OPINIÓN / ISI LEIBLER

‘Haredim’ y Ejército, mucho más que la ‘mili’ de los ortodoxos

Netanyahu se juega su futuro y el de la sociedad israelí en la cuestión del servicio militar para los judíos ortodoxos

'Haredim' y Ejército, mucho más que la 'mili' de los ortodoxos
Judíos ortodoxos en Israel. EFE

La disolución impulsiva del Comité Plesner, encargado del servicio militar obligatorio de los haredim [judíos ortodoxos], por parte del primer ministro Netanyahu fue un error garrafal del que el Likud y él tratan ahora de distanciarse. Si esto fracasa, conducirá a su derrumbe político.

A pesar de alcanzar el más amplio de los consensos nacionales en cuestiones de política exterior desde el gran cisma de los acuerdos de Oslo, la indignación se dirigirá en su contra si capitula ante los rabinos haredi por la crisis del servicio militar que se le llevará por delante.

Los israelíes están cansados de la situación en la que un creciente sector de la comunidad explota su enorme ventaja política para obtener favores que benefician en exclusiva a un electorado dimensional.

El nuevo eje de la veterana excepción al servicio militar de los haredim ha llevado a esto a un punto sin retorno.

Las recientes manifestaciones de Tel Aviv reflejan el amplio apoyo a esta cuestión entre sectores dispares de la comunidad.

Carece de precedentes contemplar a representantes de todo el espectro social — el radical izquierdista New Israel Fund, el Movimiento Reformista Israelí, el Movimiento kibbutz, el sindicato de estudiantes, el sionista Im Tirzu y entidades nacionales religiosas y seculares — todos bajo un único lema.

Si Netanyahu se aliara con los haredim contra todas estas fuerzas, sus días de líder político estarían contados. Y con razón.

La mayoría de los israelíes exige que los haredim hagan la ‘mili’ exactamente igual que los demás ciudadanos sin otra consideración especial que garantizar que se respete su orientación religiosa.

Pero la realidad es que el ejército no podría absorber grandes cifras de la noche a la mañana ni integrar a los jóvenes en un estilo de vida tan distinto y enormemente complejo, precisando de atención especial.

Hay que tener en cuenta los diferentes orígenes de los haredim. Por ejemplo, una enorme proporción de partidarios del Shas –haredim sefardíes que no replican a ciegas las costumbres de los haderim lituanos, muchos de los cuales ya hacen el servicio militar — se integrarían fácilmente.

Los grupos lituano y hassídico plantean mayores problemas. Cualquiera que haya visitado la actual exposición del Museo de Israel capta inmediatamente el sorprendente reto que plantearán algunos de estos jóvenes a la hora de hacer la ‘mili’.

Constituye un tributo al Comité Plesner que haya captado las complejidades en juego a la hora de tratar con los haredim de vidas tan cerradas y que haya propuesto presentar los cambios de manera gradual, pausada y empleando la máxima flexibilidad en las primeras etapas.

Sus recomendaciones incluyen declarar exentos a 1.500 eruditos de la Torah al año, proporcionar un servicio social sustitutorio a los que no sean aptos para el servicio militar (mientras se oriente hacia el servicio a la comunidad genuino y no se transforme en un nuevo conducto para canalizar fondos a empresas haredi en exclusiva) y aplazar el servicio hasta cinco años. También sugiere que los que no hagan el servicio sean objeto de multas y reducción de prestaciones sociales.

La necesidad urgente de cambiar el sistema se extiende mucho más allá de la necesidad de combatir a los 60.000 objetores haredi de conciencia, muchos de los cuales no son ni siquiera practicantes comprometidos a jornada completa de los estudios de la Torah.

La cuestión fundamental que se debe resolver es la creciente cifra de jóvenes empujados por rabinos antisionistas a creer que ellos deben participar a jornada completa de los estudios de la Torah y rechazar ganarse la vida, subsistiendo del Estado.

Degradar el concepto de ganarse la vida carece de precedentes en la tradición judía. La Ética de los Padres (Pirkei Avot) cita al rabino Gamliel:

El estudio de la Torah es una ocupación buena y saludable, porque la dedicación a ambas empresas ayuda a olvidar el pecado. Todo Torah sin trabajar acaba en última instancia en una desolación que causará pecado.

Hasta que no se invierta la actual perversión de la ética laboral judía, el inevitable resultado será que los grupos de jóvenes haredi, que ya representan una clase pobre, minarán dentro de poco a la economía entera y la cohesión del Estado.

