Los lunes, revista de prensa y red

“Retrato de una izquierda adolescente”, de Fernando García de Cortázar, e “Irlanda: Una ministra valiente, contra la reforma del aborto”, de Aceprensa

( Viñeta de Montoro en Liertad Digital el pasado 29 de Junio)(*)

RETRATO DE UNA IZQUIERDA ADOLESCENTE

Artículo de Fernando García de Cortázar, Director de la Fundación Dos de Mayo, Nación y Libertad, publicado en ABC el pasado 16 de Julio

“Se educó entre hombres para quienes las ideas eran a menudo más reales que los hechos.” En su celebrada biografía de Marx, Isaiah Berlin caracterizaba de este modo el ambiente en que se formaron los revolucionarios socialistas de mediados del siglo XIX. No se trataba sólo de personas con la apreciable voluntad de mejorar el mundo, sino de individuos empeñados en convertir la existencia humana en el campo de pruebas de una utopía. La historia nos ha señalado cuál fue el precio pagado por aquel esfuerzo. Y es justo aceptar que incluso los errores cometidos brotaban de las esperanzas que los ambiciosos afanes de la Ilustración pusieron en los corazones de los hombres y que su intolerancia pudo ser el fruto de una virtud exagerada que les llevó a renunciar muchas veces al realismo y hasta a la compasión.

Pero el carácter de nuestra actual izquierda poco tiene que ver con una rectitud desordenada o con una firmeza abusiva. No estamos ante honrados apóstoles con el gesto marcado por la severidad de una doctrina, sino ante insolentes profesionales que se ganan el sueldo amedrentando a quienes ponen en duda la calidad de su producto. Nuestra izquierda no ha madurado hacia un pacífico pragmatismo, sino que ha envejecido hacia un colérico descreimiento. No ha ganado flexibilidad en la defensa de sus principios, sino intransigencia en la justificación de su conducta. No es leal a unas ideas cuya discusión pueda enriquecer a todos, sino fiel a unas consignas indiscutibles.

Nada ha hecho tanto daño a nuestra normalización democrática como la impunidad con la que la izquierda se ha movido, segura de que sus ideas tenían un valor moral añadido, una mayor envergadura cívica y una inexpugnable solidez teórica. La falta de resistencia cultural a sus dictados es responsable de la ausencia de un necesario debate sobre algunas cuestiones que en cualquier país avanzado nunca podrían plantearse con la mezcla de acritud e ignorancia con que se exponen en el nuestro. Esa inexplicable ventaja que concedemos a la izquierda no ha servido, sin embargo, para que esta preste oídos a las ideas ajenas, sino para que eleve el tono de hartazgo e irritación con el que se digna mencionarlas. Si en anteriores reflexiones me he referido a asuntos de una agenda más habitual, como el derecho a la educación, la defensa del sector público, la tutela de la igualdad de género o la vigencia del carácter de clase de las opciones políticas, hay dos cuestiones que sólo en España parecen haberse constituido en la línea divisoria que separa a los ciudadanos modernos de los cavernícolas que impiden nuestra conversión colectiva en una nación democrática normalizada.

La primera es esa vehemente defensa de una sociedad laica que siempre se afirma sobre el sombrío y estéril terreno del anticlericalismo. A nuestra izquierda le faltan toneladas de sutileza y cultura para distinguir entre ambos conceptos y, en cambio, le sobran océanos de confusión intelectual, prejuicios históricos y vulgaridad argumentativa para aceptar que hablamos de cosas distintas. Resulta patético observar cómo sólo en función de su propia inseguridad y de su deseo de afirmar un perfil ideológico que nadie en su sano juicio plantea en el mundo occidental, la izquierda española trata de presentar los valores del catolicismo como un asunto que se refiere, exclusivamente, a los privilegios de la Iglesia. Una lógica exigencia del respeto a la libertad religiosa y una pasmosa deferencia, cuando no sorprendente fascinación, por confesiones ajenas a la católica, se acompañan de una recelosa actitud ante lo que son además de creencias metafísicas, valores morales, normas de conducta y criterios de organización social de los cristianos españoles.

