OPINIÓN / El laborismo se aleja de su tradicional fidelidad a Israel

Los peligrosos coqueteos antisionistas de Amos Oz y David Grossman

¿Podrá la izquierda israelí volver al redil de la moderación?

Los peligrosos coqueteos antisionistas de Amos Oz y David Grossman
El escritor israelí Amos Oz. EFE

Los intelectuales y autores israelíes de más talento manifiestan con frecuencia una inocencia política grotesca.

Amos Oz es un icono israelí, reconocido por todo el mundo como el referente de la escena literaria de Israel. Sus libros, que sobre todo relatan el amplio espectro de la vida cotidiana en Israel, son enormemente populares y han sido traducidos a muchos idiomas.

Oz, calificado siempre de partidario de la extrema izquierda, también fue un sionista consumado y admirado. Hasta los últimos años profesaba sus opiniones políticas con contención educada y moderación, y era percibido como un nacionalista más que un intelectual partidista.

Yo tengo retazos de sus visitas a Australia durante la década de los 80, cuando insistía en mantener las formas, en asumir posiciones no partidistas y en negarse a manifestar públicamente sus discrepancias políticas con el Ejecutivo del Likud en la administración por entonces.

En actual contraste, Oz explota sin dudarlo cualquier oportunidad, hasta en el extranjero, para demonizar amargamente a su Gobierno. Además, sus críticas se han vuelto más vehementes al punto de culpar en la práctica a Israel de la parálisis con los palestinos.

Más recientemente, Oz hacía bandera orgullosamente de sus visitas penitenciarias a Marwán Barghouti, el terrorista palestino condenado a cinco cadenas perpetuas por el asesinato de cinco israelíes, además de otros atentados orquestados contra civiles israelíes, y que hace poco pedía un boicot global a Israel y una tercera intifada. Tristemente, Oz se identificaba moralmente con Barghouti, insistiendo en que los dos comparten los mismos objetivos nacionales y expresaba la esperanza ferviente en que el asesino sin escrúpulos sea puesto en libertad dentro de poco.

David Grossman, otro escritor israelí de talento muy afamado, cuyo hijo perdió la vida durante la Segunda Guerra de El Líbano, se comporta de forma parecida. Últimamente firmaba un editorial en el virulentamente antiisraelí periódico británico ‘The Guardian’ anunciando que la amenaza más grave a la que se enfrenta el Estado judío no es Irán, sino la paranoia de sus líderes.

Estos dos escritores ejemplifican la irresponsabilidad y el extremismo que han consumido a un buen número de intelectuales y académicos israelíes prominentes de izquierdas.

No hace falta decir que son aclamados como héroes por el periódico israelí «de la élite» pero en caída libre, ‘Haaretz’, que durante la última década se ha radicalizado hasta tal extremo que es reconocido como una de las fuentes más relevantes de la propaganda antiisraelí global. El grado de veneno de este rotativo –dirigido «desde la cima»– quedaba patente hace poco en un editorial firmado por el editor, Amos Schocken, en el que acusa a su país de convertirse en un estado «apartheid» y que criticaba en un editorial la pasada semana al presidente Peres por solicitar «públicamente» al presidente Obama la liberación de Pollard.

Es difícil entender que unos judíos aparentemente racionales y con educación se puedan comportar de esta forma. Por supuesto, que hay judíos que se vuelven contra otros judíos no es un fenómeno nuevo. En la Edad Media, los apóstatas judíos surgieron como los antisemitas más virulentos. Pero se puede racionalizar que su rechazo pueda haber estado motivado por la obsesión con congraciarse con sus sociedades anfitrionas.

De igual manera, la alienación del judaísmo de Karl Marx y de muchos de los primeros socialistas judíos puede atribuirse a la desesperación por emanciparse de la que consideraban una religión asfixiante y de su identidad étnica con el fin de decir ser ciudadanos cosmopolitas del mundo.

Lo propio puede decirse de los comunistas judíos que aplaudían vigorosamente mientras Stalin ejecutaba a los suyos y justificaba la persecución de los judíos soviéticos. Muchos de ellos se convencieron de que al destruir el particularismo judío, despejaban el terreno a una era secular mesiánica en la que la hermandad y la igualdad entre todos los hombres iba a resolver el problema judío.

