Por Javier Pardo de Santayana

( Tierra de pan. Acuarela de Luis Labrador) (*)
No sé cómo habrá evolucionado el ambiente nacional para cuando salga este artículo del blog, ya que a estas alturas tengo acumulado un fondo de armario sustancioso. No sé, por tanto, si lo que voy a contarles mantendrá su actualidad cuando lo lean.
El caso es que iba yo de camino hacia el puerto de Los Tornos cuando, contemplando el cielo azul en la soledad del campo castellano, caí en la cuenta de la artificialidad en que nos tiene sumidos la maraña de los “trending topics“, las “redes sociales” – esa caterva de liantes – y todo ese cotilleo que nos hace ver la vida como un espectáculo de dimes y diretes centrado en una pantalla de televisión, unos auriculares o un teléfono más o menos inteligente. Lo cual no es cosa de extrañar si observamos nuestro alrededor y registramos el porcentaje de conciudadanos que en cada momento del día está ocupado dándole a la tecla.
Me di cuenta, en efecto, de que nuestra realidad es en gran parte fruto de una fabricación, y que ésta corre a cargo de unos medios de comunicación necesitados de “contenidos” que nos tengan entretenidos y cautivos las veinticuatro horas del día. Y a fe mía que lo consiguen sobradamente amplificando y exprimiendo a tope cuantos asuntos puedan contener un cierto morbo, para lo cual crearán personajes y procurarán que no se hable de otra cosa que no sea de lo que conviene a sus propósitos.
Así han acabado por hacer de nuestra sociedad un inmenso patio de vecinos; una especie de “Gran Hermano” cuajado de problemas tras de los cuales surge inmediatamente la ocasión del aprovechamiento partidista en esta España politizada hasta la médula. Se tata de una especie de ciclo de realimentación en el que se configuran los problemas que pronto se politizarán respondiendo a un ambiente fruto a su vez de la polémica.
Podríamos aportar un buen catálogo de ejemplos que soportan esta impresión reconocida por contraste con la paz de los campos. Ahí tienen ustedes el caso del ébola. Miren ustedes que la cosa salió bien; tanto que el éxito obtenido podría ser vendido como motivo de orgullo nacional: de generosidad de nuestra gente y de buen funcionamiento de las instituciones. Pero desde el primer instante se lanzaron los medios al ataque: comentaristas de todos los programas y especialidades hincaron sus dientes en tan jugoso asunto, y con unas y oras cosas acabaron por crear un lío monumental favorecido por el hecho de tratarse de algo nuevo y de naturaleza sumamente peligrosa. Pero yo, de verdad, no me acabo de creer que toda España estuviera sobrecogida y temerosa, quizá porque rechazo la idea de que mis compatriotas puedan ser tan elementales como para que tal cosa ocurra, salvo – claro está – en el caso de los vecinos de la infectada por el virus.
Así que los primeros momentos de impacto mediático fueron explotados hasta la saciedad para crear un ambiente de confusión y miedo, que eso da pie para mucho y sobre todo vende bien. El resultado fue que no tardaría en inducirse la acostumbrada politización siguiendo las normas del manual, esto es, creando la clásica bola de nieve que amplificaría cada problema, existiera o no en la realidad, para hacerlo presente hasta en el último rincón del reino. La maniobra tuvo incluso las trazas de un sainete cuando vimos gente que se tiraba al suelo delante de los coches para impedir el sacrificio de un pobre perro señalado por el consejo de los facultativos. También se llegaría a la crucifixión mediática de un consejero por un comentario sin duda excesivo, inoportuno y desconsiderado, pero que demostró tener cierta base de realidad a juzgar por lo que dirían más tarde los propios médicos autores de la hazaña sanitaria. Y así fue todo hasta que oímos a la heroína de la historia, esa mujer generosa y valiente pero que, aun en la euforia de su salvación de una muerte anunciada, apuntaría a una posterior intervención de “sus abogados”. Porque he de decir que, quizá por no conocer a nadie de mi entorno que sienta la necesidad de ir por ahí acompañado de estos profesionales de las legislación, la cosa me extrañó hasta hacerme temer que al final acabemos pasando de la gozosa alegría compartida por todos los españoles a un nuevo motivo de discordia.
Y añadiría otro caso más: el conocido como del “Pequeño Nicolás”. Admito que se trata de de un hecho increíble que se presta al chiste y a las cábalas. Pero de eso a ser la comidilla de todos los españoles, sean éstos ricos o pobres, jóvenes o ancianos, existe un largo trecho. De pronto toda España empezó a hablar y hablar del tema, y el personaje se introdujo en todos los hogares españoles hasta el punto de que hoy no creo que haya un solo ciudadano de nuestro país que no conozca y haya comentado hasta la saciedad las venturas y desventuras del curioso imberbe; reacción excesiva aunque propia de un retablo de las maravillas como el nuestro; es decir, de un lugar en el que se hace más caso de lo nimio que de lo trascendente.
No me extrañaría que un asunto tan jocoso como éste sea convertido también en ocasión para sacar algún rédito político. Desde luego, la facilidad con la que el joven se movía y conseguía sacar dinero da pie para pensar que medrar en un mundo de apariencias como el nuestro no es tan difícil como a primera vista pudiera parecer, pero recordarán que un ex ministro socialista dijo en su día que España era el país de Europa en que más fácil resultaba hacerse rico. Ahora, al abrirse la veda de la corrupción, hemos comprendido bien por qué.
Bueno, pues dicho todo esto separo el oído de la radio y la vista de la televisión. Bajo también el volumen de mi móvil. Me desengancho, sí, de este entorno ficticio y recuerdo el cielo azul y los campos de Castilla, limpios y tersos, impolutos, silenciosos. Pienso que al fin y al cabo son mucho más mi “habitat” que las pantallas, las emisoras y las hipócritas redes sociales. Caigo en la cuenta de cuan falso y artificial es este mundo que nos tiene embobados y nos sumerge en una mescolanza de intereses económicos y políticos que acaba comiéndonos los sesos. Pienso que nos están creando entornos ficticios en los que entramos al trapo de lo que en ellos se nos ofrece cada día. Que los medios, entre los cuales incluyo las redes sociales, quieren ocupar nuestras frágiles mentes de ciudadanos aburridos por el quehacer diario inyectándonos las consabidas dosis diarias de contenidos muchas veces destructivos por estar politizados hasta sus últimos rincones. Y que toda esta realidad amañada acabará por hacernos olvidar las cosas esenciales atiborrándonos de estímulos subliminales y estúpidas consignas cocinadas por mentes interesadas y vulgares.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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