De ningún modo se trata de que los católicos impongan esos valores a quienes no lo son, sino de que puedan disponer de ellos sin sentirse insultados o ridiculizados, ni acusados de un inicuo sectarismo. Mientras en España basta con que alguna persona declare profesar una fe distinta al catolicismo para que la izquierda exija la custodia de los derechos de una minoría, cualquier opinión emitida por un católico en nombre de sus principios es considerada un vuelo hacia el pasado más fanático y una insufrible agresión a la libertad de todos en nombre de la conciencia de unos pocos. El catolicismo es sistemáticamente arrojado del espacio público, como si una creencia personal compartida por buena parte de los españoles fuera un asunto íntimo, que en nada tuviera que plasmarse en la vida colectiva. Mientras se considera legítimo que se defiendan concepciones sociales antagónicas del catolicismo, se niega que ese mismo derecho pueda ser ejercido por quienes comparten además de una creencia religiosa, un modo de existencia. Creer que los católicos deben mostrarse indiferentes a los criterios con los que se trama el tejido moral de una comunidad es confundir dos ámbitos perfectamente distinguibles en la articulación de nuestra sociedad: la defensa pública de unos valores y la imposición del privilegio de una institución.

La segunda cuestión quizás se refiera a esa nostalgia de lo absoluto en la que, según George Steiner, desembocó la secularización de las sociedades europeas hace dos siglos. Porque no es casual que el anticlericalismo infantil que quiere presentarse como laicidad se haya acompañado de una actitud reverencial ante la mística silvestre del nacionalismo mientras se frivoliza con los derechos más esenciales de los ciudadanos. En este caso, el derecho a ser español, garantizado por la Constitución de 1978 y corroborado en las diez elecciones a Cortes realizadas desde su aprobación por no hablar de algo que quizás a otros les parecerá secundario, pero no a mí: la tradición verificable de quinientos años de Estado común y los doscientos de nación constitucional que llevamos en eso que en todos los países civilizados suele llamarse historia.

Si sufrimos hoy la impugnación más grave que ha soportado España, no es atribuible sólo a la tarea minuciosa y tramposa de los nacionalistas, probada en esa doblez que les permite afirmar identidades irrevocables y firmar acuerdos olvidadizos. Debemos ponerlo también en el saldo de esa izquierda que ha traicionado a sus propios fundadores para entregar esta nación, que un día dijo querer defender, a quienes ansían destruirla. Curiosamente, no en nombre de la lucha de clases o en busca del paraíso proletario, sino empujada por su patológico despiste al servicio de los egoístas horizontes de una oligarquía regional.

No debería sorprendernos este cambio de actitud, que separa a nuestra izquierda actual de quienes empezaron a construirla en España, armados por ideas que podemos considerar equivocadas, pero no carentes de dignidad. A esta izquierda inmadura, a esta izquierda adolescente, se le pueden aplicar las palabras con las que el propio Marx se refería a quienes repiten la historia, primero como tragedia, luego como farsa: no son más que parodia de aquellos principios, no son más que anacronismo frente al progreso, no son más que un espectro que quiere hacerse pasar por espíritu.

IRLANDA: UNA MINISTRA VALIENTE, CONTRA LA REFORMA DEL ABORTO

Artículo de Aceprensa publicado en aceprensa.com el pasado 12 de Julio

La Cámara baja (Dáil) del Parlamento irlandés ha aprobado la ley que admite la amenaza de suicidio como motivo para abortar (cfr. Aceprensa, 9-05-2013). Ante la creciente oposición de muchos diputados a la reforma, el gobierno decidió imponerles la disciplina de partido. Pero la secretaria de Estado para Asuntos Europeos, Lucinda Creighton (en la foto), se la ha saltado para votar en contra, por lo que ha sido expulsada del grupo parlamentario y ha renunciado a su cargo en el gobierno. Pero el discurso que pronunció en el Dáil el 1 de julio, pocos días antes de la votación, no ha pasado inadvertido.

“Cada vez tengo más claro que, en la práctica, el aborto funciona muchas veces como una herramienta para oprimir a las mujeres”

Tras dos sesiones parlamentarias que se prolongaron hasta la madrugada, el gobierno de coalición formado por conservadores y laboristas ha logrado sacar adelante su controvertida ley del aborto (ver recuadro) por 127 votos a favor y 31 en contra. La amplia diferencia de votos no refleja la división de opiniones de los diputados, obligados a votar según el diktat del primer ministro, Enda Kenny.

