Rincones con fantasma. 28. La Plaza de la Universidad

Por José María Arévalo

( Foto antigua de la fachada de la Universidad, que Urueña toma de “Valladolid,vivencias y fotografías”, pág. 60) (*)

Ahora que acaba de ponerse en marcha el plan de restauración de la fachada histórica de la Facultad de Derecho, que aparece protegida por una valla a consecuencia de los cascotes desprendidos de la misma el pasado mes de mayo, viene muy oportunamente a esta serie la información que sobre esta fachada y sobre la Universidad en general –de la que ya incluimos una parte, al tratar del Palacio de Santa Cruz en el artículo anterior- nos ofrece el capítulo “Zona de la Catedral”, del libro de Juan Carlos Urueña “Rincones con fantasma. Un paseo por el Valladolid desaparecido”, que estamos reseñando.

( Los leones de la Universidad) (*)

“La fachada de la Universidad –nos dice Urueña, citándo el “Catálogo monumental de la provincia de Valladolid” de Martín González- data de 1715. Es de estilo barroco y está decorada con esculturas de los hermanos Narciso y Diego Tomé. Tienen una tradición los leones de piedra que marcaban su jurisdicción, y es que los estudiantes “evitan contarlos”, pues dicen que si los cuentan suspenden lo que estén estudiando. Como testimonio de la antigüedad de la zona han quedado varias crónicas y, precisamente de cuando se levantó la fachada, describió Ventura Pérez las obras que se hicieron: «…Para sacar cascajo, arena y lo demás que fuese necesario, abrieron unos hoyos grandes en la plazuela de Santa María, en donde se encontraron muchos sepulcros antiguos de romanos, hechos unos cajones con cuatro piedras y dos testeros…»

“En la capilla del edificio demolido -prosigue Urueña-, se cuenta que existió un sillón frailero que estaba sujeto a la pared con unas argollas de hierro, y en posición invertida para que no se sentase nadie. Era conocido como “el sillón del diablo”, y se decía que perteneció a un médico de la calle Esgueva que fue ajusticiado por orden del tribunal universitario, a causa de un crimen cometido en unas prácticas satánicas. Durante los interrogatorios, el asesino contó que el sillón se lo dio un brujo navarro y que si se sentaba un médico en él, le concedía ciertos dones, pero que si la persona que lo utilizara no era médico, moriría a la tercera vez que lo hiciese. También dijo que quien lo destruyese también moriría.

( Sillón del Diablo, expuesto en el Museo de Valladolid, Palacio de Fabio Nelli (*)

El caso es que dos bedeles usaron el sillón, pues éste fue requisado por la Universidad, y ambos murieron al tercer día de sentarse en él. Fue entonces cuando se decidió llevarlo a lugar sagrado y colocarlo en esa posición tan insólita. Este sillón se conserva hoy día en el Museo de Valladolid. Hay noticia de otra curiosa muerte relacionada con la Universidad, publicada en el Diario Pinciano en mayo de 1787. Dice:

«…murió el mismo día 14 Don Joseph de Ilisatigui, Br. (bachiller) y profesor de esta Universidad a los 23 años de edad, atribuyéndose su temprana muerte al excesivo estudio, que hizo para obtener a Claustro pleno el Grado de Br. En Leyes, que logró némine discrepante.»”

Y concluye Urueña este apartado con una exclamación: “¡Excesos de la Aplicación!…”. Verdaderamente. Para completar con datos históricos tan simpáticos comentarios, no nos parece excesivo incluir lo que sobre la historia de la Universidad vallisoletana nos cuenta Vallisoletvm, primero una visión de conjunto, después en un curioso texto de nuestro compañero Joaquín Martín de Uña, en que se pregunta por qué se derruyó el edificio antiguo, y finalmente otro a cerca del reloj de la Universidad. Así cerramos estos dos capítulos dedicados a nuestra Universidad.

“Edificio de la Universidad (Facultad de Derecho)” titula Vallisoletvm un artículo de Noviembre de 2009, con muy buena información: “El primer edificio de la Universidad del que tenemos noticias de su entidad arquitectónica es el construido a finales del siglo XV, tras el traslado de la institución desde la Colegiata hasta su nuevo emplazamiento. Constaba de un claustro de cuatro lados, al que se abrían las aulas, y una capilla tardogótica de cierta magnitud. Al claustro se entraba por una portada, también tardogótica, que se abría a la calle Librería.

( Antigua puerta de entrada de la calle Librerías) (*)

A principios del siglo XVIII, este edificio resultaba insuficiente, por lo que se amplió con otro claustro cuadrangular, con cuatro galerías, al que se abrían varias aulas construidas en el mismo momento. Cerrando el conjunto a la plaza de Santa María (hoy plaza de la Universidad), se realizó una interesante fachada barroca proyectada por el carmelita Fray Pedro de la Visitación y que se construyó en 1715.

