Sesión Golfa

Juan Carrasco de las Heras

Tierra roja

Por León Ocaña

Una vez leí que en algún sitio del planeta llaman a África el Continente Rojo, debido a que la aridez de gran parte del territorio tiñe la tierra de ese color. El nombre no está mal puesto, pero lo que en realidad tiñe la tierra de rojo es la sangre que se derrama a diario con el consentimiento y la desidia del resto del mundo que se hace llamar civilizado.

Lo había hecho en otras ocasiones, pero esta vez ha sido diferente. Siempre había calmado mi conciencia el saber que no hacía más que cumplir órdenes y el amor a mi país. Esta mañana me he sorprendido mirándome al espejo sin ser capaz de reconocerme. Las mayores injusticias que se han cometido en la historia de la humanidad han sido en nombre de algún país y bajo el estandarte del patriotismo. Se acabó. Nada de lo que pueda hacer en el mucho o efímero tiempo que le reste a mi ahora insignificante vida podrá cambiar que de mi boca salieron las órdenes a otros “patriotas” con armas que asesinaron en nombre de los colores de una bandera.

Asesinaron, asesinamos, a hombres y mujeres con la piel tan oscura como la mía y la sangre tan roja como la de cualquiera. Esta mañana, mirándome al espejo, me he sentido avergonzado, solo y cansado, muy cansado.

Tras ignorar la enésima orden de ejecución que me hicieron llegar ayer, y transformarla en libertad por falta de cargos, sé que soy yo el que se la ha cargado, así que me he vestido con mis mejores galas y ahora me encuentro conduciendo un jeep hacia la frontera, rezándole a aquél al que yo nunca he escuchado para que me permita cruzarla antes de que se den cuenta de que, en contra de lo que dice mi lustroso uniforme, ya no soy un respetado oficial del ejército, y ahora mi cabeza, tan vulgar como la de cualquier otro traidor a la causa, también tiene precio.

Qué digo… mi cabeza tiene prioridad en estos momentos. Más allá de mi “merecido castigo”, alguien en mi posición representa un enorme peligro para el Estado. Con una libreta y un lápiz puedo ser más peligroso que cualquier terrorista o contienda militar contra países vecinos. No, no debo pensar en eso. Ya sólo me faltan dos kilómetros y la tecnología limitada no debería permitir que la guardia fronteriza esté al tanto. Va a ser raro para ellos verme cruzar “en misión oficial” a otro país sin ningún tipo de escolta ni salvoconducto, pero si no tienen otras instrucciones su trabajo no es el de pensar, sino el de observar mis galones, cuadrarse y saludar.

Entre el miedo y el calor insoportable debo haber perdido al menos cuatro kilos. Aunque dicen que el peso perdido de esta manera se recupera cuando bebes… Eso es, distrae la mente con lo que puedas y no pienses en lo peor, me repito constantemente hasta convencerme de que para una vez que hago algo decente en mi desperdiciada vida no puede salirme mal.

A lo lejos se vislumbra ya la frontera. Mientras aminoro la marcha y me acerco, apago la radio, que lleva horas haciendo ruido sin conectar con nada inteligible, pero era la única compañía, respiro hondo y me mentalizo para hacer mi mejor y última actuación en el papel de severo hombre importante del ejército. Espero haberme dado la suficiente prisa y poder huir de mí mismo y del terrible final que me aguarda si me detienen.

Un par de soldados se me acercan. Saco los documentos de la guantera y bajo la ventanilla con semblante marcial mientras sigo rezando todo lo que me enseñó mi madre…

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Juan Carrasco

Éste homínido ceutí es crítico de cine desde hace años en el diario El Faro de Ceuta, así como responsable del espacio cinematográfico y de opinión "Fila 7" en la web www.ceuta.com y colaborador en la emisora de radio Onda 0 con su sección semanal "El Cine en la Onda".

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