Es un pecado imperdonable de ingratitud e imprudencia, ignorar y no querer aprender de las sabias lecciones de la historia, nacional o internacional, cayendo en falsificaciones y repeticiones erróneas e injustificables, frutos de la envidia y la soberbia.
El caso evidente de la figura ya inmortal, para la historia española, religiosa y mundial de Francisco Franco Bahamonde, nos ha dividido entre los defensores de Dios, la Patria y la Justicia y los irreconciliables enemigos del Reino de Cristo, los masones, anticristos y resabiados antiespañoles.
Me refiero al incidente o conocido de la herida militar del Caudillo, en la toma de El Biutz africano, aquel 29 de junio en la que recibió una bala en el abdomen que estuvo a punto de costarle la vida, tras coger el fusil de uno de los caídos, disparando a los rifeños en desorden de retirada.
Sintió un fuerte dolor que le hizo desplomarse herido; parecía destinado a engrosar la abultada lista de caídos. La bala le había perforado el estómago, herida que en casi todos los casos, resultaba mortal.
Perdió el conocimiento, quedando tendido en el campo de batalla mientras seguían los combates y su cuerpo empapaba el árido suelo con su sangre.
Incapaz de moverse, fue su asistente quien cargó con él al hombro, como si fuera un fardo, hasta llegar a la retaguardia, a salvo en primeros auxilios donde el médico confirmó la gravedad de la herida: el balazo le había rozado el intestino. La falta de antibióticos con los que tratar la infección, condenaba al capitán a una muerte lenta y prácticamente segura. El cirujano de campaña le desahució.
Entre el resto de agonizantes, el herido pidió al padre Carlos Quirós Rodríguez, capellán castrense, que le administrase la extremaunción, sacramento que nos dispone a una buena y santa muerte, o que devuelve la salud al enfermo, si le conviene…; y le convino.
Franco insistió al médico para que le mandase a llevarle a la retaguardia. Ante la negativa de éste, el capitán herido, dijo al asistente que encañonase con su fusil a los sanitarios, obligándoles a subirle al camión y trasladarle a la retaguardia. Así lo hizo el asistente y consiguió llegar vivo al hospital de campaña sin desangrarse. La voluntad en la esperanza, hacen milagros, ciertamente.
Mientras luchaba por seguir vivo, los doctores le dijeron que había tenido mucha suerte: la bala había penetrado en su cuerpo en el momento de la inspiración del aire de sus pulmones durante la respiración. De no haber sido así, lo más probable es que la herida le hubiera costado la vida al afectar a órganos vitales.
Después de dieciséis días de convalecencia, el capitán Franco se encontraba lo suficientemente recuperado para ser ingresado en el Hospital General de Ceuta, donde recibió la visita y los cuidados de su madre.
Su organismo había logrado detener la infección en una sorprendente mejoría, que asombró a todos.
Los soldados indígenas bajo su mando y que hablaban sobre la intervención protectora de la “baraka” divina, la bendición que allanaba el camino para los elegidos de la Providencia para alcanzar las grandes metas para las que han sido predestinados.
La baraka divina es un concepto oriental, que significa o la buena suerte que acompaña a una persona durante su vida, o el designio al que está predeterminado.
Durante su larga convalecencia, se produjo en él una profunda transformación que sacudió los pilares sobre los que se elevaba el edificio de sus convicciones más personales.
Se sintió protegido y ungido por un poder superior que identificó con el Dios católico, a cuyo amparo, nada podría detenerle, ni siquiera las balas.
Recibió la Cruz de María Cristina, condecoración militar obtenida tras resultar herido en combate en Marruecos.
En el Desfile Militar de la Victoria del 19 de mayo de 1939, el general Varela impuso al Caudillo la Cruz Laureada de San Fernando, la más alta condecoración militar del Reino de España, premiando el valor heroico.
Tras estos acontecimientos militares y políticos de aquella revuelta época, tan peligrosos como providenciales a largo plazo, no cabe dudas de la sabía como providencial voluntad Dívina de la protección de la inmarcesible y católica España, que contra todos sus enemigos y leyendas negras, llegó a ser Una, Grande y Libre.
N. B. Texto escrito con datos extraídos de los libros de don José Luis Hernández Garvi, periodista y escritor).
