Fco. A. Juan Mata: «Epílogo. Cuando el misterio te llama por tu nombre»

(Y uno, pese a todo, responde) “Si Dios no existiera no habría ateos” (G.K. Chesterton)

Fco. A. Juan Mata: "Epílogo. Cuando el misterio te llama por tu nombre"

Podríamos seguir discutiendo siglos, llenar bibliotecas con argumentos a favor y en contra de Dios, o medir con escáneres cada neurona que se enciende durante la oración. Podríamos citar a Russell, a Copleston, a Kant, a Heidegger… y a cualquiera que haya pasado la vida entera buscando lo mismo.

Y, sin embargo, al final del día, cuando el mundo calla y uno se queda a solas con su propio silencio, las preguntas siguen ahí: ¿por qué hay algo en lugar de nada? ¿Por qué este corazón no se conforma con lo que ve? ¿Por qué la belleza nos desarma, el amor nos salva y la muerte nos duele tanto? La razón puede explicarlo casi todo… menos lo que de verdad importa.

Entre la duda y el salto

He pasado páginas y páginas persiguiendo argumentos. Pero confieso algo: la fe rara vez nace de las demostraciones. No entra por la cabeza como un teorema. Te encuentra en un lugar más profundo.

Copleston lo intuía. Mientras Russell pedía pruebas empíricas, Copleston sabía que hay certezas que no se demuestran: se viven. Como decía Pascal: “El corazón tiene razones que la razón no entiende.”

Creo que todos —también quienes se declaran ateos— tenemos hambre de infinito. Y esa hambre no se sacia con datos, teorías o algoritmos. Puedes construir telescopios que miren hasta los confines del universo… y aun así no hallarás la última respuesta. Porque la respuesta no está en un objeto lejano. La respuesta es una voz que te llama desde dentro.

El hilo que no se rompe

Dios no es una fórmula. No es una hipótesis que se refuta en un laboratorio. Tampoco es un juez con toga, sentado en algún despacho celestial. Para mí —y para millones— Dios es el nombre que damos a lo que nos sostiene cuando todo lo demás falla.

Puedes negarlo con argumentos, pero no puedes negar el anhelo que nos empuja más allá de nosotros mismos, la esperanza que nos levanta cuando todo parece perdido y la certeza íntima, imposible de demostrar, de que no estamos solos.

Creo que el ser humano no inventó a Dios por miedo. Creo que Dios nos inventó con sed de Él. Y por eso, aunque Nietzsche proclamó su muerte y la modernidad lo desterró de las aulas, el misterio sigue llamando. Terco. Insondable. Como un susurro que atraviesa todos los ruidos.

Respondiendo a la llamada

No tengo pruebas irrefutables. Ni las necesito. Porque la fe no consiste en entenderlo todo. Consiste en atreverse a confiar. Es dar un paso en la oscuridad con la sospecha íntima —más fuerte que cualquier certeza— de que no caerás.

Quizá, al final, Dios no se demuestra. Se encuentra: a veces, en la belleza de un amanecer. Otras, en la lágrima que se comparte. Tal vez, simplemente, en el silencio. El resto… es ruido.

Al cerrar esta serie, me doy cuenta de que no hemos resuelto ninguna pregunta. Y, paradójicamente, eso está bien. Porque, si Dios existe —y yo creo que sí—, el misterio no se resuelve: se habita. Y entonces, uno responde, casi en susurro, con la certeza de quien no sabe explicarlo, pero lo sabe vivir: “Aquí estoy.”

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