Por José María Arévalo

(Tarde gris en el bosque. Óleo de Joaquín Roca Carrasco, en el Catálogo de pintura de la Real Academia de la Purísima Concepción, de Valladolid, realacademiaconcepcion.net. 1,06×1,11)(*)
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Tras referirse el arquitecto vallisoletano don Javier López de Uribe y Laya a las Academias como ámbito de diálogo, en el segundo apartado de su conferencia, “Papel e importancia de las Reales Academias en el siglo XXI”, reproducimos hoy el tercero, titulado “Las nuevas formas artísticas”, en esta serie que estamos dedicando a la Real Real Academia de la Purísima Concepción, de Valladolid en el 230 aniversario de su aprobación por Carlos III, y de que la acogiera bajo su protección, el 16 de Febrero de 1783l.
Continúa López de Uribe, en este segundo apartado de la exposición: “Además del diálogo y de la preparación profesional, se hacía referencia al comienzo de esta disertación a que era necesario, en tercer lugar, la mirada respetuosa al pasado que nos lleva a un futuro.
Luis Feito, con motivo de su ingreso en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, decía que «hoy se le llama artista a cualquier cosa. Antes no se hacía pintura sin saber pintar. Había un oficio. Lo mínimo que un pintor debe hacer es dominar el oficio. Hoy se ha abandonado y, por eso, se ve lo que se ve. Se ha producido una degeneración de la libertad que se consiguió con la revuelta del arte contemporáneo. Lo que se impone hoy en el mercado son emborronamientos pedantes con pretensiones de arte. Se ha puesto de moda que un cuadro parezca que no está bien pintado, que tenga goterones, manchas… Eso queda muy bien, muy de vanguardia, una palabra absurda y aberrante en el arte. El arte nunca es original. Siempre viene de una evolución anterior. Es como coger la antorcha. Sin esa continuidad de la tradición, el arte no existe. Voy al Prado en peregrinación a beber de nuevo en las fuentes. Eso es pintar eso es tener un dominio maravilloso del oficio. Entrar en la sala de Velázquez es como entrar en San Pedro de Roma. Te da moral, porque dices: eso existe».
Quien manifiesta esto no es un pintor realista, sino que está ligado como fundador al grupo El Paso, junto a Canogar, Millares, Saura, Rivera y otros, que representan lo mejor del arte abstracto español.
Ciertamente, la base de la cultura radica en la tradición. Escribió nuestro querido Francisco Javier Martín Abril, con su sencillez habitual, que la cultura es lo que queda después de olvidar el pie de la letra, un perfume, un airecillo, que no se exhibe, que mana sin que se note. De una manera menos poética pero más precisa podría definirse la cultura como el conjunto de conocimientos que la humanidad ha ido acumulando a lo largo de los siglos, dando origen a un patrimonio intelectual común a los hombres de todas las épocas.
Es importante definirla así, porque hoy la palabra «cultura» empieza a estar desgastada, o a perder parte de su significado, por el abuso que se realiza de ella, inundándonos con pretendidos productos culturales; la inflación de la cultura conduce a la indiferenciación y a la confusión de los criterios que sirven para ver, juzgar, seleccionar y elegir. No todo lo que se ofrece tiene valor o interés cultural. Y bueno será recalcar, una vez más, que, sobre todo en el mundo del arte, existe hoy mucha cultura-basura, que no transmite valor alguno. Y cultura equivale a contenido.
Además, se está produciendo en estos tiempos una cristalización de la cultura: las ideas se renuevan en muy escasa medida, en las últimas décadas. Faltan intelectuales y faltan artistas. Vamos tan deprisa por la vida que no contemplamos ni reflexionamos, con lo que estamos contribuyendo a poner en peligro los fundamentos éticos, morales, culturales y sociales sobre los que se ha desarrollado el progreso desde tiempos inmemoriales. Las Academias tienen el deber de custodiar esos fundamentos y ponerlos en valor. El estudio del pasado y el pensamiento avanzado son propios de la labor de las Academias a lo largo de su historia. Los académicos reciben un legado, tanto en lo material como en el mundo de las ideas, que tienen que conservar y aumentar en la medida de lo posible. Las Academias son, por lo tanto, conservadoras por un lado, y creadoras de nuevas actividades y tendencias por el otro. Siempre deben ser un factor de renovación cultural. Representan, de algún modo, como dijo Juan Manuel Reol Tejada, Académico de la Real Academia de Farmacia, «la mirada que vislumbra los grandes objetivos y horizontes. Las Reales Academias no son sólo un arca en la que se guardan tesoros de ciencia y cultura para la memoria viva y permanente de los pueblos, sino, también, foco para iluminar la actualidad con tanta capacidad de análisis y discriminación como ausencia de sectarismos y de modas».
En este siglo XXI puede decirse que está naciendo una nueva cultura humana, cuyos símbolos más destacados son el arte y la ciencia. Se trata de una cultura que tiene sus luces y sus sombras. Por un lado, asistimos a un vertiginoso despliegue de la tecnología, que modificará el modo de vivir y de pensar. La informática y la automatización van a proporcionar un giro cultural tan importante, que el mundo en un plazo de 50 años o, incluso, mucho menos, será muy diferente al que ahora conocemos.
En definitiva, el cambio permanente caracteriza a la sociedad electrónica contemporánea, y las Academias tienen que encontrarse en situación de investigarlo para dar respuestas válidas a sus interrogantes, y para mostrarse también en alerta ante cualquier amenaza.
Porque esta nueva cultura tiene también sus sombras. La más importante de ellas es la crisis de valores que se está produciendo en la sociedad contemporánea. La armonía que debía existir entre la ciencia, la moralidad y el arte, está siendo arrollada por la sociedad tecnológica, que parece cuestionar algunos de los valores fundamentales para la vida social. La fidelidad, la lealtad, el respeto, la abnegación, el servicio a los demás, el sentido de la responsabilidad, la solidaridad: en fin, todo un conjunto de valores que dan sentido a nuestra vida, parecen estar en peligro de desvanecimiento o de desaparición, por la presión del utilitarismo, del individualismo, del interés económico y del relativismo moral e intelectual.”
Continuaremos la próxima semana la reseña de la conferencia del académico López de Uribe y Laya, en la que se planteaba también qué pueden hacer las Academias ante este estado de cosas.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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