Michelle Mulherin, por ejemplo, es una de las diputadas que criticó la ley por la desprotección en que dejaba al no nacido, pero que terminó apoyándola. “Estoy decepcionada por la escasa consideración [del gobierno] hacia mis legítimas preocupaciones y las de otros muchos colegas (…). Ahora me enfrento con la disyuntiva de apoyar la ley o ser expulsada del partido, mi partido. Y no puedo permitir que me echen. Así que apoyo la reforma”.

Para romper la disciplina de partido, había que estar dispuesto a jugarse el puesto. Es lo que ha hecho Lucinda Creighton, ministra para Asuntos Europeos. El voto en contra le ha valido la expulsión automática de su grupo parlamentario. Después ella ha presentado la dimisión como ministra. Ahora se queda como un miembro más del Fine Gael, el partido al que llegó con 18 años.

“Últimamente en Irlanda se asume automáticamente que si uno consulta a su conciencia, está esencialmente consultando con Roma”

Cambio de postura

“Nunca he sido una activista provida”, aclara Creighton. “Ni siquiera entré en política porque me interesara la cuestión del aborto. De hecho, ya he explicado en otras ocasiones que mi postura en este debate era muy diferente cuando era estudiante”. Por eso ahora se sorprende de que, dos años después de haber llegado al Parlamento, se encuentre denunciando la ley promovida por su gobierno para liberalizar el aborto.

Pero sus ideas han ido cambiando en los últimos años, fruto de su reflexión personal y del contacto con amigas y familias afectadas por el aborto. Ahora no está dispuesta a tragarse los tópicos que rodean a este debate, dominado por lo que califica de “groupthink”: “Si cuestionas que el aborto es una solución progresista, un asunto crucial para los derechos de las mujeres, un elemento central de la agenda progresista… se te considera atrasado e intolerante”.

A Creighton no le impresiona esta forma de pensar. Ella cambió cuando empezó a considerar la perspectiva de la otra vida implicada en el debate: “Creo que la mayoría de nosotros somos conscientes de que un bebé no nacido es justamente eso: un bebé. Y si nace de forma prematura (…) pondremos todos los recursos de la ciencia a su servicio para salvarlo”.

“Conozco un buen número de mujeres que han abortado y que después lo han lamentado profundamente. Pero no conozco a ninguna mujer que haya tenido un bebé y se haya arrepentido”

A favor de las mujeres

Para Creighton, el argumento de que el aborto libera a la mujer ha perdido consistencia. “Yo también estoy a favor de los derechos de la mujeres. Pero con eso quiero decir de todas las mujeres. No solo las adultas, ni las adolescentes, ni las niñas: también de las que son un bebé. (…) Cada vez tengo más claro que, en la práctica, el aborto funciona muchas veces como una herramienta para oprimir a las mujeres”.

La ministra recuerda cómo el aborto, unido a la preferencia por el hijo varón en China, la India, Corea e incluso en algunos países de Europa y EE.UU., ha conducido a la eliminación de millones de niñas. “Sería muy extraño que nosotros, como legisladores y espero que como seres pensantes, no nos preguntáramos cuál es la diferencia neta entre el diagnóstico prenatal seguido de un aborto en función del sexo y el homicidio intencionado de una niña tras el parto”.

El recurso al aborto como instrumento para segar la vida de las niñas está tan extendido en China que, de seguir así, hacia 2020 faltarán entre 30 y 40 millones de niñas. Ante este dato, Creighton apunta: “30 o 40 millones de mujeres menos en el mundo difícilmente se puede contar entre los logros del feminismo o del progresismo”.

Pero las niñas no son las únicas que han sufrido los efectos del aborto selectivo. También es cada vez más corriente eliminar por el aborto a cualquier bebé que padezca alguna anomalía.

Una declaración firmada por 113 psiquiatras irlandeses sostiene que la cláusula sobre la amenaza de suicidio prevista por la reforma es ineficaz. Esto nos devuelve a la cuestión de si el aborto es una solución avanzada. En una sociedad progresista, dice Creighton, celebramos la vida también en sus manifestaciones imperfectas. Prueba de ello es que ahora Irlanda conmemora con orgullo el décimo aniversario de la llegada de las Paraolimpiadas a Dublín.

