Diario de un NO nacionalista

Nacionalismo: El malestar en la democracia

Ha inoculado entre la sociedad una tolerancia hacia lo intolerante

Se ha convertido en una religión social a la que hay que someterse y hacer profesión de fe, sino quedas expuesto a la maquinaria de la difamación, a la intemperie de la presión social

esta predestinación del referéndum y la apropiación nacionalista de Cataluña (y los catalanes)…  hay que leer algunas de las afirmaciones que Artur Mas hizo al diario italiano “La Repubblica”: «el referéndum se hará y los catalanes ganarán. Veréis», es decir, el resultado será inequívocamente favorable a la independencia y ¿exactamente a qué catalanes se refiere cuando ganen el referéndum (¿o era consulta?)?

Este artículo podría haberse titulado “el lenguaje (totalitario) del nacionalismo” pero lo que ocurre en Cataluña, más allá del desenlace político del órdago soberanista, supera lo que podría considerarse (lamentablemente) habitual en democracia, los políticos nacionalistas no se conforman con utilizar un lenguaje deliberadamente ambiguo o directamente falso.

El nacionalismo usa un lenguaje performativo, ha inoculado entre la sociedad una tolerancia hacia lo intolerante, recurren a figuras retóricas que recuerdan al peor romanticismo de los regímenes totalitarios del siglo XX, el problema es que ese universo de reconocimiento artificialmente construido ha calado entre la población, ya lo puedes escuchar en cualquier contexto o uso social.

Resulta llamativo que el discurso nacionalista siempre recurra a la singularidad identitaria, a la diferencia, a lo propio, a lo nuestro, pero es un nuestro delimitador, es una negación del otro, parece como si tratasen de llenar el thymos platónico, la tendencia del individuo a diferenciarse, con un anacrónico proyecto en el que el individuo se somete a algo superior, allí donde la libertad se mide y se concibe como algo colectivo.

El nacionalismo en Cataluña, después de quitarse la careta de la moderación, se ha convertido en una religión social a la que hay que someterse y hacer profesión de fe, sino quedas expuesto a la maquinaria de la difamación, a la intemperie de la presión social, de las “buenas costumbres”, de la moral politizada. La paradoja es que parten de un “hecho diferencial” pero aniquilan la diferencia, recurren a la singularidad pero combaten lo diverso.

Esta religión civil cuyos dogmas están fundados en mitos y leyendas, en historias imaginadas, en tradiciones territorializadas, está tan enraizada en subconsciente colectivo que nadie repara en la irracionalidad del mismo, en un fatalismo histórico que convierte el devenir en algo irrisorio, en algo ineludible, a poca gente parece importarle haberse convertido en comparsa de un juego político disfrazado de salvación teológica.

Imagino que esto es una respuesta muy humana a quién te ofrece un proyecto colectivizador cuyas consecuencias son el empobrecimiento de la calidad de la democracia y la asimilación del individuo, pero es una asimilación disimulada porque el Sistema tolera una tipo de pluralidad encorsetada en el Dogma, eso le da un barniz de falsa tolerancia, solo cuando llegas a los límites del sistema es cuando sale la hiel de los defensores de la patria.

Si nos damos cuenta, el Gran Timonel del nacionalismo, Artur Mas, en su discurso de fin de año da pátina de legitimidad a los que estamos en contra del Proceso únicamente por nuestra condición de “compatriotas”, compatriotas de una patria inexistente, de una patria imaginada, de una patria construida e impuesta por una minoría que ha actuado como vanguardia asimilacionista de la diversidad cultural y lingüística, del adoctrinamiento ideológico, los irredentos (los botiflers o traidores de la Causa) no somos tolerados como signo de saludable pluralidad democrática, no, lo somos por mera adscripción nacional-ista.

