Rincones con fantasma. 32. El Campillo de san Andrés y sus “atrases”

Por José María Arévalo

( Al fondo, una de las últimas fotografías de san Felipe de la Penitencia, poco antes de su derribo. En el centro de la plaza, el desaparecido mercado de “La Marquesina”) (*)

Concluido el capítulo “Zona de la Catedral” del recorrido por el Valladolid perdido que sigue el libro de Juan Carlos Urueña Paredes “Rincones con fantasma. Un paseo por el Valladolid desaparecido”, que estamos siguiendo en la edición que publicó El Ayuntamiento de Valladolid en el año 2006, pasamos al siguiente, “Zona de la Plaza de España”, que Urueña comienza con esta entrada: “La plaza de España era conocida por “campillo de san Andrés”, y en él instalaban sus casetas los vendedores de frutas y otros alimentos. Algunos gremios ocupaban también la zona: manteros, panaderos, labradores, en torno a la obrera parroquia de san Andrés. Fue una zona marcada por el agua. Por un lado, la corriente natural del Esgueva y, por el otro, la entrada del Viaje de Argales. Hoy es pleno centro de la ciudad y una de las plazas que menos vestigios conserva de su pasado”.

( Reconstrucción de la desaparecida iglesia del convento de los “Mostenses”, que se abría a la calle de Teresa Gil) (*)

Tras ella titula “Plaza de España” con el siguiente texto: “Las primeras actuaciones urbanísticas que condicionaron el aspecto actual de la plaza se llevaron a cabo a partir del siglo XIX. Las casetas de fruteros que proliferaban en el “Campillo”, fueron sustituidas por un mercado horroroso que fue derribado y a su vez cambiado por otro similar a los de “El Val” y “Portugalete”, mandados construir por el alcalde don Miguel Íscar y de los que sólo se conserva el primero. Este mercado, conocida su parte exterior como “la Marquesina”, por la que tuvo, fue demolido a mediados del siglo XX, sustituyéndose por un moderno complejo construido hace pocos años en la calle de Panaderos. En recuerdo de aquella estructura de hierro, se levanta actualmente otra moderna marquesina donde cada mañana ponen los fruteros sus puestos, como lo hicieran tantos años antes.

Es muy conocido el arco de la fachada de la iglesia de la Paz, más que por lo bello, por lo exagerado de sus proporciones. Es un exponente de aquella arquitectura tan “pop” e innovadora que se practicaba a mediados del siglo XX y que nos ha dejado algunos bonitos aciertos y muchas espectaculares horteradas.

( Situación de san Felipe de la Penitencia en el plano de Ventura Seco) (*)

La Paz ocupa parte del solar del desaparecido convento de san Felipe de la Penitencia, cenobio de monjas dominicas dedicado a la corrección espiritual de las “damas” que se ganaban el sustento aliviando los apetitos del género masculino. Contrastaba la rígida espiritualidad de la época con la alegría de la sociedad pícara y galante, y junto a las agonías místicas del beaterio local también hay publicadas coplillas como la que dice, hablando de la Mancebía de Valladolid:

“…Mas acullá, en cabo la puerta del Campo; y luego diría la gran putería donde tomaréis muy sendas casillas con que os remediéis de saya y faldillas…”

Como ya vimos al hablar del Hospital de la Resurrección, antaño la prostitución era considerada necesaria. Siendo así, muchas mujeres ejercían este oficio con tan poco futuro, y esa abundancia la retrató con estas amables palabras el viajero Enrique Cock dedicadas a nuestra ciudad, en 1592: «…tiene en abundancia pícaros, putas, pleitos, polvos, piedras, puercos, piojos, pulgas y de continuo al tiempo del invierno, nieblas…»

( La Aprobación, en el plano de Ventura Seco) (*)

Observando los patronos de san Felipe que bastantes de las que se acogían al convento lo hacían por conveniencia, quizá sólo por encontrar un lugar donde recogerse en la vejez, optaron por crear otra comunidad en la plaza de san Nicolás, con el título de La Aprobación, gobernada por tres férreas dominicas que probaban con dureza la vocación de las postulantas. Si resultaban aptas, las candidatas recibían el hábito de religiosas y pasaban a san Felipe donde, según Canesi, recibían su recompensa:

«…aquí morían muy contritas.»

