Por Carlos de Bustamante

(Calle Mayor. Acuarela de Joan Centellas en artelista.com)(*)
Estudiaba 6º curso de bachillerato en el colegio Nª Sª de Lourdes, cuando obtuve el medio ingreso (primer grupo de asignaturas) en la Academia General Militar. Después de unas vacaciones gozosas en la gozada para nosotros de la Dehesa de Peñalba. El 2º y 3º de los hermanos pusimos muy seriamente sobre el tapete cuál sería la mejor opción para dedicarnos de lleno al estudio, para el ansiado y no medio, sino total ingreso en la citada Academia. Centro en el que, sin lugar a dudas, iniciaríamos nuestra verdadera vocación para el futuro de nuestras vidas. Ni por asomo pensamos nunca en otra carrera que no fuera la de las armas al servicio de España. Seguiríamos así, lo que ya hicieran nuestros antepasados, hasta perderse en las generaciones.
Se estaba bien en casa, pero ambos estuvimos de acuerdo en el convencimiento de que la extrema comodidad estaría reñida con el imprescindible estudio intenso. Ni uno ni otro éramos lo que se dice buenos estudiantes, sino yo sobre todo, tan medianos como primerísimos en actividades cinegéticas y deportivas. Conscientes de ello y pese a nuestra fogosa recién estrenada adolescencia, propusimos a nuestra madre solicitar el internado en el colegio Santiago para huérfanos de militares. Tenían preferencia los hijos de los caídos en campaña. Nuestro caso. El profesorado militar era por vez primera en este colegio el de curso preparatorio para el ingreso que tanto ansiábamos; y el plan de estudios y rigor en disciplina, eran un anticipo de lo que les esperaba a los afortunados. Nuestra santa madre, no sin sorpresa por tamaña cordura a la que no le teníamos acostumbrada, accedió con sumo gusto.
No sé realmente las intenciones de mi hermano Paco. Las mías sí puedo asegurarles que eran absolutas de echar el resto para intentar lo que, en mi interior, consideraba imposible por la falta de base en las matemáticas. Asignatura fundamental para superar la mitad de los exámenes que me faltaban de aprobar. Matemáticas principalmente.
Comenzaron las clases y comenzó mi particular calvario. Lo que nos explicaban mañana y tarde, lo repasaba una y mil veces en noches si no tristes, desde luego de estudio agotador. El primer trimestre, con la mayoría de noches en el estudio solitario, tuvo el premio de asignarme plaza en la clase de los probables o posibles cadetes. Mas bien sabía, que aquello podían ser luces de bengala; pues tanto trabajaba de memoria, que imposible no rebosara el “recipiente”. Pedí ayuda a quien bien sabía era la única que me la podía otorgar.
Desde el estudio y antes del precario desayuno, asistía todos los días a la Santa Misa, que celebraba don Edilberto, el capellán del colegio, con mi única y solitaria asistencia. Pronto caí en la cuenta de que nunca estuve solo. Una imagen de la Inmaculada próxima al retablo, estaba conmigo. Y me escuchaba. La petición era siempre la misma y machaconamente repetida: “Como con mis solas fuerzas sé que no puedo, haz, Señora, conmigo ese milagro”. Seguí “con el mazo dando”.
Transcurridos más de 60 años de lo que les relato, no creo importante desvelar un “secreto”, que, por negativo, dice poco a favor de los educandos y de quienes los formaban. Pero así fue: a la hora en que el portero cerraba las puertas de entrada o salida para las visitas, prohibitiva para los alumnos, eran las tapias el lugar por donde cada noche se producía “la desbandada”. Sin que me proponga autoalabanza, sino fidelidad a lo sucedido, fueron muchas, casi todas las noches, en que la única luz visible y señal de vida, era el estudio donde proseguía –diríamos hoy- almacenando datos en el “disco duro, con número limitado de megas”. Y en el dormitorio, sólo algunos de los pertenecientes a la clase de los “probables”. Los únicos descansos, eran los minutos empleados para llamar a los que tenía previamente en lista, para avisar a las horas convenidas. Luego, en el estudio, absoluto silencio.
Y en la capilla, las mismas miradas a la Inmaculada y la misma y repetidísima petición: “el milagro”. Así un día y otro día, mes tras mes, se aproximaba la fecha de los exámenes. Seguía siendo “probable”, pero bien sabíamos la Inmaculada y yo que el “disco” estaba a punto de reventar.
Primera sorpresa: un sastre de “tres al cuarto”, nos tomó medida a los dos hermanos, porque la talla era muy superior a las que disponían como normales para “los uniformes”. Uniformes que también por primera vez vestían los “Pínfanos” (huérfanos de militares). Eran azul marino, sin galón alguno y gorra con el plato blanco.
Llamativamente y bien mirados tanto por los “coeficientes” (acompañantes, casi siempre militares) que escoltaban a los examinandos, como por los profesores del tribunal examinador, de los que los pínfanos eran muchas veces hijos de compañeros. Sumidos en nuestros pensamientos -los míos, la verdad, tan realistas como pesimistas-, nos vimos sin apenas darnos cuenta dentro de los muros del noble recinto. Durante el viaje de once horas en tren, miraba y veía a la Señora, Inmaculada del colegio, que, aún imaginando que sonreía, le insistía en la misma petición: el milagro.
