Santiago López Castillo

La muerte, siempre la muerte

La muerte, siempre la muerte
Santiago López Castillo. PD

Me retumban los oídos con lo de no hacer política de la muerte. Los que más alardean de ello son los primeros en apropiarse del olor de la sangre. Son carroñeros sin más dilación ni rodeos. Hienas refocilándose de las víctimas. Es National Geographic en estado puro pero con un share nauseabundo. Mueren dos policías en Kabul, el presidente del Gobierno informa uno a uno a los principales dirigentes de los partidos, y tiene que salir Alber Rivera, el Niño de la Bola, para que Rajoy los reúna, se expanda la noticia y se saque la foto.

Me repele. Sucede como sucedía cuando se llevaba el tiro a la nuca en el País Vasco. La oposición en las vascongadas -toda esa patulea abertzale- pedía a los familiares y amigos de las víctimas que no politizasen el sepelio. Hombre, si antes los cadáveres entraban por la sacristía de incógnito y sin una lamparilla de duelo. Como es sabido, los asesinados eran mayormente del PSOE y del PP.

Rivalizaban en muertos porque el terrorismo como los caídos en la guerra se cuantifican. En cierta ocasión Patxi López, antes de ser lehendakari, dio un mamporro a Rajoy porque éste, antes de ser presidente, había acudido a la capilla ardiente de una militante socialista y era época electoral.

Pero no escarmientan. Ya sea el Niño de la Bola o Jorge Fernández Díaz -claro que el ministro está en su papel- quienes hablen de los caídos en misión de paz, como gustaba decir el PSOE, que siempre ha querido en estos oficios funerarios retirar la señal de la cruz así como los oficiantes castrenses. Y no digamos la que se organizó con la tragedia del Yakolev, con el pío Bono a la cabeza. Da envidia, coraje o póngale usted la palabra certera, ver a una Francia sin fisuras tras la matanza de París. Caso bien distinto fue la catástrofe del 11-M de Madrid con una oposición vociferante en actitud de auténtico golpe de Estado.

Descansen en paz quienes han dado la vida por la patria o en el cumplimiento del deber. Condecórese con medallas y con el distintivo correspondiente, que no se quede corto el mando al otorgarlas, rece el que pueda y sepa y consuélese a sus familiares con el hondo y sentido abrazo del ser querido que se ha ido sin quererlo. Me río yo de esos tertulianos que van por la vida de estrategas proponiendo la fiel infantería en Siria, pie a tierra, sin caer en la cuenta de que los camposantos se pueblan de cruces del triste destino, la mayoría con galones de barras y estrellas.

La unidad de España debe mantenerse pese a las características diferenciales de los políticos sin recurrir a las armas que matan y rematan. Amen.

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