En ella se encuentran distintos grupos escultóricos de calidad y que representan alegorías de las materias que se impartían en el edificio. Es de destacar el cuerpo central, organizado por cuatro columnas gigantes y rematado por una gran peineta. En la balaustrada se disponen cuatro esculturas que representan a los reyes que favorecieron a la Universidad vallisoletana.

Este conjunto, formado por estos dos claustros, el del siglo XV y el del XVIII, sus aulas respectivas y otras edificaciones anexas, como la capilla o la torre del reloj -construida en el siglo XIX-, subsistió hasta 1909.

( La Universidad en el año 1880) (*)

En 1909, y con gran polémica, se decidió derribar el antiguo edificio (incluyendo la portada del siglo XV que se abría a la calle librería), para construir un nuevo edificio siguiendo líneas eclécticas y proyectado por el arquitecto Teodosio Torres. De este derribo sólo se salvó la fachada barroca de Fray Pedro de la Visitación y parece ser que la idea inicial contemplaba también su destrucción. El proyecto de Torres planteaba un edificio universitario con dos claustros, como el preexistente. Su organización se efectuaba mediante una caja de escalera situada entre ambos claustros y una gran vestíbulo que se abría a la la calle Librería. La fachada del edificio universitario a esta calle se basaba en una reinterpretación de la fachada barroca de Fray Pedro, pero utilizando elementos decorativos provenientes del plateresco, barroco, neoclasicismo y grandes huecos propios de la mentalidad higienística de la época. A un lado de la fachada se encontraba la torre del observatorio y a otro, la nueva torre del reloj que solucionaba la esquina entre la plaza de la universidad y la calle librería.

El proyecto poseía algunos problemas no solucionados: se construía una grandiosa fachada representativa a una calle estrecha como era la de la librería, por lo que estaba ahogada, y la fachada barroca se encontraba incorporada al edificio de manera muy torpe. En 1939, este edificio sufre un incendio. Para paliar el problema de la integración de la fachada barroca en el edificio de Torres, Constantino Candeira proyectó en 1939 una gran escalera y vestíbulo, siguiendo líneas historicistas, a los que se accede mediante la fachada barroca. Esta escalera es una muestra de la arquitectura triunfalista e historicista propia de la Posguerra española. En 1968 se realizan las últimas obras que conforman el actual edifico, derribando el segundo claustro y construyendo en el solar del mismo, un edificio de cinco plantas para alojar al alumnado, cuyo número había crecido considerablemente en los años 60, colapsando el edificio de Torres, pensado para un alumnado mucho menos numeroso. En esta misma reforma, se derribó la torre del observatorio de Torres y el grandioso paraninfo de 1909. También la fachada de la calle Librería fue entonces remodelada, perdiendo el ropaje historicista de Torres. El nuevo paraninfo se construyó flanqueando la fachada de Fray Pedro de la Visitación por uno de sus lados”.

Incluimos ahora el anunciado artículo de Joaquín Martín de Uña, “La antigua Universidad”, publicado por Vallisoletvmen en Diciembre de 2009. “Los oscuros orígenes de la universidad Vallisoletana, siempre me hicieron creer que la desaparición de las instalaciones de la primitiva edificación debía remontarse, al menos, a los siglos XVII o XVIII, así como el que no existiera referencia alguna sobre cómo era esta universidad surgida, al parecer de los antiguos Estudios Generales de Valladolid o Palencia. Por todo ello me causó auténtica sorpresa, y satisfacción, encontrar en una colaboración periodística, en la que Félix Beltrán Calvo se refería a esta primera Universidad.

( Torre de la Universidad con el reloj, a principios del siglo XX) (*)

La primera de las sorpresas la constituyó el saber que el citado colaborador (el artículo se publicó en el año 1937), había llegado a conocer la primitiva edificación gótica y que según el citado periodista, la robustez de las construcciones existentes daban un rotundo mentís al pretexto de ruina invocado para su demolición al tratarse de una construcción de planta baja con claustros de fuertes pilares de sillería, que únicamente tenía en mal estado las cubiertas, fruto de la incuria oficial que tradicionalmente había abandonado su mantenimiento y por ello gota a gota orada la piedra.

De los dos claustros de que disponía la referida construcción, sobresalía en belleza el segundo, de líneas góticas correspondientes al siglo XV. De aspecto catedralicio. Entre las hendiduras de las grandes losas del patio crecía la hierba y le habitaba el árbol de hoja perenne, Alma Mater de la Sabiduría. Allí la capilla dedicaba a San Nicolás de Bari, con sus escaños de coro canónigos, marco incomparable de celebraciones académicas, en cuyas paredes y en letras de oro, se hallaban escritos los nombres de gloriosos maestros. Entre ellos el de Fray Luis de León y el de Don Luis Mercado. La Cátedra de Canones, con balconada de nogal y artesonado de lienzo, con heráldica real parecida a la de Coimbra y a la de los Reyes Católicos, de Sevilla, ésta de menor sabor que tenía la nuestra, y retablito de papas y monarcas.

