos otras dos pasiones: el vino caro y las mujeres hermosas e inteligentes. Wellington era un tipo peculiar, que comía con la frugalidad de Simón el Estilita, pero exigía el caldo más exquisito en su copa.

Wellesley carecía del carisma hipnótico, el fulgor, el eco y la sobrehumana polivalencia de Bonaparte, que tuvo tiempo hasta de renovar el derecho de manera magistral con su Código Napoleónico.

Todavía hoy se debate su legado. Para unos fue un estratega militar soberbio, un reformista que borró los últimos vestigios del feudalismo e incluso un gran mecenas de las artes y las ciencias. Para otros fue un egotista que perdió el oremus, confundió Francia con su ombligo y trufó Europa de cadáveres.

Probablemente las dos opiniones sean ciertas. Tras ganar en Waterloo, el mariscal Arthur Wellesley escrutó la devastación del día después, los cuerpos desmembrados, las muecas de dolor y pavor, el gemir de los heridos y el hedor de la muerte. Entonces se permitió un velo acuso en la mirada y dijo a su séquito una de las frases más hermosas que jamás haya pronunciado un general:

«Nada, excepto una batalla perdida, puede ser la mitad de melancólico que una batalla ganada».

Tal vez no sea cierto, pero me gusta fabular con que ese poso de humanidad fue el plus que permitió que Wellington venciese al hombre saludado como superior, Napoleón.

(PD. Hoy Waterloo es el refugio del singular Puchi, que hace buena la cita de Marx: la historia se repite, primero como tragedia y luego como farsa, en este caso, esperpento).

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