Al otro lado de la plaza, en el solar que hoy ocupa el colegio García Quintana, antigua Escuela Normal, estuvo otro de los conventos desaparecidos de Valladolid, el de Premostratenses de san Norberto, vulgo Mostenses. La iglesia de los “Mostenses” fue el último de los templos conventuales en construirse (finales del XVIII) de los actualmente desaparecidos, y su estilo correspondía a un barroco recargado y caduco que fue calificado por sus contemporáneos como birria de primer orden. Tan poco afecto motivó que, tras la exclaustración, el edificio fue usado para los destinos más variopintos, incluido el de almacén de los más diversos géneros, como el grupo escultórico de Colón que fue guardado aquí cuando se le rescató de viajar a Cuba hasta que se montó en la plaza de su nombre. Se derribó en 19161.”

( Complementario de san Felipe, La Aprobación o Las Arrepentidas, se alzaba en el solar que hoy ocupa el colegio Isabel la Católica en la calle Puente Mayor. Foto procedente del Archivo Municipal de Valladolid) (*)

Ampliamos la información que nos da Urueña siguiendo ahora un artículo nuestro amigo Joaquín Martín de Uña, que nos proporciona Vallisoletvm en su revista de Octubre de 2009, titulado “El Campillo de San Andrés y la Plaza de España”. “De ser cierta -dice Martín de Uña- la anécdota que Agapito y Revilla recoge en su obra más conocida, que el pintor Pedro Sánchez tenía unos papeles viejos en los que constaba que en 1327 existía una caseta de vigilancia, construida de fábrica y madera, en el centro de los bosques y pinares que en aquellos tiempos rodeaban la ciudad y que correspondería a la casa Nº 1 de la actual calle de Panaderos, esta sería la primera construcción existente en el paraje que más tarde se conoció como El Campillo de San Andrés y que se extendía desde la Puente de Teresa Gil, correspondiente a la segunda cerca con que contó Valladolid, hasta el ramal sur del Esgueva (actual calle del Dos de Mayo), siendo probable que en un principio alcanzara esta denominación hasta la desembocadura de dicho río en el Pisuerga.

El nombre se debió a la presencia en sus proximidades, desde el siglo XII, de una ermita dedicada a San Andrés, que más tarde se transformaría en parroquia y cuyo edificio actual fue concluido en 1776 por Fray Martín de la Vega.

( La litografía de Alfred Guedson, perteneciente a la serie “L’Espagne à vol d’oiseau”, da una somera idea de los dos pequeños campanarios que la iglesia de los “Mostenses” tuvo y de la ventana que se abría en su frontal a la calle de Teresa Gil) (*)

Situado en un centro artesanal, comparable con los entonces instalados en el centro de la cercana ciudad (Plaza Mayor, Fuente Dorada y calles próximas), en el que se asentaron los fabricantes de mantas, de sombreros, así como zurradores (curtidores) y panaderos entre otros. La presencia de los panaderos determinó que en 1702 (según Agapito Revilla) se instalara la última alhóndiga (depósito de cereales) con que contó la ciudad.

El progresivo aumento de habitantes en el campillo determinó que se estableciera un mercado de casetas de madera hasta que en 1880 el Ayuntamiento presidido por D. Miguel Iscar acordara la construcción de un mercado de hierro que se conoció como Mercado del Campillo.

