Apócrifo. 17. Como un rayo de sol

Por Carlos de Bustamante

( Natividad. 1520. Tabla de Hans Baldung Grien en la Alte Pinakothek de Munich. Pintura.aut.org. 105,5 x 70,4) (*)

Sin una sola queja, sin lamento alguno por parte de Myriam, Joshua (Jesús) vino al mundo. “Como un rayo de sol pasa a través de un cristal sin romperlo ni mancharlo”. Permaneció Virgen. Perpetuamente.

No es que viera nada del parto, porque como por chico que soy, comprendí que allí no pintaba nada. Salí, pues, fuera de la cueva-establo y permanecí expectante. Pero a la intemperie hacía un frío de los demonios. Sólo escuchaba. Silencio que se cortaba.

Al oír el llanto de un niño, entré, timorato. Envuelto en los pañales blancos como la nieve del monte, José tenía en sus brazos al Recién Nacido. Con mucho Amor, se lo entregó a su Madre.

No sé los años que Yahveh, Dios, YO SOY, concederá de vida a este Tarsicio, esclavito etíope y libre en casa de Myriam y José, pero les aseguro que nada en el mundo puede haber tan bello en lo que me reste, como lo que estos mis ojos vieron en la gruta de Belén de Judá: Joshua, Niño, en los brazos fuertes del que bien sabía yo que haría de Padre.

Y Joshua Niño, en el regazo amoroso de la Madre más bella de la tierra. La que, porque pudo, Yahveh hizo así para que durante el embarazo tuviera una morada tan digna como le correspondía. Un lujazo absolutamente merecido.

Le oí llorar, como a todos los niños; le vi recibir-mamar el alimento de su Madre, como todos los niños; y le vi sonreír al recibir tanto Amor; como a todos los niños que dejan nacer. Sonrisa a los ahora presentes allí. Y a los que no tardarían en llegar al lugar. Y a los que le adorarían a lo largo de los siglos.

Mientras succionaba con avidez el alimento virginal, José-no sin un gesto de tristeza disimulada por la inmensa alegría interna-, acondicionaba el pesebre donde habían comido el buey y la borriquilla Pequeña. Paja limpia, que al depositarla José en el pesebre, el cariño convirtió en oro puro. También colocó en la pobre cuna improvisada las ropitas que sacó del fardo cogido precipitadamente de la casa en Nazaret. Recordó la que él hizo y que le esperaba en su habitación, preparada con el mayor esmero. Todo, todo, con tal Amor, que ahora era Myriam la que sonreía. ¡Qué bueno era José! ¡Y qué hermosa es Myriam!

Ignoro cuándo Virutas se escondió entre el oro fino, paja del pesebre sobre el que reposaría Joshua. Pero estaba allí. Que yo lo vi. Aunque Tarsicio y Virutas eran amigos íntimos desde hacía tiempo, no me pareció oportuna tal compañía en el pesebre-cuna. Lo tomé con cuidado del rabillo largo, largo y, delicadamente, lo deposité en el suelo. Virutas indignado:

-¡Oye tú, pelele…! ¡¡¿Pero quién te has creído que eres para quitarme del lado de Joshua, dijo realmente enfadado. ¿Es que acaso -añadió- no tengo yo derecho a darle calor más y mejor que el grandullón ése del buey y de Pequeña…? Sin más, trepó ágil al pesebre y se echó juntito a Joshua. Al recibir el calorcillo tan escaso como era el Cuerpo del ratoncillo Virutas, Jesús, Yahveh, Dios Niño, sonrió…

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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