Por José María Arévalo

(Guadalupe Ortiz de Landázuri en Santa Clara de Montefalco, México)(*)
Concluí el artículo anterior de esta serie en que reseño el recién publicado, en La Gaceta Cultural del Ateneo de Valladolid, por Josemaría de Campos Setién, “Guadalupe Ortiz de Landázuri, Doctora en Ciencias Químicas, en Humanidad y en Santidad” (tercero de su «Galería histórica de universitarias ilustres»), avanzando que seguiríamos las vicisitudes de la protagonista en Méjico. Guadalupe se va a este país en 1950 para iniciar la labor del Opus Dei en México, donde la había precedido un año antes el sacerdote Pedro Casciaro. “Toda su inteligencia –continúa de Campos Setién-, habilidad, imaginación, ánimo y optimismo sobrenatural, paciencia, dotes de mando, responsabilidad y organización, se activan en plenitud para crear espacios de fraternidad en la fe (cf. Joseph Ratzinger La fraternidad de los cristianos y El camino pascual). El Sagrario y la Virgen de Guadalupe son las fuentes de inspiración y de fortaleza en tan fascinante y comprometida empresa.”
“Para aprovechar el tiempo –sigue el artículo-, se matriculó de alguna asignatura del doctorado de Ciencias Químicas, lo que la facilitó aumentar las relaciones y dar buena muestra de lo que era: profesional y estudiante que iba a trabajar en el desarrollo del país y, por medio de su trabajo, difundir la fe cristiana a través de un apostolado de amistad y de confidencia, desde el inicial centro “Copenhague” que se crea y se acondiciona como residencia de estudiantes universitarias y cuartel general de operaciones de una más amplia labor, con múltiples actividades formativas y de apostolado, en el que no era raro encontrar a exiliadas de la guerra civil.
Una de ellas, la poetisa Ernestina Chanpourcin, cuyo marido, Juan José Domenchina, también poeta, había sido secretario particular de Manuel Azaña, que tenía a su marido muy grave, buscaba a alguien que pudiera atenderle espiritualmente porque había vivido alejado de la Iglesia y temía que pudiera morir así. Guadalupe no solo le puso en relación con un sacerdote que le ayudara en aquellas circunstancias tan críticas, sino que también la dedicó mucho tiempo hasta establecerse una profunda amistad. Ernestina pidió la admisión en el Opus Dei y, más tarde, cuando ya su marido había fallecido dentro de la Iglesia Católica, regresó a España, donde murió a los noventa y dos años.
La labor desbordaba “Copenhague” y hubo que fundar otros centros. También se extendieron fuera de la ciudad de México, en Culiacán, Monterrey y Tacámbaro, donde la tarea cultural desarrollada con las estudiantes se amplía al medio rural desempeñando, con intensa laboriosidad, una función educativa y cultural con el campesinado. Singularmente destaca la restauración y reconstrucción de la arruinada hacienda de Santa Clara de Montefalco en el valle de Amilpas, perteneciente al estado de Morelos, a unos ciento treinta kilómetros de México, y Montefalco constituirá un importantísimo centro de apostolado y de acción cultural. Guadalupe hizo realidad su sueño de crear importantes instituciones de promoción social del mundo rural mexicano: una Granja Escuela para iniciar profesionalmente a la juventud rural, “El Peñón”, centro agropecuario de formación profesional del campesinado, una Escuela para impartir la enseñanza primaria y secundaria, un Taller de corte y confección y una Escuela de Capacitación Hotelera, con el fin de promocionar a las mujeres de los pueblos vecinos.
Con tantas y tan intensas actividades, la salud de Guadalupe se resiente con una insuficiencia cardíaca, y cuando en 1956 vuela hacia Roma para asistir al Congreso General de las mujeres del Opus Dei, no sabía que ya no volvería a México, donde dejaba una huella y un recuerdo imborrable.”
En el tercero y último capitulo de esta serie, continuaremos con la narración de don Josemaría de Campos Setién sobre el regreso de Guadalupe a Europa, pero ahora me parece interesante incluir un texto que figura en la web opusdei.es, y que recoge otra faceta de la estancia de Guadalupe en Méjico, extraído de la biografía escrita por Mercedes Eguíbar y editada en Palabra (del capítulo 11, concretamente). Comienza tras un viaje puntual de Guadalupe al viejo continente.
