Tomando el pelo a la «ciudadanía»

Por Javier Pardo de Santayana

( Street people. Acuarela de Alesandro Andreuccetti en aandreuccetti. altervista.org.) (*)

Éste sería un buen tema para Antonio Burgos.

Todos sabíamos lo que era un taller. Lo relacionábamos con el trabajo manual y dejaba honrosas huellas. Hubo un tiempo en España en el que te miraban las manos, y si no las tenía marcadas – porque en ellas no hace mella visible el trabajo intelectual – se te llevaban y te daban matarile. Claro que ahora hay gente que pone aquellos tiempos como modelo de convivencia democrática…

Hasta no hace mucho, un taller era una carpintería, una tapicería, o algo por el estilo. Mi diccionario, que viene de los tiempos de mi juventud y presenta el prestigioso marchamo de Sopena, dice que un taller es «una oficina en que se trabaja una obra manual» o «una escuela o seminario de ciencias». En portugués – ya saben ustedes que me crié en Lisboa – un taller es un cubierto (escrito «talher»; lo digo porque los españoles aún no conocemos este rasgo de la ortografía lusa y que «Coelho» – o sea, conejo – se pronuncia «coello» y no «coelo»). En cambio, lo que nosotros llamamos «taller» es llamado allí «oficina», y nuestra oficina, «escritório». O sea que cuando los portugueses dicen «voy a la oficina» es que llevan el coche a reparar. En fin, un lío.

Aquí en España, «ir al taller» es, la mayor parte de las veces, ir a eso: a que le arreglen a uno el «automóvil», término por cierto en vías de extinción. Al menos eso entendíamos hasta que se puso de moda llamar «taller» a cualquier cosa. Por ejemplo, a lo que se hace con los niños para que estén entretenidos; y no creo que éstos se dediquen a desarrollar seminarios científicos o cosa parecida. Ellos se centran sobre todo en embadurnar las paredes con las manos y poner perdido el baby.

Pues eso es ahora un taller, como lo es también un sitio donde la gente aprende a desarrollar actividades tan extrañas como escribir novelas o poesías; es decir, algo que no puede enseñarse a no ser que alguien se dé maña para encapsular la inspiración para vendería luego en una tienda de efectos literarios. En fin, que hoy los talleres sirven para cualquier cosa imaginable.

Un curioso detalle significativo en el que quizá usted aún no ha caído: ahora los talleres «se hacen». Sí, se hacen. Antes, o sea toda la vida, los que los «hacían» eran del ramo de la construcción y manejaban ladrillos mayormente. Pues ahora no. Ahora, el niño de las manos manchadas de pintura está «haciendo» – nada menos – un taller.

Bueno, pues con unas y otras cosas estamos ya de «talleres» hasta el gorro. Yo creo que se han puesto de moda precisamente porque lo de «talleres» suena raro. Con esto ocurre, quizá, como con los timitos que intercalan en los anuncios los publicistas: que la gente se queda con ellos precisamente porque desentonan, y, al desentonar, llaman la atención. O sea, que tienen mucho de manierismo y – cómo no – de «marketing», con lo cual han conseguido que, cada vez que en un «evento» se recurre a un «creativo» y a éste no se le ocurre nada, propone un tallercito y, a continuación, pasa por caja.

Viene esto al caso porque, según dicen, alguien propone la asistencia a un «taller de masturbación». Si; como lo oyen, o mejor, como lo leen: «taller de masturbación». Con un lema que – esto debe ser reconocido – no puede ser más apropiado: «El placer está en tus manos». ¡Ole con el título!

Por si no lo saben, se lo digo: esta marranada ha sido propiciada por la «consejería de la juventud» de una determinada autonomía española que la presenta como un acontecimiento intelectual o científico. ¡Pues vaya con los consejitos de la consejería! También figura como perpetrador de esta burrada un «Instituto de la Mujer», sin duda por aquello que tan bien queda de la igualdad de sexos.

Verdaderamente hay cosas que se ven y no se acaban de creer. ¿Se habrá perdido el sentido del ridículo? Fíjense ustedes: cuando lo oí se discutía el tema en la televisión, y no crean que todos se echaron la mano a la cabeza. Para la «progre» de turno – una señora talludita – la cosa parecía lo más normal del mundo; y lo mismo opinaba de que en las casas del pueblo financiadas por los tan subvencionados partidos políticos se atrajese a la gente programando sesiones de «tuppersex», que, por lo visto, son sesiones de venta domiciliaria entre señoras de los llamados «juguetes sexuales». Una de sus justificaciones consistió en señalar con cierto aire intelectual que los organizadores incluían la presencia de un experto en sexo, que por cierto no sé de donde sacarán. No puntualizó, en cambio, si pedirían voluntarios para las indispensables demostraciones prácticas de materias de tanto interés científico como las que se supone formarán parte del currículo.

La cosa estaba entre la carcajada y el ridículo cuando a otro de los tertulianos – un conocido escritor – le debió parecer necesario poner las cosas en su sitio, y comentó que lo de los juguetes sexuales y toda la casquería propuesta le sonaba simplemente «a puterío», pidiendo como es natural perdón por la expresión, tal como lo hago yo ahora por reproducirla en este blog.

Pues bien, no saben como se puso la señora… «¿Cómo puede usted confundir sexo con puterío?» exclamó más o menos la susodicha como si el interpelador estuviera mentando a su madre, se hubiese metido con el «orgullo gay» o hubiera criticado la ley del matrimonio homosexual. Y yo pensé que, si usted se fija bien, los «sex shops» están, efectivamente, bastante cerca de lo que decía aquel señor.

Luego me dije: en realidad no sé para qué tanto ruido si la cosa no merece explicación por evidente… Lo que sí me extraña es que monten un taller para una cosa tan sencilla como la que anuncia ese programa de la consejería. La prueba es que, según de éste se deduce, toda la ciencia del asunto se despacha en dos horas; tiempo que, entre el saludo de bienvenida a los participantes, la presentación del tema y la despedida de los manipuladores, debe pasarse en un suspiro orgásmico.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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