Confesiones de un socialista autocrítico

«¡Si Zapatero está tranquilo, es que, realmente, durante los últimos años no sabía lo que hacía!»

El fiasco del tándem Zapatero-Blanco

«Rubalcaba siempre será un buen segundo. Su líder le decía lo que había que hacer, y él nunca defraudaba a la hora de elegir la estrategia de lo que había que decir y cómo se debía decir». Un veterano socialista iniciaba con este retrato minimalista su particular y pesimista «ensayo sobre la ceguera» del socialismo español.

El tándem Zapatero-Blanco

El «Suresnes» casero en el que brotó el tándem Zapatero-Blanco, como una reproducción actualizada del tándem Felipe-Guerra que surgió del Suresnes genuino, fue un fiasco que ha retrasado varios años el reloj de la evolución de la socialdemocracia española.

La cultura superficial de la ceja, la ingeniosa reducción del progresismo a la mínima expresión de dos letras, ZP, puso cachondo al personal, se expandió por las redes sociales como el «gas de la risa» y mantuvo «colocados» a millones de españoles durante un largo periodo de tiempo.

Pero la fiesta se acabó. Quizá nunca debería haber empezado. Los dramáticos «trenes de la muerte» del 11-M llegaron con cuatro días de adelanto. Zapatero estaba todavía muy verde para ganar y el PSOE necesitaba más tiempo para rehabilitar su casa, para reelaborar su proyecto y para enterrar el tentador fantasma del felipismo sin Felipe.

Un PSOE resignado a la derrota celebraba con histerismo irreflexivo una victoria de penalti injusto y en el tiempo de descuento. No había ganado la calle Ferraz, había perdido la calle Génova. Acebes, Aznar y compañía metieron la pata, Rubalcaba organizó un «piscinazo» en los móviles y las redes sociales y el árbitro del encuentro, el pueblo soberano, señaló en las urnas la pena máxima. Gol, victoria y gobierno, todo en un instante, para un equipo que estaba en «Blanco», y nunca mejor dicho.

El tándem Zapatero-Blanco iniciaba su largo viaje hacia ninguna parte. Quedaba inaugurada una estéril etapa de socialdemocracia a la que se le iba la fuerza por la boca, de exclusiva relación oral con la sociedad española, del cheque como atajo, del futuro de España como aval para ir hipotecando, irresponsablemente, el buque insignia de su ideario que había empezado a construir Felipe González en el siglo XX: el Estado de Bienestar.

El «complejo de Peter Pan»

Comentaba este 3 de mayo de 2012 Rajoy, tras su morboso encuentro con el ex Presidente en el Consejo de Estado, que «Zapatero está más tranquilo y yo, menos tranquilo».

A esa conclusión se podía llegar sin palabras, como muchas de las geniales viñetas de Mingote. Basta con observar al Presidente y comprobar que ha envejecido cuatro años en cuatro meses. Lo extraño no es que Rajoy esté intranquilo, sino que Zapatero duerma como un niño por las noches.

Lo dramático es que no exclame contemplando su obra, mejor dicho, su demolición del Estado, algo parecido a lo exclamó Oppenheimer cuando comprobó los primeros efectos de la bomba atómica en las primeras pruebas de Álamo Gordo: ¡Dios mío. Y nosotros hemos hecho esto!

La tranquilidad de Zapatero es precisamente lo que provoca la inquietud de los socialistas de fondo. De los que piensan en el más allá de la socialdemocracia española y europea. En los progresistas que no se vienen abajo en las derrotas electorales y no se vienen arriba en las victorias, porque ambas posibilidades son avatares en el largo viaje a través de la historia. El veterano socialista le susurra al oído a Periodista Digital:

«¡Si Zapatero está tranquilo, es que, realmente, durante los últimos años no sabía lo que hacía! ¡Si duerme a pierna suelta por las noches, es la evidencia de que el PSOE se ha pasado ocho durmiendo con niños y todavía no ha digerido que nos hemos levantado mojados!»

Es más grave de lo que creían. Incluso Rubalcaba ha perdido la cabeza y se ha contagiado del «complejo de Peter Pan», con Elena Valenciano haciendo Wendy, Soraya Rodríguez de «Campanilla» y un horror de varones haciendo de niños perdidos en un ilusorio país de Nunca Jamás. Les une a todos Rajoy, al que contemplan como un Capitán Garfio al que acecha el cocodrilo de la crisis. Y esto, periodista, es un cachondeo de consecuencias incalculables.

La socialdemocracia es patrimonio europeo de la humanidad

Habrá socialdemocracia después de Zapatero y después de Rubalcaba. Pero, ¿en qué estado la heredarán las nuevas generaciones? Esta cultura del «después de Alfredo el diluvio», es un suicidio. Esta inercia de hacer un seguimiento compulsivo de las elecciones francesas, a ver si Hollande se convierte en el «primo de Zumosol» de Ferraz, es una humillación al socialismo español que ha viajado en el mismo vagón que Willy Brant y Olof Palme. Con razón Felipe está pasota y con el alma enamorada en el filo de la navaja de los 70 años.

La socialdemocracia ha prevalecido sobre los nombres y los apellidos de sus sucesivos timoneles. Porque es un patrimonio genuinamente europeo de la humanidad. Porque los socialistas más brillantes se han puesto a su servicio y nunca habían caído en la tentación de estos chicos, los ZP, lo Blanco, los Rubalcabas, las Valecianos, las Chacones, las Sorayas, de convertirla en un instrumento al servicio efímero de sus intereses, a veces mezquinos, personales e intransferibles.

España está en crisis, Europa está en crisis, el mundo está en crisis: laboral, financiera, emocional, de valores, de identidades. El capitalismo deshumanizado agoniza de éxito, incapaz de hacer la digestión de la caída del Muro de Berlín. Los conservadores se ahogan entre la espada de los mercados y la pared de los ciudadanos. Y los socialdemócratas, mientras tanto, caemos en el narcisismo de mirarnos al espejo y estar encantados de conocernos.

«¡Nos hemos vuelto todos locos…!»

Autor

Luis Balcarce

Desde 2007 es Jefe de Redacción de Periodista Digital, uno de los diez digitales más leídos de España.

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