Cátedras austeras, reducidas, proporcionadas a más exigua población escolar, que no se consiguió al hacerlas nuevas y que no recibían otra luz que la cenital por unas claraboyas abiertas en los tejados, y que en caso de nevada determinaba la suspensión de las clases, por no contar con instalación alguna de luz artificial.

El Salón de Actos estaba dotado de arañas de cristal de roca (sin duda provistas de un buen número de velas de cera) así como de Paredes tapizadas en damasco rojo, recuadrado por cañitas doradas, con retratos de toda la dinastía Borbón.

Según afirmación de Gratiniano Nieto en la obra Guía Artística de Valladolid, el derribo se realizó por causas ajenas al sentir del Claustro, pero sin que dé referencia a cuales fueron estas y porqué se produjo el derribo si existía una oposición de la propia Universidad. La historia de nuestra Universidad después del derribo de su primera edificación, y una vez que su solar se poblara de aulas más amplias y luminosas que las desaparecidas, pero carentes de cualquier otro atractivo, está marcada por una continua expansión obligada por el sucesivo aumento de Facultades Universitarias, que condujeron a la desaparición de las edificaciones que flaquearon su fachada churrigueresca, así como un jardín existente al fondo de la misma con salida a la calle de Tercias, subsistente en nuestros días. También se vio afectado el edificio por un incendio ocurrido el día 19 de junio de 1939, que entre otros daños, fundió la maquinaria del reloj situado en una torreta construida al lado izquierdo de la fachada, en cuya base hubo un pequeño jardín cercado por una reja de forja.

Del inutilizado reloj resta memoria en la campana instalada en el tejado de la referida torreta en el interior de un armazón de hierro artísticamente forjado y rematado por una veleta que puede apreciar cualquier paseante de la Plaza de la Universidad (antes Plazuela de Santa María o del Mercado Viejo)”.

( Maquinaria del primer reloj fabricado en 1579) (*)

Y precisamente sobre este reloj nos ilustra Vallisoletvm en el artículo de Nicolás García Tapia, en Noviembre de 2011 “El reloj de la Universidad de Valladolid”. “Hubo un reloj anterior encargado por la Universidad de Valladolid a Juan de Pedregal en 1579. Las autoridades académicas vallisoletanas pusieron como condición que diera las medias horas con sones semejantes a los del reloj de la Universidad de Salamanca, apareciendo tres carnerillos igual que el reloj de Medina del Campo y con una calidad semejante a la del reloj que se había fabricado para el Colegio de los Jesuitas de Valladolid. El reloj de la universidad salmantina había sido construido en 1503 por fray Francisco de Salamanca, causando admiración sus toques de horas y del de la Colegiata de San Antolín de Medina del Campo aún se conservan sus autómatas, lo que justificaba estas referencias.

El reloj de la Universidad de Valladolid siguió funcionando con ciertas mejoras y, al menos desde 1768, se habían incorporado al mismo una serie de leones articulados de madera que movían sus cabezas, además de varias campanillas y estrellas metálicas, quizás sustituyendo a los carnerillos del siglo XVI.

( Maquinaria del actual reloj instalada en 1859) (*)

A parte de las cercanas referencias citadas, el antiguo reloj vallisoletano respondía a un modelo común en el siglo XVI, que destacaba en iglesias y ayuntamientos. Su precisión no era muy alta –el ejemplo más perfecto era el reloj astronómico de Juanelo Turriano, que apreciaba como máximo 5 minutos- pero los toques de las horas y las medias eran suficientes para regular la vida de esa época. Más llamativos eran los autómatas que acompañaban al sonido de las horas en algunos relojes. Pero la mejora de la relojería a partir del siglo XVIII, dejaría atrás los viejos mecanismos, que se fueron sustituyendo por otros más precisos, aunque conservando en algunos casos los autómatas y las campanas. Algo así ocurrió con el reloj de la Universidad de Valladolid.

Según ha publicado María José Redondo, el reloj de la Universidad había dejado de utilizarse antes de 1841, año en el que se derrumbó la torre de la Catedral de Valladolid, próxima a la Universidad, en la cual había un reloj cuyas campanas servían de aviso para la concesión de grados académicos y en diversos actos solemnes universitarios. Para cumplir este servicio, se decidió reparar el antiguo reloj de la Universidad y acondicionar sus campanas en una torre que se edificó en un lugar próximo al Corral de las Doncellas. Desde la cubierta de la capilla se accedía a la caja del reloj y las pesas de éste colgaban por debajo.

