Por Javier Pardo de Santayana

(El recorrido de la tinta. Mozambique, 1994. Obra de Ana Vanderghem en en anavanderghem.com.ar.) (*)
Supongo que el lector lo recordará, porque es cosa para no olvidar. Me refiero a la enternecedora historia del “solitario hombre de la Marginal”, del cual hablé ya en mi primer viaje a Mozambique: ese esforzado sujeto de edad indeterminada que, como un nuevo Sísifo, parece condenado a rellenar eternamente un mismo bache de la Marginal, es decir, del vial que sigue la costa de la bahía de Maputo a semejanza de aquel que, con igual nombre, yo mismo solía recorrer de niño. Esto es, la “Estrada Marginal” que en Portugal conecta Lisboa con Estoril, Cascais y nuestra playa preferida: la de Carcavelos.
No les describiré ya con igual detenimiento que en aquella ocasión la abundancia y la diversidad de los “buracos” que con generosidad salpican el camino al circular por esta importante vía casi inmediata a nuestra casa, puesto que ya me empeñé en ello, creo que cumplidamente, en el artículo en cuestión. Pero sí me permitiré confiarles que una de mis más importantes preocupaciones ante el regreso a estos pagos ha sido constatar dos cosas: si la tortuga seguía recordándome y, sobre todo, qué fue del solitario de la Marginal, rodeado permanente de peligros y en trance, por tanto, de extinción.
De la tortuga – a la que tengo por la más sociable y rápida del mundo – solo diré por el momento que en la primera ocasión que tuve de salir al jardín sentí de pronto algo raro en mi pie izquierdo, y que la causa no era otra que el roce de su cuerpo. Lo cual quería decir, sencillamente, que tan pronto como me vio, la “Tartaruga”, que éste es el nombre de mi cariñosa amiga, sintió la tentación de venírseme a la vera e incluso de subírseme por encima del zapato. Reacción en cierto modo repetida, pues cuando días más tarde, viéndola avanzar a paso de carga hacia el fondo del jardín, me situé algo así como un metro a su costado, ella hizo un decidido ángulo recto para cambiar de rumbo y acercárseme de nuevo. Supongo que cualquier biólogo erudito sabrá encontrar explicación al hecho.
Mi segunda y principal preocupación, era, como ya dije anteriormente, saber si nuestro héroe de la Marginal seguía vivo y entregado a su tan esforzado como inútil trabajo de rellenar siempre el mismo y consabido bache. Pueden imaginar por tanto mi alegría cuando le vi de nuevo en el lugar de todos conocido, con la pala en la mano y ante el bache de toda la vida. Y vi que la gente de aquí le sigue dando ya por descontado y casi como cosa .natural.
Pero se da la circunstancia de que por fin las autoridades de Maputo han decidido hacer algunas obras y han desplegado por la zona diversos materiales y también alguna maquinaria. Así ha surgido una montaña de tierra roja y grandes dimensiones para ampliar la anchura de la carretera, y algunos pedregales de cuidado destinados, por lo que parece, a construir espigones para fijar la arena de la playa. Por otra parte, ya se ven explanaciones para el ensanche. Naturalmente, mi pregunta es qué va a ser de ahora en adelante de este curioso hombre sin futuro; si desaparecerá engullido por las máquinas y las realidades del progreso o si un alma piadosa se compadecerá de él y decidirá emplearle en los trabajos de ampliación y perfeccionamiento de la carretera aprovechando su excelente predisposición para el trabajo y sus muchos años de experiencia. Entonces ya podríamos pensar en un trabajo debidamente remunerado y un futuro a la altura del esfuerzo que ha realizado.
A esta pregunta se me anticipa el conductor mozambiqueño – “mozambicano” dicen aquí -, aclarando que los de la obra se plantearon la posibilidad de una contratación, mas que, al constatar que el rellenar de tierra siempre un mismo bache no serviría de nada en el actual contexto y además no parece responder a alguien con sano juicio, han preferido que el buen hombre siga tal como estaba, y limitarse en cambio a aumentar su precaria seguridad de siempre asignándole un chaleco y un casco amarillos, lo que llamaría la atención de los conductores que circulan en un sentido y otro y reduciría la alta probabilidad de que acabe sus días por atropello- Probabilidad que se hará más alta desde luego cuando mejore el estado general de esta importante vía de comunicación, cuya fisonomía clásica quedará considerablemente alterada por la obra.
Yo espero en todo caso que respeten un bache; aunque solo sea uno: el que con grave riesgo de su vida y mérito indudable, rellena cada día este quijote del esfuerzo físico. Y que también se reconozca una vez más la inteligencia de esta gente, capaz, como podemos constatar, de resolver el problema moral que plantea el respeto a un hombre singular, compagínándolo imaginativamente y al estilo africano con un aconsejable realismo-práctico.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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