Consultar a la conciencia

Lucinda Creighton pertenece al Fine Gael, partido que siempre había defendido sin ambages el derecho a la vida. De hecho, en 2011 el partido hizo un compromiso electoral de que no legislaría a favor del aborto. Pero el primer ministro Enda Kenny, que también pertenece a ese partido, ha cambiado las reglas del juego. Además de lanzarse a apoyar una causa que no figuraba en el programa electoral, ha exigido a sus diputados que se sometan a la disciplina de partido. Curiosamente, es a Creighton a quien se ha acusado en estos días de traicionar sus ideas políticas.

“Algunos me han exigido que aparque mis convicciones morales y mi conciencia para que me sume a apoyar el aborto. La verdad es que a mí esto me resulta muy extraño. Últimamente en Irlanda se ha popularizado la idea de que cualquiera que invoca la moral es porque pertenece a la Iglesia católica. Se asume automáticamente que si uno consulta a su conciencia, está esencialmente consultando con Roma. (…) Pero este debate no tiene que ver con la religión, sino con los derechos humanos”.

“Me pregunto a quién debería consultar en un asunto que afecta a los derechos humanos si no es a mi conciencia”, afirma Creighton (…) “¿A la última encuesta de opinión? ¿A la jerarquía del partido? ¿Al director del periódico más influyente?”.

Creighton sabe cuál es el precio a pagar por desobedecer al primer ministro. De hecho, no se sorprende de que muchos representantes políticos eviten a toda costa los debates controvertidos: siempre es más fácil hacerse el sordo que dar la cara por las propias ideas, arriesgándose a la impopularidad. Pero si la conciencia (y el derecho a la objeción de conciencia) se retiran de este debate, perderá todo el país.

Una ley que desprotege al no nacido

Creighton no critica todos los aspectos de la reforma. Valora, por ejemplo, que se refuercen las intervenciones médicas necesarias para salvar la vida de una mujer embarazada cuando la vida de ella corre peligro, aunque puedan causar, indirectamente, la muerte del no nacido. La vida de la madre merece igual protección que la del no nacido. Este es un principio genuinamente provida.

A lo que sí se opone es a que la ley admita la amenaza de suicidio como motivo para abortar. El gobierno ha ignorado “que la opinión mayoritaria entre la profesión médica es que el aborto nunca podrá ofrecer una solución a la intención suicida”. En este sentido, apela a una reciente declaración firmada por 113 psiquiatras irlandeses en la que sostienen de forma unánime que la cláusula sobre la amenaza de suicidio prevista por la reforma es sencillamente ineficaz.

Creighton critica también que la nueva ley no establezca un límite temporal para poder practicar el aborto. Aquí el gobierno es ambiguo. Algunos ministros han defendido recientemente que no se puede abortar a partir del momento en que el feto es viable. Pero la ley no recoge expresamente ese límite. “Estoy absolutamente perpleja al comprobar que esta reforma renuncia a la protección legal del no nacido”.

Y concluye: “Conozco un buen número de mujeres que han abortado y que después lo han lamentado profundamente. Pero no conozco a ninguna mujer que haya tenido un bebé y se haya arrepentido. No importan las circunstancias, el estrés inicial, el miedo o la ansiedad, el estigma o la inquietud, debemos apoyar a las mujeres en esos momentos de necesidad. Este es, lisa y llanamente, nuestro deber moral y constitucional”.

Cómo queda el aborto en Irlanda

El aborto es legal cuando existe un «riesgo sustancial y real» para la vida de la madre, certificado por dos médicos.

También será legal cuando exista una amenaza de suicidio por parte de la mujer embarazada. En este caso, un comité formado por tres médicos (un obstetra o un ginecólogo y dos psiquiatras) evaluará el estado de salud físico y mental de la embarazada.

La ley no establece un límite temporal para poder practicar el aborto, por lo que podrá realizarse en cualquier momento del embarazo.

Los hospitales no pueden negarse a practicar abortos alegando la objeción de conciencia, pero sí pueden hacerlo los médicos, enfermeras o comadronas.

Penas de cárcel de hasta 14 años por practicar abortos ilegales.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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