El primer examen consistía en resolver por escrito un número de problemas matemáticos, que no recuerdo. Sí, que uno de los profesores no me quitaba ojo desde que ocupé el asiento a distancia considerable del compañero más próximo. Imposible copiar. Recibí los enigmas. Una vez más puse a mi Inmaculada como intercesora. Recordé el primero resuelto en una noche próxima de insomnio. Lo resolví de memoria y sin dificultad. Acción de gracias y pasé al siguiente. Lo vi todo negro. Y me desinflé. Tal debió de ser mi cara de consternación, que acudió el profesor. El mismo que seguía sin perder ripio mis reacciones.
-¿Le sucede algo caballero aspirante?, me preguntó con sonrisa benévola.
-Es que no recuerdo la fórmula, para resolver este problema, le dije con voz, creo, suplicante. Tomó mi bolígrafo y no sólo anotó una fórmula, sino que, prácticamente, me escribió todo hasta la solución. Miró de reojo al primero y sonrió complacido.
-¡Ánimo caballero aspirante que va usted muy bien. Acción de gracias por la “ayudita”. Pasé al siguiente. Tan parecido al resuelto con ayuda, que con números diferentes no tuve más que seguir los mismos pasos. Nueva sonrisa del profesor, que me inició el siguiente. Solución, pues, fácil. Nueva sonrisa. Nueva acción de gracias. Fallé en los dos siguientes. Nueva cara de consternación. Y… ¡Madre, ayuda! Nunca supe si acerté o no. Y eran los últimos. Nos recogieron los exámenes. Y a esperar la calificación, no eliminatoria. Pasando las cuentas del Rosario y con la vista nublada, creí ver mi nombre con un cinco pelado. Y a mi lado el profe-ángel de la guarda.
-¡Enhorabuena Busta, “vamos” ahora a por el oral, me animó lo que no está escrito, de forma muy familiar. Acción de gracias encendida con las “cuentas” bien apretadas con la mano.
También ayudado el otro Busta, incluso me superó en calificación.
Para el examen oral, era preciso sacar las bolas numeradas de un bombo y desarrollar en la enorme pizarra negra como una tumba, la papeleta correspondiente al número extraído: de memoria me las sabía casi todas. Menos una: “homología, homografía y homotecia”. ¡Justo la que me cupo en suerte! Se me hundió la cabeza entre los hombros abatidos. Levanté los ojos cuasi llorosos y vi lo inimaginable: un cuadro que era un calco de la imagen de la Inmaculada del colegio; sólo que sonriente. Comencé a desarrollar en la pizarra lo primero que se me vino a las mientes, con posible relación con la primera de las cuestiones.
-Muy bien caballero aspirante vemos que sabe usted perfectamente la papeleta más difícil del programa! Puede usted retirarse.
Miré, ahora yo sonriente, la imagen Inmaculada: ¡¡se había producido el milagro!!
Salí gozoso al patio de armas. Por la espalda, el otro Busta casi me cruje de un potente abrazo. ¡Creo, hermano, que he aprobado! No me digas cómo pero un profesor muy amable, me ha felicitado. Las casi dos horas de espera hasta que salieron las notas, se nos hicieron eternas. Al fin ambos pudimos darnos el abrazo de la felicidad increíble, pero cierta. Los dos aprobadas las matemáticas con cierta holgura.
Aún nos faltaban los exámenes de dibujo e idiomas. Asignaturas que, aprobados los grupos de letras y ciencias, solían ser si no de puro trámite, sí juzgadas con cierta benevolencia. La necesité en dibujo. Con notable facilidad para los idiomas, recité como un nativo galo la historia de Robinson Crusoe. Con el único fallo, fruto de los nervios, en que me empeñé en pronunciar “Cruasé”. En la nota final, no se nos citaba como caballeros aspirantes, sino como nuevos Caballeros Cadetes. En una dependencia de la que salían pínfanos y paisanos gozosos con los cordones rojos en miniatura, adquirimos los nuestros. Con una mano apretaba fuete las cuentas del Rosario; con la otra me llevaba los símbolos de nuestro recién estrenado título a los labios, para besarlos con unción. Un numeroso grupo de pínfanos, lanzamos con júbilo las gorras al aire.
Enseguida, tomamos el tranvía. Parada en la Plaza de La Seo, contigua al Pilar. Frente a la pequeña imagen morena, “hermana” de la Inmaculada, dejé la más encendida acción de gracias. Una más en este día gozoso, y a todas luces insuficiente, para tan imponente favor recibido. Luego, con suma unción y total ofrecimiento de lo que en adelante me aconteciere en la vida militar, deposité a sus pies el símbolo recién concedido-que no ganado- gracias a la intercesión de la misma Madre con el diferente apellido de Inmaculada.
Alegría con una nubecilla de tristeza en nuestra madre con tres hijos como catedrales Caballero Alférez Cadete de Artillería el mayor y Caballeros Cadetes el 2º y 3º.
Cuando devolví al colegio el uniforme de pínfano, charlé largo y tendido con quien fue realmente la que me aprobó los exámenes. Conversación que, perteneciendo a nuestra intimidad, la guardo en el fondo del alma. Y, emocionado, me despedí de Ella. Curiosamente, la que durante el curso me pareció seria o recogida en oración, la vi ahora sonriente con asombroso parecido a la que viera en el cuadro de la Academia. Nada de particular pues que, aún producto de la imaginación agradecida, el verdadero y auténtico milagro, no fue el parecido de las imágenes, sino lo obrado en los exámenes.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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