Por Javier Pardo de Santayana

( Acuarela de Camilo Huéscar en Facebook) (*)
Qué quieren que les diga: yo considero muy normal que un cura se preocupe por el aumento de asesinatos de mujeres a manos de maridos, «parejas», ex-maridos, ex-parejas, madres de sus hijos o lo que sea; porque, como ustedes saben, existe una gran variedad de situaciones que desembocan en la muerte a manos de quienes antes las amaron y ahora las masacran. Despecho, celos, discusiones, cuernos, indignación, venganzas, amores obsesivos… he aquí las pasiones que al parecer mueven a los autores de tales fechorías, que a veces las rematan suicidándose.
Digo que a mí me parece natural que ante tales acontecimientos un sacerdote se inquiete y se pregunte cuál puede ser la causa de una reacción límite como la que con frecuencia nos relatan. Y, como no me parece improcedente cavilar sobre las causas de la deriva actual, pienso que no es extraño que alguien busque en factores educativos o ambientales la clave de una decisión inaceptable.
Sí, efectivamente, me parece normal que se plantee la pregunta de cómo alguien puede saltarse de esta forma las barreras mentales y morales que, indudablemente y en una situación extrema, el asesino sin duda encontrará antes de perpetrar la muerte de la mujer que amó. El plantearse, por ejemplo, qué sentido de la vida pudo tener para ponerse todo por montera; qué aprendería en casa y en la escuela, cuál sería el ambiente del lugar en que vivió, y si todas estas circunstancias son hoy las mismas que antes, cuando, según su percepción, estas terribles muertes no parecían tan frecuentes como ahora.
Y no me parece reprobable llegar a la conclusión de que quizá tenga cierta influencia la pérdida del sentido del pecado y de una visión trascendente de la vida: algo en trance de extinción en nuestros días. Podría, por ejemplo, suponerse, que el materialismo y el relativismo, o la falta de referencia de unos principios mamados desde niños y que antes permeaban el ambiente popular, habrían debilitado esa barrera última que el asesino, muchas veces padre de familia, encontraría sin duda en un camino destructivo que los hijos pagarán siempre; a veces con la vida.
El sacerdote, conocedor – por observación directa o por haberlo oído a otros – del ámbito del pueblo y de los excesos del pasado, vendría a decir – y no creo que por ello haya que escandalizarse – que la violencia ya estaba ahí: que en otros tiempos no fue infrecuente que en el ambiente rústico y escasamente ilustrado de los pequeños pueblos españoles, algunos abusaran del alcohol y acabaran maltratando de palabra o de obra a sus esposas; algo de todo punto reprobable y que él jamás minusvaloraría; de ello estoy seguro. Mas concluía el hombre con que ahora ya no es sólo eso; que lo que ahora vemos no es lo mismo: que es aun peor porque además las matan.
¿Ven ustedes en esas disquisiciones de un humilde párroco rural algo que sea digno de indignarse? Porque a mí me parecen reflexiones normales y oportunas.
Mas ya lo han visto ustedes: se le han echado como fieras a degüello. ¿Por qué? Pues porque ha tocado un tema tabú que debe de ser tratado según la santa Ley de la Progresía y la Sagrada Corrección Política, ante la cual no hay lógica que valga: pura sensibilidad institucionalizada en favor del Pensamiento Único.
Aquí pasa como con el tema del suicidio; otra ocasión extrema en la que según nuestros listillos habría que excluir la consideración de cualquier factor moral: apuntar, por ejemplo, que unas convicciones y una visión determinada de la vida puedan establecer una sutil barrera ante la desesperación. Ni se le ocurra a usted argumentar o suponer siquiera tal posibilidad; que ellos saben mejor que usted de lo que va, y sobre todo, de lo que conviene a sus principios (y a sus fines).
Sí; por lo que parece hay temas que mejor es no tocarlos. No importa lo que se diga; se trata de ni pensar en ellos. Ya recuerdan lo que alguien me confió cuando yo iba a responder a una petición de colaboración como conferenciante; se lo conté en estas páginas del blog. Propuse – esto fue hace tiempo – hablar sobre la inmigración desde el punto de vista de la seguridad y la defensa, tema ciertamente interesante y susceptible de ser tratado desde el análisis más serio y riguroso. Mas, según la experiencia, éste era asunto incluido en el Sagrado Índice de la Progresía, y el gobierno no quería que se hablara más que de su Ley de Inmigración. Así que renuncié graciosamente a hacerlo. Qué quieren que les diga: que viva la democracia y la libertad de expresión…
Lo mismo ocurre con otros temas como el aborto y la homosexualidad. Ni tocarlos, oiga. Fuera la ciencia y la inquietud moral e intelectual; antes de que usted abra la boca ellos ya se habrán imaginado que quizá usted no sea heraldo de la versión fetén, así que mejor será callarse. Por eso yo les recomiendo que lean primero el rotativo inspirador y el gesto – con ceja o sin ceja – del corifeo oficial y portavoz de lo correcto, pues si no resultará escaldado.
Sí, escaldado como el pobre párroco jienense, que tuvo que mostrar su pesadumbre por lo que dijo, y hasta – no sé a qué santo – oír las disculpas de un superior jerárquico.
PS: La noticia fue coincidente con otra por demás espeluznante: la del secuestro como esclavas de más de doscientas niñas en una escuela de Nigeria. El autor, un grupo islámico. Pero en la fecha en que escribo este artículo aún sigo esperando la reacción, aunque sea mínima, de los conocidos «lobbies» feministas y de los guardianes de nuestra Corrección Política. Ni siquiera esas jóvenes propensas a mostrar sus reivindicativos senos han abierto la boca aún a este respecto: quizás lo estén pensando o anden pintándose letreros en la piel. Y eso lleva su tiempo.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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