PODÍA HABER SIDO PEOR

Sánchez se consuela ante la victoria de Rajoy: podía haber sido peor para él

Cuando en su propio partido parecía haber más gente deseando verle perder que entre las filas del PP, que saliera del Congreso mejor de lo que entró tiene su aquel

Sánchez se consuela ante la victoria de Rajoy: podía haber sido peor para él
Pedro Sánchez.

Rajoy ha ganado el Debate del Estado de la Nación porque no podía perderlo. Y Pedro Sánchez, aun perdiendo, ha salido ganando al ser tratado y visualizado como la principal alternativa, algo que probablemente disguste a Pablo Iglesias pero también, de algún modo, a esa parte del PSOE simbolizada en Susana Díaz, Carmen Chacón o Tomás Gómez.

El presidente llegó a la cita, tras tres años de autismo -«Nos falta piel», resumió en un vídeo hilarante el peculiar Floriano- emocional, dispuesto a responder a las dos preguntas que debió despejar cuando casi todo el mundo habría entendido, tras el ciclón Zapatero, el sacrificio que tocaba hacer el país: ¿Por qué? y ¿para qué?

Forofismos aparte en esta España que hooliganiza casi todo y prioriza la adscripción sectaria sobre el análisis objetivo de los hechos y el reconocimiento honesto de las virtudes y defectos en propios y extraños; Rajoy es un espléndido parlamentario que además, en esta ocasión, ha intentado por vez primera resolver las dos grandes cuestiones e hilar un relato razonable de la vida que, más allá de las frías cifras, se contraponga al alud de demagogia emocional en el que chapotean los nuevos vendedores de crecepelo, radiografiados con escarnio en Grecia pero aún casi inmaculados en España.

La evidente mejora del país, las razonables propuestas para aliviar la vida cotidiana de familias y pymes (la ley de segunda oportunidad es una emergencia nacional que, a falta de la letra pequeña, es también un acto de justicia poética), el reconocimiento del sufrimiento infligido y las garantías de que todo ello no es en balde (resumidas en el compromiso de crear tres millones de empleos) conforman un discurso sólido cuya principal pega no se escuchó en el Parlamento ni se escuchará en casi ningún ámbito de conformación de la opinión pública.

Para lograr ese mismo resultado, ciertamente positivo en un país al borde de la quiebra hace nada, había otro camino alternativo al recorte de las prestaciones educativas o sanitarias a los ciudadanos y el aumento de la presión fiscal a los asfixiados contribuyentes individuales o empresariales: reducir el gasto público en la Administración, en lugar de en el usuario, dejando de paso de colapsar la concesión de crédito que en una atmósfera económica sana ha de ir al sector empresarial y aquí va a sostener un vergonzoso Parque Temático de empleo público artificial, estructuras quintuplicadas y regímenes laborales caribeños.

Algo que no se oyó en San Jerónimo y que tampoco se escuchará jamás en la alternativa más visible a Rajoy, salvo tal vez un poco en Ciudadanos si el establishmet deja de condenar a Garicano sin haberle leído siquiera: porque todos, desde el PSOE hasta IU o Podemos especialmente; sostienen el discurso opuesto y compran la empobrecedora idea corporativa de que la mejor garantía de sostenimiento «de lo público» es permitir que en su nombre se hinche un aparato institucional y gremial insoportable, inútil y caro.

Al contrario, todos ellos, con estrépito intelectual pero también con la absurda complicidad del ciudadano en realidad damnificado, prometen en cuanto pueden redoblar la receta o, en otras palabras, proveer más güisqui para superar la resaca.

Que esta idea sobre si acaso el presunto remedio es peor que la conocida enfermedad pueda empezar a calar, toda vez que el sainete de Iglesias, Garzón y compañía ya ha tocado techo y los efluvios de Syriza comienzan a mostrar sus vergüenzas; explica con seguridad la principal aportación de Rajoy al discurso político del momento: en lugar de responder al viejo lema de «Que viene la derecha», invirtió tiempo y energías en alertar sobre la ultraizquierda y en hacerle ver, a quien quiera creerle que, tras nadar todos tanto, sería una pena ahogarse casi en la orilla. Algo que, viendo la deriva venezolana y la agonía griega, parece sencillo instalar en el subconsciente colectivo.

Así que si Rajoy que sobrevivió en el paisaje adverso de los dos debates precedentes, no podía salir dañado de un tercero en el que, aplicándose la máxima de que «las opiniones son libres, pero los hechos sagrados», su bagaje objetivo sustancialmente mejor no podía ahora darle otra cosa que una victoria, sirva ésta para lo que sirva: crecer al 2.4%, crear 500.000 puestos de trabajo en 2014, sortear la presión de la prima de riesgo, tener garantiza la financiación del Estado y no haber derrumbado ninguno de los pilares clásicos del Estado de Bienestar (pensiones, subsidios, educación, sanidad y justicia) por mucho que sean mejorables; es suficiente para sacar un legítimo pecho y pasear la capacidad oratoria que sin duda tiene el presidente, afeada sólo al final con un epílogo innecesariamente brusco que, con seguridad, tuvo algo de involuntario pero supo a cuerno quemado.

Pero que el presidente del Gobierno y del PP haya ganado, no equivale a que Pedro Sánchez ha perdido. Para empezar, seguir apareciendo como el Barça frente al Real Madrid (o a la inversa) ya en sí mismo un éxito, si se admite el símil futbolístico, ahora que la alternativa política parecía ubicarse en el Atlético o el Valencia: ser tratado y comportarse como el político que desafía al poder vigente ya le coloca por encima del resto de aspirantes al cetro, especialmente cuando en su propio partido parecía haber más gente deseando verle perder que, incluso, entre las filas del PP.

Si además el discurso es duro, pero no rupturista, y la puesta en escena es solvente; no resulta exagerado concluir que Sánchez salió mejor de lo que entró y que todas las conspiraciones internas que le acogotan, nada presentables, lo tienen ahora un poco más crudo.

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