Análisis

F. A. Juan Mata Hernández: «La clara y la yema del voto femenino»

F. A. Juan Mata Hernández: "La clara y la yema del voto femenino"
Día de la mujer Quino

«Tenemos a las heteras para darnos placer, a las criadas para que se hagan cargo de nuestras necesidades corporales diarias y a las esposas para que nos den hijos legítimos y sean fieles centinelas de nuestras casas».  Demóstenes, contra Neera. Siglo IV a. C.

El viernes 8 de marzo se celebra el Día Internacional de la mujer como un testimonio más de la lucha necesaria hacia la igualdad entre los sexos. Claro que cuando leemos textos como el que abre este artículo, y que forma parte de un discurso atribuido a Demóstenes en el juicio contra Neera, una griega que había sido prostituta o hetera, deducimos que se ha avanzado mucho en defensa de los derechos de la mujer, pero resta un buen trecho por recorrer.

Nuestra vida, dominada por el estrés y la competencia, dificulta habitualmente la tolerancia. Quien analiza el comportamiento humano, puede observar ante esa situación que uno y otra no nos movemos por similares parámetros. Siempre se ha distinguido el talante de la mujer por su flema y paciencia. Su proximidad a la vida, desde que la engendra, les ha enseñado a no descorazonarse cuando las normas sociales no las trata con equidad. Cierto que ha habido situaciones y casos en que la desazón ha hecho estallar la protesta femenina; valga el ejemplo de la huelga sexual que realizó la griega Lisístrata -siglo V a. de C.- conminando a su pueblo a terminar la guerra, o el de la astrónoma egipcia Hipatia casi mil años más tarde, en pro de autonomía personal y libertad de pensamiento.

En nuestro mundo occidental la sensibilización hacia el reconocimiento de los derechos de la mujer se fortaleció con las propuestas emanadas de la Revolución Francesa y los primeros movimientos sufragistas de origen burgués de mediados del siglo XIX. Pero en España, la fecha del 8 de marzo es especialmente significativa porque fue en ese día de 1910, con la monarquía de Alfonso XIII, cuando se aprobó una real orden que equiparaba la igualdad de condiciones de ambos sexos para acceder a la Enseñanza Superior; bien es cierto que ya a mediados del XIX las primeras mujeres habían comenzado a ir a la Universidad al no existir ninguna ley que lo prohibiera. Hay que significar que fue un adelanto respecto a otras naciones europeas; por ejemplo, la universidad de Cambridge, que no autorizó ese acceso hasta 1947.

Fue en 1924, durante la dictadura de Primo de Rivera, cuando por primera vez se concedía en España el derecho de voto a la mujer. El Real Decreto en el que se tomaba ese acuerdo, fijaba algunas limitaciones, pues ni la mujer casada ni la prostituta podría ejercerlo. Curiosa paradoja que fuera un dictador quien estableciera ese precedente.
Pues bien, ahora, un siglo más tarde, los partidos políticos de izquierdas tratan de rendir culto a la estupidez, para competir por el mérito de haber impulsado la consecución de esos derechos, cuando tendrían sobrados motivos para callarse. Por eso cada vez resulta más necesario dejar claro que, ya desde la etapa de la dictadura de Primo de Rivera y luego con la II República, quien con más encono se opuso a otorgar el voto a la mujer fue el partido socialista. Victoria Kent, que seguía el dictado del líder del PSOE, Indalecio Prieto, representó esa visión en el debate frente a la radical, Clara Campoamor, que fue quien finalmente logró la aprobación del voto femenino. Es cierto que, en el resultado favorable, influyeron también votos socialistas discrepantes de Kent y Prieto.

El socialismo lo tenía claro, el voto femenino iba a ser de tendencia conservadora y eso no les interesaba. Pero ¿Cómo hacer suyo el mérito y abogar en el debate del Congreso por la opción contraria? Bueno, ya saben el modo y el resultado.