( El plano de Ventura Seco nos muestra el convento sin la iglesia, todavía por construir, y el solar que luego ocupó) (*)

El convento de Capuchinos que si bien fue fundado en 1551 como convento de San Felipe de la Penitencia y Aprobación, que acogía a mujeres arrepentidas, no fue ocupado hasta 1944 por la orden masculina, como último alojamiento tras diversas vicisitudes en nuestra ciudad. La antigua iglesia fue construida bajo el patronato de Juan Valencia el mismo año de su fundación. Debido a la desigualdad del suelo del Campillo, el edificio debió construirse en una de sus depresiones, por lo que al nivelar la plazuela el edificio quedó situado en un nivel ligeramente inferior al resto de las construcciones vecinas, por lo que su acceso se efectuaba descendiendo un peldaño que exigía la máxima atención de los fieles, especialmente de los mayores. El altar Mayor estaba situado en la actual esquina de la Plaza de España con la calle de Panaderos.

Las Escuelas Normales de Maestros y Maestras (con su Museo de Historia Natural) y el Banco de España, fueron durante muchos años, junto a una serie de establecimientos entre los que merecen recordarse el Bar Rojo, así llamado por el apellido del dueño, una pequeña tienda de juguetes, La Casa Verde (comercio de telas pintadas de dicho color), un edificio dedicado al negocio de hostelería y varios comercios más, con el emplazamiento navideño de la caseta de los cerdos en que se exhibían los que sorteaba el Asilo de Caridad, escenario de la movida vida ciudadana.

Derribado el mercado decimonónico, reconstruido el convento de Capuchinos, transformada la Escuela Normal en Colegio Público García Quintana, desaparecidos varios comercios tradicionales y construido el edificio vecino a la Casa del Reloj, la Plaza, que ya se llamaba de España, estuvo ocupada por unos cuidados jardines escoltados por dos kioskos de prensa situados frente al Banco de España y frente a la calle de Mantería, mientras que en su lado derecho se situó una parada de taxis.

( El dibujo de Ventura Pérez retrata el cuerpo inferior de la iglesia. Otra vez ha sido necesario adaptar sus proporciones a unas medidas más lógicas, pues la hornacina central resulta muy grande) (*)

La transformación sufrida por el antiguo Campillo de San Andrés, puede calificarse de extraordinaria. Su peatonalización, la construcción del polémico y azaroso aparcamiento subterráneo; la construcción de la marquesina que acoge puestos de flores y verduras; el recuerdo del antiguo mercado en el sencillo monumento cerámico de Coello; la dinámica fuente situada en el centro de la marquesina y que se dedica a la solidaridad; la decoración de plantas encabezada por las palmeras situadas frente al Colegio García Quintana; así como la total renovación del mobiliario urbano (kioskos, bancos, cabinas de teléfono), hacen que el antiguo Campillo, hoy Plaza de España, continúe calando en el afecto de los vallisoletanos que, con disparidad (económica) de opiniones, reconoce el interés municipal de mejorar el adorno y la utilidad de las calles y plazas de una ciudad que se cuenta entre las primeras de España”.

( Aspecto actual del sitio que ocupó la iglesia del convento de los premostratenses) (*)

Como Urueña no se extenderá después en su recorrido, por la, inmediata a la de España, Plaza de Madrid, incluimos ahora otro artículo, éste de Antonio Piedra, que publicó Vallisoletvm en Octubre de 2012, y que relaciona ambas, con el título “La Plaza de Madrid”. “Hay plazas –escribe Antonio Piedra- que con el tiempo cambian de sino, de historia, y también de estimación en la mente de los ciudadanos. Es lo ocurrido, por ejemplo, con la vetusta Plaza de España, que de extramuros y marginal fue convirtiéndose en una población integrada y laboriosa hasta llegar en la modernidad a un espacio abierto y menos agresivo. Una arquitectura que sin entusiasmar invita a detenerse, a reprimir la velocidad, a aislarse de esa inutilidad producida por el estrés del asfalto.