El lenguaje del nacionalismo, ese neolenguaje totalitario de tintes de entreguerras, ha permeado tanto entre el periodismo como entre la intelectualidad orgánica, y como decía más arriba, lamentablemente también entre la sociedad civil, ya no solo es un relato construido con objetivos estratégicos, es la introducción consciente y paulatina de un léxico cuya intencionalidad es más propia de autoritarismos que de democracias.

Siguiendo con declaraciones del Presidente de la Generalitat podemos observar que bajo el ardor del que se cree a punto de crear historia se deja llevar por el auténtico espíritu del romanticismo decimonónico, aquél que politizó y enjauló tras barrotes identitarios excluyentes el ansia de infinitud del Romanticismo original, pues bien, Artur Mas no tiene inconveniente en citar frases de Macià como “…Renacido el espíritu inmortal de nuestra raza, toma posesión victoriosa de esta fortaleza, para celebrar en ella, de nuevo, nuestras Cortes, que dictarán nuestras leyes, en nuestra lengua…”.

Lo realmente sorprendente de esto es que no sorprenda, que para muchos ya pertenezca al sentido común de lo natural, sorprende la tolerancia hacia planteamientos que parecían relegados del relato democrático, pero no, parece que ya es algo normal el hacer referencia a la historia, a la cultura, a la lengua, a la raza…para llevar a cabo proyectos políticos, como si dicho proyecto fuese una verdad autoevidente sustentados en “evidencias”.

No solo encontramos este tipo de discursos en unos alocados, ensimismados y adulados Líderes políticos, también se esconden en las editoriales de los medios de comunicación que viven y sobreviven gracias a la generosidad de los presupuestos públicos, en concreto destacaré el editorial de El Punt Avui del pasado día 25 de diciembre, en el que se podía leer cómo se dirigían al expresidente de la Generalitat Francesc Macià como El Abuelo Macià”… ¿no parece algo más propio de un régimen como el norcoreano el dirigirse a sus líderes en ese tono paternalista?, ¿no es una forma organicista (y tutelada) de entender la sociedad (catalana)?

El nacionalismo, este nacionalismo desatado, culturalista, historicista y, según parece, de tintes racistas, se siente incómodo en democracia, solo concibe una democracia adjetivada, instrumentalizada, y reducida a sus propios intereses, un nacionalismo que entiende la libertad como una libertad socializada, solo admite al individuo como parte de un organismo superior llamado Nación, un individuo aplastado por la Historia, un objeto cosificado frente a una ideología hipostasiada.

Este malestar en la democracia se vislumbra en las premisas implícitas de los discursos, no en la construcción supuestamente racional de los mismos, dicha incomodidad la encontramos en las contradicciones lógicas en sus reivindicaciones, como la de reclamar “democracia”, o que “nos dejen votar”, o que “escuchen al pueblo catalán”, “a la nación catalana”, y, sin embargo, secuestran la voz de la ciudadanía de Cataluña, secuestro en forma de “consulta predestinada”, en la ocultación de la información, en la manipulación e ingeniería social, en esa forma de hacer pasar por Cataluña lo que son planteamientos de los nacionalistas (catalanas).

Para ejemplificar esta predestinación del referéndum y la apropiación nacionalista de Cataluña (y los catalanes) solo hay que leer algunas de las afirmaciones que Artur Mas hizo al diario italiano “La Repubblica”: “Después de un referéndum tendremos que negociar cómo nos separamos siendo buenos vecinos» o «el referéndum se hará y los catalanes ganarán. Veréis«, es decir, el resultado será inequívocamente favorable a la independencia y ¿exactamente a qué catalanes se refiere cuando ganen el referéndum (¿o era consulta?)?

El malestar en la (y con la) democracia del nacionalismo está en sus formas, en sus tiempos, en el imperio de la ley, en el Estado de Derecho, en la gestión de la incertidumbre, de la pluralidad, de la diferencia, de la disensión, no se sienten cómodos con un devenir histórico abierto e insondable, con el individuo como sujeto de la historia, con la justicia como equidad, en la renuncia de lo “natural” como excusa, en la democracia como fundamento y fin en sí misma…

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