Una vez más, el retablo del progresismo bien subvencionado se descuelga con un manifiesto en defensa de Pedro Sánchez. No importa lo que haya hecho ni el lodazal de corrupción que empantane a su entorno: ahí están los de siempre, los Ríos, los Serrat, los Víctor Manuel, los Bardem, los Almodóvar y toda esa troupe de artistas, periodistas y opinadores paniaguados que jamás pierden la ocasión de ponerse del lado del poder… cuando el poder es de izquierdas, claro.
Lo han vuelto a hacer. Han sacado del armario de las viejas glorias el enésimo manifiesto de apoyo a Pedro Sánchez. Esta vez no por una causa noble, sino por él mismo. Como si encarnara los valores eternos de la democracia, el feminismo y el progresismo. Como si el presidente que gobierna con filoetarras, golpistas, corruptos y comunistas fuese el baluarte de las libertades frente al supuesto “fascismo” del que advierten con voz trémula estos juglares del régimen.
Firmantes de lujo, claro. Joan Manuel Serrat, que cantó contra la censura franquista pero guarda un clamoroso silencio ante la actual censura encubierta del régimen sanchista, donde se purga periodistas críticos en RTVE y se encumbra a estómagos agradecidos. Miguel Ríos, eterno rebelde del sistema, que no ha tenido reparos en aceptar pagos públicos de diputaciones socialistas para sus giras. Víctor Manuel, que pasó del proletariado musical a los fastos de Zarzuela, siempre con la rosa en la solapa, cobrando en 2019 casi 50.000 euros del Ayuntamiento de Fuenlabrada (PSOE) por un concierto para “fiestas populares”.
Pedro Almodóvar, enfant terrible de la movida reconvertido en oráculo de la izquierda cultural, ha recibido en las últimas décadas más de 14 millones de euros en subvenciones públicas, directas o indirectas, para sus películas. Solo entre 2018 y 2022, su productora El Deseo acumuló ayudas del ICAA —Instituto de la Cinematografía y de las Artes Audiovisuales— por valor de más de 2 millones de euros, según datos oficiales del Ministerio de Cultura. ¿Compromiso con el arte? Más bien fidelidad a quien garantiza el maná.
Javier Bardem, multimillonario y activista, es quizá el mejor ejemplo de la hipocresía pijosociata. Arremete contra el capitalismo salvaje en galas de premios mientras factura con productoras en Miami y cobra del Gobierno por sus películas subvencionadas. En 2020, “Sanctuary”, un documental suyo sobre la protección de los océanos, recibió 340.000 euros del ICAA, mientras él posaba con Greta Thunberg en Nueva York. Ecologismo de pasarela pagado por todos.
No faltan tampoco los Wyoming, los Évole, las Julia Otero, los presentadores y tertulianos estrella que ponen cara amable al régimen desde sus púlpitos mediáticos. Mientras RTVE expulsa a profesionales incómodos y margina voces críticas, estos nombres siguen contando con contratos, programas y cobertura. En la última legislatura, el Grupo Prisa recibió más de 9 millones de euros en publicidad institucional, buena parte bajo el paraguas de la “divulgación democrática” del Gobierno. Una inversión rentable: opinadores domesticados a golpe de talonario público.
Pero lo más sangrante no es el dinero: es la impostura. Estos personajes se presentan como la “conciencia crítica” del país, pero son en realidad la claque permanente de un Gobierno que ha despreciado al Parlamento, pisoteado la separación de poderes, indultado a delincuentes y humillado a las víctimas del terrorismo. Lo justifican todo con tal de que no llegue la “ultraderecha”, que en su diccionario no significa otra cosa que perder privilegios.
Y no, no es casualidad que muchos de ellos tengan su carrera en caída libre. En un mercado libre y meritocrático, probablemente no podrían sostenerse. Pero en la España clientelar de Sánchez, la subvención sustituye al talento, y el manifiesto al esfuerzo. Como dijo recientemente un crítico teatral, “el progresismo cultural español es un geriátrico subvencionado”.
¿Qué tienen en común estos firmantes? Una vida entera de apego al poder socialista, un desprecio por el votante conservador, una superioridad moral impostada y, sobre todo, la seguridad de que con la izquierda en el poder, el grifo nunca se cierra. Que el país se desmorone da igual, mientras no se les toque su parcela de confort ideológico y económico.
Estos pijosprogres viven en urbanizaciones de lujo, viajan en business, hacen gala de su activismo en festivales, se fotografían con camisetas de causas nobles y dan lecciones desde platós bien climatizados. No pisan un hospital público, no hacen cola en extranjería, no sufren la inseguridad en barrios degradados. Pero pontifican sobre feminismo, inmigración, vivienda y democracia con una suficiencia nauseabunda.
Mientras el Gobierno convierte España en un lodazal institucional, económico y moral, ellos escriben panfletos llenos de lugares comunes y frases vacías: “libertad”, “inclusión”, “cultura crítica”, “pluralismo”. Palabras de catálogo, sin sustancia, para justificar su servilismo a un poder que les ha dado todo. No son artistas valientes. Son funcionarios del régimen. Cómicos del poder. Aplausos enlatados de un teatro ya sin público.