Claro que la hipocresía y la mentira tienen sus límites. Y, al sobrepasarlos, aparecen los descosidos. Miren ustedes:

«No dejéis a la mujer que, si es regresiva, piense que su esperanza estuvo en la dictadura; no dejéis a la mujer que piense, si es avanzada, que su esperanza de igualdad está en el comunismo. No cometáis, señores diputados, ese error político de gravísimas consecuencias» (Clara Campoamor en su discurso de 1931 para defender en el Congreso el voto femenino).

He querido reflejar estas palabras de Clara Campoamor en el famoso debate del Congreso de los diputados frente a Victoria Kent, porque es muy ilustrativa su advertencia frente al «comunismo» que representa hoy, Unidos Podemos. Se trataba de la aprobación del voto femenino que propugnaba la «Clara», mientras la «Yema», Victoria Kent, abogaba justamente lo contrario. Cierto es que ambas, Clara y Victoria, siempre apoyaron posturas progresistas cuya opción las animó a romper tabúes y el del voto no era sino uno de ellos.

¿Cómo explicar que dos líderes feministas tuvieran una postura tan encontrada?

Bueno, eso ocurre muy a menudo entre personas tan impetuosas como las que hoy analizamos. En boca de Victoria Kent tendríamos ya una versión de esos motivos: «Creo que no es el momento de otorgar el voto a la mujer española (…). Señores diputados, no es cuestión de capacidad; es cuestión de oportunidad para la República (…). Pero hoy, señores diputados, es peligroso conceder el voto a la mujer»

Yo me quedo con esa última frase: «hoy es peligroso conceder el voto a la mujer» y lo dice una feminista que representa a un partido socialista. ¿Qué lectura se ha de hacer de esto? Pues que hay un derecho inalienable pero… NO TOCA. Y es que los intereses del partido disfrazados siempre por los políticos en nombre del colectivo general, amarillean y avergüenzan. Siempre ha sido, es y será así. Priorizan los intereses de partido que habitualmente establece quien lo gobierna -en aquel caso Indalecio Prieto. Ese dirigente socialista que todavía tiene una estatua en el Paseo de la Castellana de Madrid-.

Tal era cuando menos su opinión al respecto del voto femenino, tras el golpe de estado que diera lugar a la II República. Y el resultado fue una clara victoria en las elecciones de 1933 -nunca mejor dicho lo de Clara- que daría el triunfo a los partidos conservadores gracias en parte al voto femenino. Envueltos en un halo de crispación y arrogancia, las izquierdas achacaron aquella derrota precisamente al triunfo de las tesis de Clara Campoamor; pues señalaban que la mujer opinó influida por sus maridos y, cómo no, por el diabólico asesoramiento que ejercían sus confesores de la Iglesia Católica.

La torpeza de un colectivo político que decide si «TOCA o NO TOCA», porque se siente superior, aunque la sociedad les dé la espalda, no cesará nunca de buscar culpables y acumular errores; el último lo tenemos muy próximo, pues aún se huele el contubernio del señor Sánchez con los separatistas que pretenden destrozar España.

Pero no quisiera terminar sin señalar que dentro de esos derechos y el reconocimiento debido a tamaña paciencia de la mujer, tocaría ahora, además de avanzar en esos logros, restablecer los que ya había hace dos mil quinientos años en aquella Grecia de la prostituta Neera con la que comenzábamos el artículo. Me refiero precisamente a ese colectivo de trabajadores del sexo que gozaban entonces de un trato más humano que el que hoy sufren. Cabe, al respecto, preguntarnos si la consideración de las heteras o cortesanas en la antigua Grecia, que pagaban impuestos, eran mujeres independientes, con formación y, en ocasiones, de gran prestigio social, no sería lo más adecuado en una sociedad moderna y abierta como la que pretendemos.
(F. A. Juan Mata Hernández, c. t.)

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