Por Javier Pardo de Santayana

(Barcas de vela en el Nilo. Acuarela de Francisco Roldán)(*)
Mira que es relativo esto del tiempo. En su capacidad de percepción, el hombre se mueve entre la medida del segundo – es decir, más o menos el ritmo de latido de su propio corazón – y los cien años, que es, aun estirando mucho la suerte, su propia posibilidad de vida. Luego, mirando ya hacia atrás, empieza a comprimirlo. Así, por ejemplo, ve la Edad Media como un simple episodio que oscureció el olvido. Y las edades anteriores son para él como una foto fija; así que, por ejemplo, el imperio egipcio será un faraón, una pirámide, y para de contar. Por el lado opuesto, o sea hacia el futuro, éste se reducirá a un algo inexistente y escasamente interesante.
Pensando sobre las llamativas desproporciones que deforman nuestra percepción del tiempo, caí un día en la cuenta de que con solo veinte veces la vida de mi suegro, que falleció cumplidos los cien años, nos remontaríamos nada menos que hasta el mismísimo comienzo de la era cristiana. Y esto me sorprendió, porque veinte es un múltiplo asequible. En efecto; así como el millón se le escapa totalmente a uno quizá por falta de costumbre de uso en lo económico, el veinte es una cantidad perfectamente manejable; tanto que uno podría recordar el orden o la naturaleza de veinte cosas diferentes a poco tiempo que le dieran para recordarlo. Y sin embargo hay que ver todo lo que ha ocurrido en esas imaginarias veinte vidas algo largas: el nacimiento del cristianismo, la caída de imperio romano, la Edad Media, el Renacimiento, el descubrimiento de América y todo lo que desde entonces sucedió hasta nuestros días: guerras, conflictos, reinados, revoluciones, avances, descubrimientos, inventos, y tantos y tantos cambios como ha experimentado la historia de la Humanidad a lo largo de ese no tan largo periodo de tiempo.
Ahora una breve noticia en un periódico me da pie a volver sobre este tema. El caso es que desde solo seis años antes de mi nacimiento comenzó en Australia un curioso experimento físico: un tal doctor Parnell calentó una pella de brea hasta licuarla y la metió en un embudo para que, transcurridos tres años y levantado un sello, ésta empezase a gotear a la temperatura ambiente. Ya saben ustedes, brea de la utilizada para calafatear los barcos; una substancia aparentemente bien sencilla, pero que tiene la curiosa propiedad de ser cien mil millones de veces más viscosa que el agua.
Desde luego desconozco cual puede ser la utilidad práctica de este montaje aparentemente absurdo que heredó otro científico, el profesor Mainstone, pero sí sé que su creador llegó a recibir el premio Nobel; si bien no el Nobel Nobel, sino un Nobel que cada año se concede a la investigación más absurda entre las absurdas. Y hay un aspecto en el que esto me está interesando vivamente, y es su relación con el tiempo y la difícil virtud de la paciencia. Pues tan lento es el goteo y tan difícil coincidir en su observación con el instante de desprendimiento de la gota, que hizo nacer en su custodio actual una curiosidad malsana por conseguir observar su caída antes de marcharse al otro mundo; algo que de seguro no se demorará teniendo en cuenta que anda ya por los setenta y ocho.
Así que el ejercicio ascético de reflexionar sobre la brevedad de la vida encuentra una expresión bien significativa cuando pensamos en la famosa gota de brea de Brisbane. Por lo menos, para los impacientes como yo es toda una lección de eternidad pensar que en el tiempo que uno ha vivido sólo cayeron ocho gotas, ya que nos da una idea de lo que es el ritmo de una vida humana si lo comparamos con algo tan aparentemente banal como el goteo de un grifo del que solo se desprende una gota cada diez años aproximadamente.
Yo, la verdad, imagino la rabia que dará al investigador el que la gota caiga sin haber podido alcanzar a verla, hecho más que probable ante la reacción normal de impaciencia de un observador que haya permanecido a la espera de esa décima de segundo en que el hecho habrá de producirse. Como imagino la desesperación del profesor Mailstone cuando, como sucedió la última vez, descubra que el complejo mecanismo en el que se confiaba su registro ha sufrido un lamentable fallo técnico y para ver por fin caer la gota tendrá que seguir esperando otros diez años más o menos.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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