Con la plaza de Madrid, en cambio, el proceso parece estancado y a veces regresivo. Y no ciertamente por los aciertos o desmanes de la ordenación urbanística, que es lo de menos en este caso, sino porque hay situaciones insuperables que ni los gobiernos democráticos pueden enderezar. Pocos vallisoletanos se detienen hoy en la plaza de Madrid para mirar, distraer las prisas, o escuchar el canto de los pájaros. La sombra del caserón de Hacienda, modernizado sólo con el nombre de Agencias Tributaria, es tan alargada y dominante que se impone la fuga automática como interpretación peatonal más benigna.

Curiosamente, don Luis de Góngora y Argote, en el desconocido romance al Campillo de San Andrés –no recogido, por cierto, en sus obras completas ni siquiera como atribuible-, y al que hice referencia hablando de la Plaza de España, diseña perfectamente la situación de la hoy plaza de Madrid al hablar con donaire de los “atrases de San Andrés”. Y no sólo eso, sino que, además, llegó a barruntar en el siglo XVII lo que podían dar de sí esos atrases, y de qué manera. Efectivamente, en esos versos, aunque con otro sentido, el genio culterano habla de las “mermas de los bolsillos” y de “el hacienda de Pisuerga”. No resisto la reproducción de un apunte tan procaz, irónico, y profético a la vez, de lo que fue este rincón del Valladolid del siglo de oro, hoy plaza de Madrid:

“Atrases de San Andrés, huerto concluso a las dueñas de sus carnes, que malvenden, hechas de sí mesmas tiendas, malas para biencasadas, más disolutas que sueltas; redil para vagaimundas, con piel de lobas corderas, que guardan dominicanas en filipense gelera, forzadas el duro banco por ser de Venus veneras, tributarias del arroyo con que incrementa la Esgueva las mermas de los bolsillos, el hacienda de Pisuerga. Cójanme los nabos desta verde huerta, échenme en conserva la vainas, las turmas, y las berenjenas”.

Por lo que se ve, de sobra conocía don Luis el Campillo de San Andrés y sus aledaños. Por algo sería. No otra cosa que huertas –la de San Felipe de la Penitencia la más importante-, fue en su tiempo la actual Plaza de Madrid. Ni la construcción de la última cerca de la ciudad, ni su las sucesivas reformas urbanas que acarreó, fueron suficientes para dar vida a una plaza ausente en las crónicas. La reforma de Miguel Iscar certifica su existencia definitiva al convertirse en el punto de confluencia de una de las arterias principales de la ciudad –la calle Duque de la Victoria-, y de seis calles del ensanche: Gamazo, Muro, Dos de Mayo, Divina Pastora, Perú y Rastro. Se configuraba así una plaza de tránsito, con escasos atractivos urbanísticos y de una destartalada armonía.

La última reforma ha mejorado sustancialmente el paisaje urbano de la plaza. El agobiante mar de asfalto ha sido sustituido, en gran parte, por un tratamiento más humano e integrador. El grupo escultórico de Feliciano Alvarez, titulado “Encuentro”, contribuye sin duda a esa sensación de alivio.

Pero el incurable escepticismo del contribuyente vallisoletano apela al sentido del humor e interpreta que es “encuentro” no es tal sino una simple agarrada: la que hace el inspector de Hacienda al incauto ciudadano. En fin, que la plaza de Madrid, a pesar de los lavados de imagen, no cambia el sino que le atribuyera don Luis de Góngora, y sigue siendo hoy también las mermas de los bolsillos, el hacienda de Pisuerga”.

El próximo día nos pasearemos por la calle Teresa Gil, llena de historia y de sorpresas, y a la que hoy nos hemos asomado con la reconstrucción que ha hecho Urueña de la desaparecida iglesia del convento de los “Mostenses”, que se abría precisamente a la calle de Teresa Gil.

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(*) Para ver las fotos que ilustran este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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