Delicias de Otoño (II)

Por Carlos de Bustamante

(Peras. Óleo de José María García Fernández, “Castilviejo”)(*)

Gracias por su compañía otra vez por pagos del valle del Duero. Recogimos con ustedes, piñones, avellanas, acerolas, uvas… Y probamos las majuelas. Como es posible que les gustasen algunos de estos frutos otoñales, nuevamente les invito a que me hagan disfrutar de su amable compañía. Muchas gracias por su contestación afirmativa. Como es mucho otoño el Otoño, les decía, tomamos ahora el camino (antigua calzada romana) que se dirige a “la puente”. ¿Qué hacer si no detenernos en el melonar? Con mirada de desprecio a los vistosos con engaño espinos cuajados (con perdón) de “tapaculos”(se imaginarán el porqué de su nombre…) , ansiosos, dirigimos nuestros pasos al melonar.

Contiguo a la huerta de hortalizas, es paraje con visitas diarias desde comienzos del verano. Como allí “catamos” de todo a lo largo del verano (tomates, fresas, zanahorias…), mejor hacer un alto en el imprescindible melonar dicho.

Desde mediados de agosto, no hubo sandía que se resistiera al apetito voraz de los adolescentes. El sonido a bota, aunque más por la hojita pequeña y seca junto al fruto voluminoso, eran señales suficientes, para abiertas al medio y puestas a “enfrescar” al sol, pasasen a la mejor vida de los estómagos agradecidos. Tiempos pasados. Los melones “vienen” más tardíos. Otoñales. A estas alturas, no son precisos signos externos de madurez, que los tienen. Todos maduros. O como dicen los del lugar: Ninguno pepino.

-Ése no lo cojas, te dije antes de que lo arrancaras. Es un melón vistoso, amarillo, atrayente. Pero insípido. “Aguardientero”. Pasado.

Los “tendrales valencianos” y piel de sapo, bien sabe el adolescente de su calidad y exquisito sabor. Antes de meter ninguno en el saco, ustedes y yo hicimos la probadilla. Fue pinchar con la navaja en el extremo lejano al de unión con la mata, y rasgó “el valenciano” con el sonido peculiar de fruta “arpada”. Delicioso. Todo (casi todo) carne. Buenísimo también el de piel de sapo. Dulce como “lamerones”. Pocas visitas luego, hasta arrancar todo el melonar, para conservar. Mañana hablaremos de ello. Con la panzadilla de tres o cuatro –o más-, el saco repleto quedó junto a los otros frutos a la puerta de casa.

Y como tras la panza viene la danza, otros olores nos llevaron a la huerta de frutales.

Si alguien nos hubiera insinuado: “Seréis como dioses”, también ustedes y yo seríamos tan culpables como Adán y Eva. Difícil resistir la tentación. Olores dije, sí, porque aquel rincón del valle era pura fragancia. Manzanos reinetos con las “gachas” dobladas por el peso del oloroso producto. Antes de pasar al saco, el chasquido de cada mordisco en la belleza de la piel moteada, daba cuenta de que, tras los melones, aún quedaba hueco en estómagos insaciables. Diferentes variedades. Gran abundancia de manzanos. Una sola estirpe de reyes: manzano reineto. Embriagados, mas no hartos de exquisiteces, les sugerí no llenar el saco. Me hicieron caso. Pesaba como un muerto. Cerca del lugar de la tentación, aromas más intensos.

-¿Frutales silvestres…?, Preguntabais intrigados.

Como la explicación no convenció a nadie, he de dejarla escrita. El que fuera astro rey para madurar manzanas, ha perdido parte del vigor, pero no los efectos beneficiosos sobre los que alumbra. Ahora, en otoño, más que brillante, la luz que emite es dorada. Y no, no me miren al poniente, que el rey se ha ocultado. Pero se ha quedado entre nosotros. Está ahí. Justo donde, asombrados, miran ahora. De esos arbustos que, sin serlo, parecen silvestres, penden cientos de soles otoñales. Dorados. Además aromáticos. ¿Puede darse, digo, hermosura mayor? Membrillos, que tras el gesto torcido al probarlos por quien tiene dentadura sana, completan el saco de las hermosas reinetas. Reinas que ocupan lugar secundario: el fondo del saco. Imposible transportar todo lo que se os antojaba, cargamos con la aromática mercancía.

Atrás nos quedan aún los ciruelos de las claudias; las que revientan de dulzor. El que incluso se escapa por alguna grieta en las más maduras. No las llevamos, porque tienen amo. El que cada día de los que tienen medidos, contados, las llevará a la mesa para el desayuno o postre exquisito. Y las peras de invierno. Las que, como su nombre (¿) indica, aún están duras como piedras. Más avanzado el otoño, tendrán su destino. El que, si Dios es servido, conocerán “mañana”.

Aunque repletos de olores, sabores y dulzores, no le hicimos ningún asco a higos hermosos que, en segundo fruto después de las brevas, rebosaron-almibarados- el “vaso” propio y el de los forasteros.

De regreso al caserío con la preciosa carga que embriagará de aromas las ropas de baúles y armarios, una última parada.

Sobre terreno elevado desde la excavación del canal y en el llamado “préstamo”, cedimos a la tentación verde-morada que nos ofreció el endrino. Frutos de aspereza sin igual que seca lenguas, bocas y paladares, pasaron al bolso en el pantalón de los forasteros. Aún quedaron suficientes. Los que pasarían luego en tarros de aguardiente a nuestra despensa. Licor exquisito. Medicina buena. La mejor para “matar el gusanillo”. Y los ahora fríos amaneceres. Jarabe incomparable en catarros y otras afecciones de garganta. Licor de endrinos. Extraordinario.

No quedarán en el árbol o tierra de procedencia tantos frutos mentados y no recogidos. Será “mañana”, s. D. q., cuando conozcan el destino. Si se lo pierden, allá ustedes. Yo…, les invito.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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