A principios de 1857 las autoridades de la Universidad de Valladolid decidieron comprar “un buen reloj”, porque el antiguo ya no funcionaba bien. El torreón en que se había levantado estaba ocupado por el observatorio astronómico, instalado poco antes, por lo que se encargó una nueva torre de reloj al arquitecto Antonio Iturralde. En los inicios de 1858 se decidió emplazar la nueva torre en el centro de lo que era entonces el edificio de la Universidad. El reloj tenía dos esferas, en dos caras de la misma, lo que permitiría ver la hora desde los dos patios de la Universidad.

A lo largo de 1858 se construyó la torre y al inicio de las obras se contrató la compra de un nuevo reloj a Ignacio Neugart, relojero de Valladolid. A juzgar por el tipo de maquinaria, y la marca “Moret” que figura en una de las piezas, Neugart importó el mecanismo de la zona franco-suiza, según el profesor Ramiro Merino de la Fuente, experto en este tipo de maquinaria. El reloj costó 10.500 reales, aparte de las pesas y el martillo fabricados por el taller de construcción de máquinas de la Trinidad San Nicolás de Valladolid, cuyo precio se fijó en 406 reales. El martillo para golpear la campana de horas era de hierro dulce y pesaba 23 kg, y la maquinaria marchaba con tres pesas de 11 kg, 6kg y 4 kg, respectivamente. Además se aprovechó para comprar un reloj de pared para la sala de profesores que costó 170 reales.

En octubre de 1859 se instalaron una serie de piezas complementarias por los talleres de Agapito Zarraoa y Cía., para conectar el movimiento del reloj al de las campanas de horas y cuartos, que se iban a montar en un templete de hierro situado en el remate de la torre, al objeto de hacer más audibles los toques. Esta operación costó 14.000 reales, de los que 10.519 se destinaban al material del templete y los mecanismos anexos y el resto fue para la dirección de esta obra por el arquitecto Antonio Iturralde. El material consistía en los ganchos para el badajo de la campana, cojinetes, el templete de hierro que pesaba 219 kg., aparatos para la colocación de mazos, piezas para los cuadrantes, armaduras de hierro, poleas, tres cadenas para conectar con las campanas, cuerdas, badajos, frenos, contrapesos de plomo para equilibrar las campanas, y otras piezas menudas. De esta forma, el mecanismo del reloj, situado abajo, hacía sonar las campanas de las horas y las dos de los cuartos colocadas en el interior del templete de remate de la torre, a través de un mecanismo de poleas y cadenas. Se encargó a un bedel el mantenimiento del reloj por 25 reales mensuales.

Después del derribo del edificio de la Universidad y de la construcción de uno nuevo, según el proyecto de Teodosio Torres, el reloj con la esfera al exterior, se colocó en el cuerpo alto de la torre cilíndrica que hacía esquina de la calle de la Librería con la Plaza de la Universidad, en cuyo remate iba el templete con la campana de las horas, en dicho lugar estuvo hasta 1970 pero tras fallar, fue desmontado y llevado a un almacén de la UVA. Unas reformas en el edificio histórico donde se hospedaba, le apartaron al cobijo de un tejado, del que sólo salió en 1996 para lucir en el Palacio de Pimentel como reliquia, con motivo del cuarto centenario del nacimiento de la ciudad. Las campanas más pequeñas de los cuartos podrían quizás estar en el palacio de Santa Cruz, una de ellas colocada en la fachada exterior y la otra sirvió de esquilón para el servicio de refectorio.”

Y una última noticia de prensa: “Por fín la reparación. Un profesor de Ingeniería de Sistemas y Automática recuperará el reloj histórico de la Universidad de Valladolid con un «innovador» sistema que pretende convertir esta reliquia del siglo XIX en una máquina de absoluta precisión, sincronizada por las señales horarias transmitidas por la red de satélites GPS. Las instalaciones de Cartif en el Parque Tecnológico de Boecillo albergarán durante los próximos 2 años los trabajos de reparación del reloj. Tras el análisis preliminar, todo parece indicar que a la maquinaria le faltan 2 piezas: un piñón de montado de pesas y una corona dentada de transmisión de movimiento de sombrería, que habrá que reconstruir. Posteriormente, y si no surgen otros imprevistos, se realizará un proceso de decapado químico para limpiar y tratar las superficies con el fin de protegerlo de la oxidación. Aunque aún no se ha decidido cuál será su nueva morada, la institución académica cree que el museo del Palacio de Santa Cruz será un buen sitio para que el público pueda contemplarlo, según confirmó José Manuel López, vicerrector de Investigación y Política Científica.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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