Por Javier Pardo de Santayana

( La monja sor Cristina Scuccia, revelación de la versión italiana del concurso «La Voz») (*)
Seguro que ustedes saben lo que significa OT, pero por si acaso se lo recuerdo ahora: OT son las siglas de “Operación Triunfo”, un programa que seguí semana tras semana en su desarrollo inaugural. Estuvo en cabeza durante varios meses, y en aquella ocasión surgió un plantel de nombres que alcanzaron el éxito y la popularidad: David Bisbal, a quien yo siempre imaginé un futuro de gran éxito, Rosa, la vencedora del concurso – una gran voz -, y, por si fuera poco, Bustamante y Chenoa: una buena cosecha ciertamente. Luego yo ya dejaría de seguirlo día a día.
Pues bien, años más tarde – no recuerdo bien en qué edición – sintonicé una noche el programa creo que por curiosidad comparativa. A esas alturas la presentación corría a cargo de un buen mozo hoy bien conocido por prodigarse en la televisión, Envuelto en un escándalo de ambiente homosexual del que se habló cumplidamente, recuerdo haber visto a su padre salir en la pantalla para acompañarle en una decidida defensa de su honor.
Pues bien, estaba yo con la nueva edición de OT, cuando el mozo – no puedo ahora ya explicar por qué fue exactamente – comenzó a arremeter contra los curas. Su ataque fue feroz, eso sí que lo recuerdo. Cuervos o algo así les llamó. He de añadir que el pollo tiene ahora marido, así que quizá se sienta incómodo ante ellos. Desde luego y por lo que a mí respecta, me trae al pairo lo que él haga o no haga, que es libre para ello como todo el mundo. Pero – pensé yo – por lo menos que no insulte, sobre todo aprovechando la ocasión que le brinda una audiencia cautiva.
También recuerdo que pensé: “de todas formas lo que este mozo diga no me habría importado lo más mínimo si al oír los exabruptos se le hubiera marchado una buena parte de la audiencia”. “Sí – me dije – no habría estado mal que eso ocurriera”. Yo lo hice dos veces si no recuerdo mal: una de ellas en Francia, siendo muy joven. La película, “La kermesse heroïque” – una película hoy de culto – donde me pareció que se retorcía demasiado la figura de los religiosos que formaban parte del elenco. Luego, mucho después, en medio de una audiencia de más de 1100 personas y en una escuela militar norteamericana, donde un conferenciante hablaba de los padres fundadores de la nación, que, según él, buscaban a Dios, muy al contrario que los conquistadores españoles, que iban tras el oro. “God” y “gold” eran las palabras contrapuestas. Entonces, delante del conferenciante y de mis compañeros me puse en pie y abandoné despaciosamente aquel recinto. Espero que quien se dignó expresar tamaña merluzada evitara por lo menos repetirla, siquiera por no tener que dar explicaciones como las que la Facultad me ofrecería el día siguiente.
Ni que decir tiene que la noche de OT no se movió ni un solo joven. Todos – comulgasen o no con los insultos – permanecieron en sus sitios respectivos acompañando con sus aplausos la música y las interpretaciones. Tampoco la dirección dijo nada al respecto que yo sepa, y si lo hizo sería en privado. Por eso me sorprende lo de la monjita italiana ganadora de otro concurso musical: “La Voz”. Pero esto es ya en Italia como digo. Y allí sí que estamos entre artistas.
Recuerdo la firma del Tratado Constitucional europeo. Yo me felicité en este mismo blog y ensalcé a los maestros italianos. El lugar elegido incluía las imponentes figuras de los papas, y la firma se rubricaba a los pies de la impresionante efigie de Constantino, el primer emperador romano convertido al cristianismo. “He aquí las raíces de Europa tal como concibieron ésta sus padres fundadores” me dije. Bajo la impresionante mirada de las esculturas, los mandatarios parecían empequeñecerse. ¡Qué maravilla! ¡Qué lección para los del mandil y toda la caterva de malababas y persiguefrailes! ¡Cómo me alegré de que al final España no optara por albergar aquel grandioso acto! ¿Se imaginan ustedes a nuestra adocenada progresía montando un escenario parecido?
Bueno, pues pasados los años llega sor Cristina – en el mundo Cristina Scuccia, de Comiso, Sicilia -, gana el concurso de “La Voz” y propone al público, a los jueces y a su audiencia millonaria rezar con ella un padrenuestro. Ahí queda eso. ¿Piensan ustedes que podría suceder esto en España? Seguro que a más de uno le habría dado un buen soponcio; seguro que algún líder de partido se habría puesto serio y habría exigido la destitución de alguien.
“He venido aquí porque tengo un don y se lo quiero dar a ustedes” anunció sor Cristina. Y se quedó tan pancha. “Estoy aquí para evangelizar”.
Y luego, al día siguiente, se fue a la escuela de los niños pobres a los que cada día se entrega como quien no quiere la cosa. Justo como lo que es: una monja ursulina.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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