Por Javier Pardo de Santayana

( Dibujo de Israel Páez, en ipaez.carbonmade.com) (*)
Antes de empezar les diré que hubo un tiempo en que estuve inmerso de hoz y coz en la tecnología; la más avanzada del mundo, puesto que ésta era norteamericana. Y en tiempos de investigación acelerada: recordarán que compartía «hábitat» con el proyecto Apolo y estudiaba misilística. Luego, al asumir la responsabilidad de mantener un complejo sistema en el que se plasmaba de mil formas el estado del arte, tuve sobrada ocasión de dar prueba de haberla asimilado.
Pues bien, ahora vuelvo la vista atrás y me sorprendo de que en todo el largo periodo de aprendizaje y asimilación de lo aprendido; durante todo el tiempo en que hube de aplicarlo y que me obligó a una continuada incorporación de modificaciones que afectaban a los aparatos y componentes del sistema – todo ello en el idioma inglés -, rara vez, por no decir ninguna, tuve que acudir a expertos o diccionarios para entender lo que los americanos suelen llamar «literatura» técnica. Y esto fue igualmente válido para otras ocasiones en que hube de emplear tecnología americana en un nivel u otro y con otros diversos materiales.
¿Cómo es, entonces, que hoy en día ni siquiera me atrevo a leer los prospectos de los llamados «electrodomésticos», convencido como estoy de que será tarea inútil el intentar siquiera interpretarlos? Porque lo que yo encuentro hoy es lo contrario a lo que siempre encontré en mis relaciones con la técnica, que fue una cierta lógica y una expresión certera.
Es más; hoy diríamos que se intenta camuflar el lenguaje para que no lo entienda nadie. Y, de verdad, me extraña que sea cuando vivimos un tiempo de «democratización» de la tecnología en el que hasta los niños utilizan los más complicados mecanismos tan pronto como estos salen de los laboratorios y talleres donde se plasman las ideas.
El ordenador es uno de los terrenos en los que esta moda se refleja de forma más escandalosa. No hay operación o componente que sea designado o indicado de una forma sencilla y que retrate claramente su función o su naturaleza. Por el contrario, parece optarse por la mayor ambigüedad. Lo cual sorprende en un tiempo donde se hila tan fino en asegurar que todo es funcional y adaptado a la naturaleza humana. Ahí tenemos los muebles ergonómicos y tantas otras cosas que se fabrican como si se destinaran a una gente a la que no se concede el beneficio de discurrir por cuenta propia. Qué me dicen, por ejemplo, de los semáforos, donde aparece un hombrecito que, a veces, hasta se mueve y todo. Y de lo de escribir «ambulancia» al revés por si se ve por el retrovisor; o de la forma en que se presentan los letreros sobre el asfalto de la carretera, o tantas otras cosas parecidas. Y alguna que otra cosa que no entiendo, como la de de los pulsadores de los actuales ascensores, para los cuales se eligió un modelo generalizado en el que para distinguir los números se requiere una iluminación perfecta y la agudeza visual de un verdadero lince.
En los ordenadores todo se reviste de una ambigüedad premeditada. Así para apagar mi primer ordenador había que dar… a «inicio». Eso estando como estábamos acostumbrados al «on» y al «off», que estaba ya tan claro para todos. (Les diré que en mi Apple el botón de encendido está disimulado para que no se vea ni casi se palpe). Recordarán también – estoy seguro de ello – cómo ustedes mismos han tenido miedo a darle al «cancelar», al «cerrar», al «deshacer», al «ocultar», y a tantas y tantas palabrejas de dudosa traducción en cuanto a los efectos que producen. He aquí tan sólo unas pocas expresiones de las que abundan en las jergas informáticas y que demandan ser precisadas de antemano. ¿Cuál de estos discos duros – el interno o el externo – podría ser reseñado como un «MaccIntosh»? ¿Y saben ustedes qué demonios puede significar eso de «inicializar»….? ¡Vaya con el «palabro»!
Por mi parte, acostumbrado como estoy a relacionar el progreso con la lógica y convencido de la necesidad de la norma gramatical para facilitar una buena comprensión, tiendo a entender que las jóvenes generaciones aprenderán los trucos informáticos a fuerza de meter la pata, porque, francamente, me cuesta demasiado aceptar que lo hagan «por simple intuición» como se dice.
A lo que voy: me cuesta aceptar la idea de que en unos artefactos tan complejos y perfectos como los ordenadores, teléfonos móviles, tabletas y resto de la parafernalia que se nos ofrece, no se haya introducido un mayor rigor definitorio de las operaciones y elementos que en ellos se pueden realizar. Sí temo, sin embargo, que esta forma aparentemente descuidada de proceder en lo cotidiano, que ahora aparece por todos los rincones como algo habitual – recordemos, por ejemplo, la indefinición actual sobre cómo hemos de llamar a las povincias, ciudades y pueblos españoles, o cómo hemos de pronunciar nombres propios españoles de origen extranjero – configura un preocupante panorama de caótica desolación que parece contar con el consentimiento resignado de nuestra Real Academia, a la que veo como sobrepasada y refugiada simplemente en el registro de los latiguillos, anglicismos y lenguaje de germanías.
Recuerden ustedes como muestra aquel artículo mío reseñando que uno de nuestros más prestigiosos expertos en lengua española aceptaba la incorporación de la palabra inglesa «business» siempre que cambiásemos su ortografía a un «bisnis» que da vergüenza ajena.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm8.staticflickr.com/7295/10518889926_70f14349dc_o.jpg