Krishnamurti decía que cuando le buscamos un sentido a la vida que llevamos, en realidad es porque nunca hemos entendido qué es la vida.
La vida es relación; acción en la relación. Y cuando no somos capaces de comprender nuestras relaciones, o cuando nuestras relaciones son confusas, es cuando buscamos la respuesta más allá de la vivencia cotidiana.
Aquellos que se sienten angustiosamente solos es porque posiblemente jamás se han parado a mirar dentro de ellos mismos, o lo han hecho con tal aprensión que han terminado más confundidos que al principio.
Y es que no admitimos que esta vida es precisamente lo que conocemos, y no necesitamos conocer más para que ésta sea vislumbrada en toda su plenitud.
Es más cómodo huir de nosotros mismos, y es por eso que buscamos el objeto de la vida, lejos de la vida misma; prescindiendo de la relación con nuestro entorno.
Pero si empezamos a comprender la acción ‑que es nuestra relación con la gente, con las cosas materiales, con las creencias e ideas-, entonces hallaremos que esa acción, que esa relación con nuestro entorno, trae por sí misma todas las respuestas.
La persona encontrará el amor en la vida de relación con los demás, no fuera de ella. En el fondo es porque no tenemos amor por lo que buscamos el sentido de la vida más allá de la vida corriente. Cuando hay amor, entonces ya no hay búsqueda de Dios, por la razón de que ya lo hemos encontrado. Porque el Amor es Dios y Dios es el Amor.
Para encontrar el sentido de la vida, debemos pasar primero por la puerta de nosotros mismos; pero – consciente o inconscientemente – evitamos enfrentarnos a las cosas como son en sí mismas, y de ese modo deseamos que Dios nos abra una puerta “especial” que nos permita escapar de nuestro vulgar mundo cotidiano.
Esta pregunta sobre el objeto de la vida, la fórmula tan sólo aquel que no ama; ya que el amor sólo puede hallarse en la acción, que es relación con nuestros semejantes.
Krishnamurti no era cristiano; Krishnamurti era eso, Krishnamurti. Sin embargo, todas las ideas antes expuestas, se encuentran perfectamente recogidas en dos pasajes del Evangelio:
* «Entonces dirá el Rey a los de su derecha: “Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme.” Entonces los justos le responderán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; o sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero, y te acogimos; o desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte?” Y el Rey les dirá: “En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis.”». Mateo, 25: 34-40.
* «El reino de los Cielos está en medio de vosotros». Lucas, 17:21. O como lo tradujo Leon Tolstoi: «El reino de Dios está dentro de vosotros».
Un servidor puede tener un conocimiento pleno de sí mismo, y un servidor puede sentir el amor de Dios en su interior; pero si un servidor intenta aislarse de sus semejantes para disfrutar místicamente del Amor de Dios, la llama del Amor Divino se irá apagando en su interior.
Porque la privatización y el aislamiento del amor no conduce a ningún sitio, porque entonces no es amor, sino egoísmo. El amor necesita de la relación con el mundo que nos rodea, porque ahí está el Reino de Dios esperándonos en forma de prójimo, aunque los demonios – muchas veces – nos nublen la vista. Ahí está el sentido y el objeto de la vida.
Ahora alguno puede preguntar: ¿Y luego qué? A lo que le responderé con una respuesta que ni yo mismo termino de entender, pero que en estos momentos acaba de resonar en mi interior: ¡Y luego más!

