Por Carlos de Bustamante

( Acuarela de Jesús Meneses. Paisaje con ovejas.100×75. 1972) (*)
Tarsicio –hablo sólo como sólo humano que soy-, no es imprescindible. Jesús sí. Así lo debió de comprender Rufo cuando, después de un otoño lluvioso, tenía preparadas las yuntas de bueyes para dar comienzo a la arada en los vastos territorios que poseía. Llamó sólo a Jesús. Como cuantos le conocieron y conocen, podían sentir hacia Él sentimientos dispares: Amor hacia lo más sobrenatural que irradiaba su Persona, humana para todos y a la vez divina para mí, u odio feroz por la envidia y soberbia tan comunes en el género humano desde los inicios.
Porque una vez “tratado” Jesús era imprescindible, Rufo le propuso trabajar para él en la arada. Tarsicio, esclavito, libre, de Jesús y Myriam, hubo de conformarse con pastorear ovejas. No me desagradaba el oficio de honda tradición etíope. Lo que apenas podía aguantar, era estar lejos de Jesús. ¡A ver…!
Careaban “mis ovejas” próximas al terreno que araba Jesús. Nunca lo había hecho; pero araba como un maestro. Puestas las manos recias sobre la mancera del arado, miraba inhiesto hacia un punto lejano. Con los bueyes en movimiento, “nunca miraba atrás”. Sólo cuando volvía sobre la mano, miraba sonriente el surco derecho como una vela. ¡Cómo no iba a estar Rufo encantado! Labores todas rematadas al detalle; labores siempre bien acabadas. Nunca chapuzas.
De regreso a casa, cada uno contaba su experiencia. Jesús quería ser pastor de ovejas y su esclavito, libre, Tarsicio, estar con Él en la arada. Como cada día al regresar del trabajo, Myriam y su Hijo charlaban largo y tendido. Nunca estuve a la escucha. Lo que no puedo decir de Mykita Alguacilillo ¡y Pulgar!
-Nuestra Ama y señora- me dijo esa noche Mykita-, siempre la noto como triste después de charlar con Jesús-. ¿Sabes qué la pasa? –preguntó inquieta.
– Ni idea, mi amiga-le dije-. Sería mejor-añadí-, que no te metieras en sus cosas-. Son intimidades, en las que debemos permanecer ajenos-finalicé. No entendió nada.
-Sois más burros que yo –nos recriminó Pulgar-. Soy todavía un borrico enano y me he dado cuenta que lo que apena a Myriam, es ver cómo su Hijo se hace mayor-. Algo sabrá, digo yo, para que eso no le guste-, sentenció.
Y lo sabía. ¡Claro que lo sabía! Y nosotros a su tiempo.
De hoy aprendí -sin saber muy bien interpretarlo-: “Ninguno que, después de haber puesto su mano en el arado vuelve los ojos atrás, es apto para el Reino de Dios”. Sabiduría que encierra el campo.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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