Dehesa ganadera. Curiosidades, problemas y soluciones genéticas en el ganado ovino

Por Carlos de Bustamante

(Pastores de Tierra de Campos.1971. Óleo de de José María García Fernández, “Castilviejo”)(*)

Iniciado el cambio de raza en la Dehesa ganadera, que les vengo… informando, he de decirles que sus comienzos, no pudieron tener más y esperanzadores auspicios de éxito. Auspicios digo, porque no se me ocultó, ni tampoco se le ocultará a quien, casualmente, pudiera seguir mis escritos camperos, que los sólo auspicios, en absoluto son para calificarlos -como tal vez hice- de éxito. Principio tienen las cosas. Simplemente. Sentadas las bases, la cuestión era edificar. Proseguir bien lo iniciado.

Devuelto el “305” (el carnero 305 de pura raza churra que, prestado, cumplió a la perfección sus “funciones”), ¿cómo continuar la selección en el cambio de raza nada más que comenzado? Tiempo al tiempo. De momento tenía no menos de medio centenar de corderas “media sangre” (cruce de castellanas y del carnero churro), aunque con preponderancia de los genes del padre, que crecían y se desarrollaban a ojos vistas. Eran los cimientos del gran edificio que por el momento era solamente un buen proyecto. Edificio por construir pero ya sobre roca. Como aún tardarían al menos seis o siete meses para estar éstas en edad de “merecer”, se me antoja aprovecharlo (pese al título) en temas pastoriles de la casi prehistoria ovina. Trataré de recuerdos, posiblemente innecesarios, pero que por serlo del mismo ganado que les vengo dando la tabarra, les haga recordar, si lo leen, que se remontan a la era precristiana:

Abrahán, nuestro padre en la fe, fue, por ejemplo, pastor y dueño de numerosísimos rebaños de ovejas. También sus hijos y los hijos de sus hijos. Jacob, hijo de Isaac y nieto por tanto de Abrahán, también fue pastor de ovejas. Lo mismo que Isaac, su padre. El que sobrevivió gracias a la disposición obediente del patriarca de estar dispuesto, como saben, incluso a sacrificarle. Lo sustituyó sobre el altar precisamente por un carnero enredado por los cuernos en unas zarzas inmediatas.

Padre éste a su vez de los mellizos Esaú y el referido Jacob. Más tarde, Moisés, que también “pastoreaba” un rebaño de su suegro Jetró, pasó de pastor a salvador del pueblo de Israel esclavo de los egipcios.

Y qué decir de David tronco nada menos que de Jesús, Cristo, el Mesías Salvador del mundo. Aunque no se lo aseguro, su padre se llamaba Isaí. Tenía siete hijos. Recuerden cómo todos fueron presentados al profeta Samuel para ungir uno de ellos como rey de Israel. Como ninguno era digno de elección, su padre mandó llamar, al fin, al último y más pequeño que “pastoreaba” los rebaños. David. De su tronco, nació, como queda dicho “El buen Pastor” y “Puerta de las Ovejas”. “El Pastor Supremo”. ¿Cómo no emprender, pues, con entusiasmo y sentido pleno la labor que les vengo relatando? El que asimismo se denominó Yo Soy, dijo a Moisés que contemplaba con asombro la zarza ardiendo sin consumirse en el monte santo Horeb: Yo soy el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob. “Los tres grandes del Antiguo Testamento”. Pastores de ovejas todos y cada uno de ellos. Y ¿cómo, también, si a los propios sacerdotes actuales les llamamos pastores como los “grandes” mentados?

Verdad es que el que sólo es relator no fue propiamente pastor, aunque tras infinidad de veces de entrar o salir del aprisco -con el previo coscorrón como “despertador de hacer allí trabajo de Dios”-, conocía a cada oveja y ellas le conocían tanto o más que al excelente pero asalariado Valeriano.

Aprovecho también el lapsus, para, sin apropiarme como único bien que agrade al Yo Soy, decirles, que, de alguna manera, todos somos o hemos sido pastores de alguien a lo largo de la vida; cada uno en su profesión u oficio. Y si por casualidad, cuasi imposible, no lo hubiésemos sido, habremos tenido forzosamente, familia, compañeros, amigos…, para dejar sentir en ellos nuestros silbidos de “buen pastor”. Siempre podremos (previo despertador con coscorrón o sin él), realizar lo mejor posible un trabajo, que no será sino el mandato divino de “trabajar y custodiar la `tierra´”. Entendido en ella, toda profesión u oficio realizado con Amor al “Que ES”. Es decir, sin necesidad de pastorear rebaños que tal vez no se nos presente la ocasión, sí podemos-debemos- santificar lo ordinario: todos, todos, nuestros quehaceres honrados, honestos.

Aunque al relator se lo pusieran tan fácil “como a Felipe II”, por similar trabajo y tejemaneje de los “grandes”, y que no siempre cumplió como queda dicho, es posible que a alguno le valga el cómo y porqué de no hacer “chapuzas” en lo ordinario de cada día.

Para terminar con la avalancha de citas bíblicas, será bueno recordar lo que agradó – y lo que no- al Yo Soy con los sacrificios vulgares de Caín labrador y lo mejor del ganado ofrecido por Abel. O de quien como el pastor Jacob recibió la bendición de progenitura y no Esaú, cazador, que la perdió, hambriento, por un plato de lentejas…

El hilo que conduce la narración, nos lleva a que todo el ganado ovino adulto de la Dehesa, entró en el período de hembras en “celo”. ¿Abandonar por falta de sementales churros el camino emprendido…? Sabido el camino, nuevamente el aún más viejo Citroën, tomó con los mismos tres: Valeriano pastor, Ismael veterinario y relator, el rumbo a Cordovilla la Real. Nos recibió encantado la misma amabilidad en forma del dueño y pastor del nacionalmente famoso carnero churro nº 305. El que, recientemente presentado en el concurso morfológico de ganado ovino en la feria internacional del campo de Madrid, le había sido otorgado el galardón y premio de campeón de España.

Por razones que no son del caso pormenorizar, lo cierto y venturoso fue, que el 305 campeón, volvió cedido a la Dehesa, para al menos otra “cubrición”. Recibido por machos y hembras sin la competencia primera, realizó las funciones que le son propias a un semental con las hembras adultas seleccionadas y anotadas en el libro de registro. También en aconsejada consanguinidad, con las nuevas hembras semiadultas. Como un calco todas de su padre. Hasta el momento previsto, el campeón recibió un trato y sobrealimentación de príncipe oriental. En un apartado del aprisco, recibía las miradas de cuantas hembras serían pronto su harén. Pudo más la seducción que el encierro. Y se conoce que tras un salto prodigioso de las teleras que le encerraban, amaneció un día entre todas las ovejas del aprisco escogidas o no. Créanme que no es anécdota sino hecho cierto, que a los cinco meses justos de la escapada y antes de dejarle en libertad con sólo las suyas, parieron ¡cincuenta ovejas, cincuenta! Corderos (lechazos) con el sello inconfundible del padre ¡¡Campeón…!!

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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