Cualquier amante del cine que se precie debería tener en su colección privada La diligencia, por ningún otro motivo diferente a que se trata de una gran experiencia verla, sobre todo por primera vez, y porque se trata del clásico por antonomasia del género Nada menos que 1939 fue la fecha de su estreno, y en sobrio blanco y negro que acompaña al relato con preciosa fotografía, un John Ford incipiente da señales del mítico director en el que se convertirá. Pero que la fecha tan alejada en el tiempo no acabe con los ánimos de ningún potencial espectador en la actualidad, porque se trata de una cinta perfectamente en vigor, con una trama ágil cuyo escenario es el salvaje Oeste, pero con la emoción y estructura de un thriller épico de aventuras.
Nominada al Oscar en 7 categorías, ese año se topó con la competencia de Lo que el viento se llevó (eran otros tiempos y los adversarios eran terribles cada año), y acabó ganando 2: Mejor Actor de Reparto (Thomas Mitchell) y bso (adaptada).
Llama la atención la juventud de un John Wayne que posteriormente se convertiría en icono del género, y que tuvo que esperar muchos años en las últimas etapas de su carrera, para llevarse un Oscar (Valor de ley, 1969).
En lo argumental, para quien no lo sepa, el guion reúne a varios personajes muy variopintos (un forajido recién salido de prisión, John Wayne, una prostituta repudiada, un jugador, un médico borrachín;, un viajante de whisky, menuda mezcla, un banquero, una señora embarazada; el sheriff y el conductor de la diligencia), que por diferentes motivos viajan dentro de la susodicha diligencia para emprender un peligroso, casi suicida viaje, por un territorio frecuentado por el legendario jefe apache Gerónimo, que ha huido de la reserva y está más que molesto…
Las relaciones entre los viajeros son, digamos, particulares, cuando, claro está, no resulta ninguna sorpresa. De repente, cerca de su destino, los apaches les atacan creando el momento álgido de la historia tras muchos minutos de tensa calma.
La producción es una de las grandes obras maestras de John Ford, considerado como el mejor realizador de western de la historia y también por muchos el mejor en general de la época dorada de Hollywood. El papel de Ringo Kid fue clave en el despegue de la carrera de John Wayne, que se convirtió en la estrella inmortal de influencia planetaria que fue. Todavía a día de hoy resulta ejemplar la artesanal escena del ataque de los apaches, de una planificación y ritmo milimétricos, en una secuencia que es parte de la historia del cine.
Resulta destacable que el ritmo, acompañado por la elegancia de su protagonista, el oficio del elenco de secundarios y un montaje y un trabajo de cámara revolucionarios para la época (que siguen sorprendentemente vigentes) no permite al espectador abandonar el interés por los acontecimientos, aún en pleno siglo XXI.
En esta magnífica película que debe estar en cualquier filmoteca como ejemplo de muchas cosas, un John Ford en plena forma revitalizó un género, que aunque parezca raro, en 1939 languidecía, y lo situó en lo más alto de calidad artística y volvió ganarse el aplauso y la aceptación popular. Im-pres-cin-di-ble.
Dirección: John Ford. Año: 1939. País: USA. Duración: 99 min. Título original: Stagecoach. Género: Western. Intérpretes: John Wayne, Claire Trevor, Andy Devine, John Carradine, Thomas Mitchell, Louise Platt, George Bancroft, Donald Meek, Berton Churchill, Tim Holt, Tom Tyler. Guion: Dudley Nichols. Historia: Ernest Haycox. Música: Gerard Carbonara, Richard Hageman, W. Franke Harling, John Leipold, Leo Shuken. Fotografía: Bert Glennon. Productora: Distribuye en formato doméstico Filmax.