Por Javier Pardo de Santayana

( La hasta ahora capilla de la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense)
¿Se imaginan ustedes esta escena? Un par de policías en la entrada a una capilla para evitar que entren los fieles. Raro, ¿no? Pues eso he visto yo mismo aquí en España el otro día. Claro que previamente alguien había ordenado inutilizar la cerradura. Sorprendido, uno se pregunta: ¿Qué es lo que habrá ocurrido? ¿Un asesinato? ¿Habrán descubierto un alijo de hachís bajo el altar?
¡No hombre! El hachís circula libremente por las aulas y se complementa con una de las principales actividades académicas, que es el botellón. Eso que no lo toquen los maderos. ¡Pero si se descubrió que repartían droga en el kiosco de los bocatas, y eso es tan solo puro ambiente universitario del fetén!
No. Aquí en la universidad cierran la capilla según la inveterada técnica del piquete informativo de los sindicatos esos tan listos que hasta se forran con el dinero destinado a los parados. Se trata simplemente de no dejar pasar a quienes desean defender una capilla o simplemente rezar en ella. Gente muy peligrosa, como verán. Aquí no les importa ya que entre la policía ni aquello del respeto a una sede del saber.
Sí; me refiero a la tristemente famosa Complutense. ¿La recuerdan? Es aquella Universidad modélica que se distingue por las pintadas en los monumentos, las toneladas de basura acumulada y la acción destructiva de sus estudiantes, dedicados a veces a tirar abajo las puertas de las aulas. Sí, hombre la deben recordar: fue aquella en la que encontraron un recinto abarrotado de cadáveres poco menos que en descomposición.
Pero no teman, que si el Rector no hizo nada al respecto fue porque no se enteró. Es ese tipo especial de responsabilidad de la que a uno se le exime siempre que no se haya enterado de lo que pasa en casa. Ésta es, en efecto, una responsabilidad enormemente cómoda: recuerdo a una señora que fue ministra y a la que según dice la tomaban a beneficio de inventario sus subordinados: la culpa de llevarse los dineros a casa o repartirlo entre los amiguetes de partido era de estos malditos, nunca de ella misma que – naturalmente – los sobrevolaba ajena al bien y al mal. Se trataba, sin duda de un ser extraordinario que andaba muy por encima de la simple gestión. Eso sí: ella se mostraba especialmente estricta a la hora de cobrar a fin de mes como luego ampliamente demostró.
Claro que uno – pobre mortal – podría pensar que un rector sería responsable de esa burrada de los cadáveres amontonados; podría suponer incluso que a alguien al que le encuentran esa pifia monstruosa debiera responder de tal burrada, pero esto sería porque usted desconoce lo que es un rector de verdadera categoría, o sea de los que están más bien en la política o han de ser fieles a su herencia. ¿Cómo va a responder de ese desaliño cadavérico un hombre que es quien es y que ostenta el apelativo de “magnífico”? Fácilmente se comprende que, en este caso, y habida cuenta de los antecedentes familiares, lo de hablar de cadáveres le produzca un cierto repelús.
Sin embargo quisiera hacerles ver que ese poder omnímodo y liberado de límites que suponemos a un rector como éste – que bien merece un radical cambio de título – le permitiría encontrar con facilidad el espacio de expansión que considera necesario para la Facultad de Geografía e Historia. Pues no, fíjese usted. También habrá pensado que los recortes de un Gobierno insensible harían esta ampliación innecesaria; que habrá disminuido el número de potenciales estudiantes. Y tampoco: ni se han reducido las necesidades ni es fácil encontrar un huequecito para la nueva aula. Y así ha habido que buscar donde no hay hasta encontrar – ¡oh milagro!” – una excelente posibilidad, que es la de cerrar una capilla. ¡Venga, a bloquear la cerradura y que venga un par de vigilantes para que no entre nadie!
Pero, claro, como el temor al Vaticano está ahí presente, convendrá hacer el paripé: ofrezcamos algo a cambio, aunque ni siquiera entre el altar, que habrá que meterlo medio atravesado. Todo es cuestión de un esfuercillo y de un poco de buena voluntad. Quizás algunos se lo crean y en todo caso habrá que cubrir el expediente.
Y nosotros, como somos tontos, nos chupamos el dedo y pasamos de página.