Por Carlos de Bustamante

(Calle de la Pasión y la Plaza Mayor, Valladolid. Acuarela de J. M. Arévalo. 34×46) (*)
El mismo reloj que aún hoy miramos por costumbre pese a llevar el nuestro en la muñeca, fue nuestro despertador en los felices años de adolescencia.
Colegiales y colegialas apurábamos al máximo el tiempo de paseo. Sin más reloj que el de la Plaza Mayor, al oír la primera campanada de las diez de la noche, volábamos (ellos y ellas) a nuestros respectivos domicilios. Era preciso llegar -sin traumas- a la hora en punto. Las diez campanadas. Carrera desenfrenada acompañada del jolgorio correspondiente a la bendita edad.
Plaza Mayor de Valladolid. Lugar de encuentros y desencuentros. Templo impresionante durante procesiones y actos diversos en Semana Santa. Lugar divertido en fiestas profanas. Que si hablara…
Puesto que mi caso con el reloj fatídico, creo haberlo tratado en la “serie” de años ha: Buscando mis amores, aprovecho para otra breve consideración.
Es posible que hoy en día esto del reloj como “despertador” en la hora de regresar al domicilio paterno, no les diga demasiado. Porque la puntualidad y disciplina obediente-aunque g. a D. hay excepciones- no suele ser virtud que abunde. Ojalá fuera alguno de éstos quien leyese éste mi breve relato. Les diría y les digo, que de ninguna manera nos supuso a los jóvenes de entonces trauma alguno, ni rechinar de dientes por carencia de libertades de las que, convertidas hoy en libertinaje, no se quiere ni se sabe prescindir. Les aseguro a éstos que ellos se lo pierden. Les puedo asegurar, sin dogmatismos, que la inevitable dureza que siempre viene luego, es difícil-imposible digo mejor- de afrontar sin la preparación-educación previa. Consideración ésta, que, sin permiso, hago extensiva a los padres olvidadizos; o los que, resentidos, crean que vivieron inmersos en una dictadura paternal. Es una simple (nada de simple) llamada al amor.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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