Pero tras el Holocausto y la creación de un Estado judío, desde luego sería de esperar menos alienación y un enfoque más racional.

El primer ministro David Ben Gurión, socialdemócrata genuino, era muy consciente de que el extremismo de la izquierda suponía una importante amenaza para la empresa sionista. Era especialmente crítico con el marxista partido Mapam, que seguía idolatrando al criminal Stalin y a la Unión Soviética –hasta después de que Mordejai Oren, uno de sus secretarios políticos más relevantes, hubiera sido detenido en Checoslovaquia en 1951 durante los Juicios de Praga bajo la acusación de ser agente de la CIA–.

Pero después de la denuncia por parte de Khrushchev del «culto a la personalidad» de Stalin, la desquiciada izquierda de Israel fue marginada entre grupos escindidos como el Matzpen.

El Partido Laborista dominante fue incondicional en su compromiso con el Estado de Israel y permanecía orgullosamente firme en primera línea del sionismo. No tenía ninguna paciencia con los intelectuales postsionistas y se aseguraba de que fueran condenados y aislados.

Sólo tras la enorme división entre la opinión pública con motivo de los Acuerdos de Oslo, la izquierda sionista empezó a atomizarse. Aunque el propio Rabin siguió siendo un sionista convencido toda su vida, pasó a ser oficiosamente un aliado de una nueva variante de activistas laboristas, muchos de los cuales flirteaban con el postsionismo. El Dr. Yossi Beilín, un importante artífice de los Acuerdos de Oslo, llegó a lamentar públicamente que su abuelo, uno de los delegados Chovevei Zion originales de los primeros Congresos Sionistas, hubiera votado en contra del plan de Herzl de adoptar Uganda como patria sionista.

Algunos líderes laboristas, con el fin de dar salida a su hostilidad pública con el «proceso de paz», se sintieron obligados a defender el argumento árabe y empezaron a entender o a trivializar las manifestaciones públicas de Arafat y los demás líderes palestinos, que decían a los suyos que Oslo era simplemente un paso preliminar para alcanzar el objetivo final de destruir a la entidad sionista. También censuraban las crecientes pruebas de que el Arafat que decía una cosa y hacía otra estaba en la práctica al frente del terrorismo.

Esto dio de lleno en nuestra respuesta al terror con intervenciones sin sentido repetidas, hasta del propio Rabin, diciendo que teníamos que combatir el terrorismo pero continuar con el proceso de paz –con los mismos palestinos al frente del terrorismo–.

Como resultado, el núcleo sionista del movimiento laborista se erosiona rápidamente, surgiendo los radicales extremistas y expresando opiniones que habrían sido consideradas traición durante la hegemonía del partido Mapai. Finalmente los radicales secuestraron al Partido Laborista.

Por supuesto, la crítica a Israel es el pasaporte garantizado del ascenso hasta cumbres heroicas en determinados sectores occidentales de la extrema izquierda, y eso representa un incentivo adicional para que políticos israelíes fracasados como Avram Burg y los suyos se unan a la clá antiisraelí haciendo las veces de propagandistas de referencia de los enemigos de Israel.

La situación se agravó en los últimos años con un importante cambio en la percepción pública y la aparición de un consenso que desplaza al país a la derecha del centro en cuanto a la parálisis entre Israel y los palestinos, marginando todavía más a la izquierda. Para decepción de los radicales, su bestia negra, Netanyahu, lejos de ser rechazado, surge como el líder más popular.

Oz o Grossman no son ni postsionistas ni judíos que se despachan contra los suyos por beneficio. Aman a Israel de forma incuestionable. Pero el apoyo de la opinión pública al gobierno parece haberles desquiciado a ellos y a un buen número de «pacifistas» más. En su demencial desesperación por separarse del consenso nacional que apoya de forma generalizada a Netanyahu, sucumben al empleo de lenguaje virulento peligrosamente próximo al de la izquierda antisionista.

Sólo cabe esperar que con la nueva dirección de Shelly Yachomovich, el Partido Laborista reafirme el credo sionista e invite a los sionistas laboristas que perdieron las formas a volver al redil.

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