En este contexto, el servicio militar es crucial. Una vez que estos jóvenes hayan participado en el Ejército o en el servicio social sustitutorio, la mayoría de ellos habrá adquirido conocimientos rudimentarios que les permitirán ingresar en la población activa.

Por supuesto, crear un servicio nacional sustitutorio que les brinde un conocimiento vocacional, y no simplemente un trabajo en un empleo sin importancia, supondrá un importante reto para el Estado.

A largo plazo, los rabinos haredi con contacto con el mundo real captarán la oportunidad de avanzar de una forma constructiva y colaboradora. La oposición radical se desprende de los antisionistas lituanos radicales –Eda Haredit en especial – muchos de los cuales albergan posturas laborales hostiles hacia el Estado que sin embargo financia y subvenciona su yeshivot [escuelas rabínicas].

Ni siquiera están dispuestos a recitar oraciones en sus sinagogas en homenaje a los soldados que les defienden. Por otra parte, los partidarios del Shas no tienen muchas probabilidades de acudir a las barricadas por esta cuestión, dado que muchos de ellos comparten fuertes sentimientos nacionalistas.

El principal motivo de inquietud de los rabinos es que los estudiantes se vean expuestos al mundo en general y que ellos pierdan el control. En lugar de reconocer que estas reformas son inevitables y que finalmente traerán beneficios al superar su acuciante pobreza, rechazan de forma tajante tales propuestas, generando una mayor crispación social.

Ni siquiera están dispuestos a considerar el servicio social sustitutorio en hospitales, centros escolares o instituciones sociales.

El aislamiento de sus líderes recuerda al de sus predecesores en vísperas del Holocausto, que alentaban a sus fieles a seguir en Europa y se oponían amargamente a la emigración a Palestina por oponerse a la voluntad divina.

Una minoría de los elementos más despiertos del mundo haredi ven la oportunidad. Ya han abierto proyectos para proporcionar formación vocacional, con el fin de permitir que los haredim accedan al mercado laboral.

Los hay que incluso colaboran con el Estado a la hora de descubrir formas de minimizar el impacto negativo de estos cambios. Además, la participación haredi voluntaria en el Ejército, aunque abarca solamente a un pequeño porcentaje, se ha elevado sin embargo de forma significativa durante los últimos años.

Como economista y consumado político, el primer ministro Netanyahu es consciente de la acuciante necesidad de implantar reformas para incorporar a los haredim a la población israelí activa.

Su reticencia a la hora de suspender su veterano nexo político con los haredim es comprensible, pero va siendo hora de romper el estancamiento y la excesiva influencia de las formaciones haredi.

El gobierno de unidad que creó Netanyahu con el Kadima le brinda una oportunidad histórica de avanzar y un acuerdo con retraso en estas cuestiones que va a generar gran indignación en todo el país.

También es consciente de que a pesar de las amenazas, los partidos haredi no tienen otro sitio al que acudir. ¿Van a acudir a Mofaz o al Kadima, impulsor de los cambios? ¿Al Israel Beiteinu, que califica de insuficientes los cambios? ¿O al Sheli Yachimovich?

Y cuando estas reformas se implanten, la excesiva influencia de los partidos ultraortodoxos monodimensionales se verá sustancialmente erosionada.

Confío en que en las próximas semanas –en interés del país en la misma medida que por conveniencia política– Netanyahu apoyará un sistema que conducirá al reclutamiento gradual de los haredim en el Ejército y la población activa. A largo plazo, esto les granjea el respeto del país y mejora su autoestima. Irónicamente, con el paso del tiempo, la mayoría de los haredim llegará a apreciar lo que se hace por ellos.

También representa un punto de inflexión en el poder de los radicales religiosos, y el cierre de la crispación entre los elementos seculares y los religiosos. En lugar de ser alienados por ser extremistas religiosos, se acercan a la belleza intrínseca de la tradición judía y de la herencia a través del ejemplo, en lugar de la coacción.

Esto mejorará en última instancia la herencia política de Netanyahu como líder israelí que, en momentos políticos difíciles, supo distinguir los cambios que unificaron al país.

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA
Autor

Antonio Chinchetru

Licenciado en Periodismo y tiene la acreditación de suficiencia investigadora (actual DEA) en Sociología y Opinión Pública

Recibe nuestras noticias en tu correo

Lo más leído