“Guadalupe y México
La llegada a México no es para ser descrita. Parece que ha estado años fuera. Todas le preguntan y no paran. Y ella cuenta y tampoco para. Lo primero que ha hecho es buscar el lugar idóneo para la imagen de la Virgen que el Padre le ha dado.
Tiene la sensación de que ha crecido la labor apostólica y madurado las que han ido llegando en este año 1951, a punto de terminar. Se siente marcada por el fuerte deseo de poner en práctica todas las orientaciones que ha recibido durante su estancia en Madrid y en Roma. Tiene proyectos apostólicos nuevos.
Empieza el 1952, un año de rápida expansión para la Obra en México, que se extiende no sólo en el Distrito Federal, sino que señala el inicio en nuevas ciudades del país.
Hasta entonces el apostolado se había dirigido hacia las estudiantes universitarias principalmente. Llegaba la hora de tener en cuenta otros campos.
En primer lugar, se puso en marcha la atención a otras mujeres mayores que generalmente estaban casadas. Conocían y trataban ya a las que don Pedro les había presentado al llegar, normalmente esposas de conocidos suyos. Este grupo era numeroso y habían prestado ayuda generosa en la instalación de la residencia Copenhague. Ahora se trata de organizar los medios de formación necesarios para las futuras cooperadoras. La residencia se ensanchaba o encogía de acuerdo con las necesidades apostólicas.
El primer medio de formación que se les ofreció fueron los retiros mensuales. Así, además de la personal reflexión, se les facilitaba el apostolado, porque podían invitar a otras amigas. Hacia fines de marzo, tuvo lugar ya un primer curso de retiro. Pronto hubo muchas mujeres que comprendieron el impresionante panorama que se les abría, al comprobar que ellas podían también sentirse llamadas por Dios a la santidad con su fidelidad a las exigencias matrimoniales, como esposas y madres.
Ante ellas se iluminaba sobrenaturalmente su camino. Vieron, de forma práctica, que el seguimiento al Señor no era algo exclusivo de las que se habían comprometido a vivir en el celibato o la virginidad, sino que todas debían considerarse plenamente enroladas en la llamada que habían recibido en el bautismo. San Josemaría Escrivá de Balaguer había escrito hacía ya muchos años: Se creía que la perfección no fuese cosa asequible a las almas que se quedan en el mundo (…). Ahora ha vuelto a sonar la voz de Jesús que dice a todos: estote ergo vos perfecti, sicut et Pater vester caelestis perfectus est; sed pues vosotros perfectos, así como vuestro Padre celestial es perfecto (Mat. V, 48) .
Estaban descubriendo, por lo tanto, lo que el Señor había mostrado al Fundador del Opus Dei: Yo veo esta gran selección actuante–así decía-: hombres y mujeres de empresa y obreros; mentes claras de la universidad, inteligencias cumbres de la investigación, mineros y campesinos; aristocracia –de la sangre, del ejército, de la banca, de las letras- y pueblo, con su mentalidad más rudimentaria: todos, cada uno sabiéndose escogido por Dios para lograr su santidad personal en medio del mundo, precisamente en el lugar que en el mundo ocupa, con una piedad sólida e ilustrada, de cara al cumplimiento gustoso –aunque cueste- del deber de cada momento .
Lo que había visto San Josemaría hacía tantos años, ahora lo contemplaban aquellas mexicanas como una gran novedad y se dispusieron a servir a toda la sociedad en sus diversos estratos y, sobre todo, a renovar con ilusión su vocación matrimonial y familiar.
Guadalupe pudo constatar muy pronto que la labor se multiplicaba y cómo podía ir contando con grupos de mujeres, supernumerarias o cooperadoras, en las que apoyarse. Eran personas que se responsabilizaban de abrir nuevos campos de apostolado y, con múltiples actividades, facilitar los medios económicos imprescindibles para el sostenimiento de las actividades.”