Por José María Arévalo

( Cristo crucificado expirando en la cruz, talla de Juan de Juni en una de las crujías del claustro) (*)
Ya anunciábamos una visita al convento de la Concepción del Carmen, en la ahora llamada Rondilla de Santa Teresa, que fundara la santa en nuestra ciudad, en el artículo del pasado 13 de Febrero que titulamos “Teresa de Jesús y Valladolid”, en el que dábamos cuenta de la exposición de ese mismo título en la Iglesia de las Francesas, en la que se pudieron ver más de 50 obras de museos, iglesias y conventos vallisoletanos, pero sobre todo de aquel que fue la cuarta fundación de la Santa. Decíamos que era una oportunidad única para ver las obras que de ordinario están en la clausura del convento y que éste se había quedado casi sin imágenes, “salvo, creo, el crucificado de Juan de Juni que se conserva en la iglesia”.
Un error mío éste, ya que el maravilloso Cristo de Juni no está en la iglesia del convento sino en el claustro, como pude comprobar incluso antes de la visita, en el libro ‘Tesoros del silencio’ del historiador Javier Burrieza, con fotografías de Francisco Javier Ruiz, estupenda guía recién publicada sobre el convento de la Concepción del Carmen, que nos sirve de apoyo para la visita al Convento y contársela a ustedes ahora. De este Cristo dice Burrieza: “En una de las crujías del claustro, se halla una magnífica talla de Juan de Juni, Cristo crucificado expirando en la cruz. Ponía de manifiesto el profesor Martín González que esta obra del escultor francés afincado en Valladolid ha permanecido oculta en la clausura, sin que los historiadores enfatizaran sobre un Crucificado que clama hacia el Padre, por el que se sentía abandonado. Martín González se atrevió a situado cronológicamente en la última década de la vida de Juni, hacia 1570, en el momento en que estaba realizando la Virgen de las Angustias de la célebre cofradía vallisoletana”.
“María Antonia Fernández del Hoyo –continúa-, última gran autoridad en Juni, piensa que la realización de esta imagen se debió al mecenazgo religioso y artístico de María de Mendoza, cliente de este maestro como prueba la imagen de san Segundo, patrón de Ávila -su hermano Álvaro era obispo de esta diócesis-, encargada para su ermita. Al corresponder a doña María el pago de la obra, no habría de aparecer ninguna referencia en los libros conventuales. La talla es una singularidad iconográfica. En la cruz, Cristo se encuentra vivo, con el dolor retenido en su cuerpo, sufriente pero sin rematar por los soldados. Juni disponía de un cuidadoso estudio anatómico. Son los instantes previos a la muerte. Su piel se caracteriza por una policromía pulimentada, de tono lechoso, a cuyo mantenimiento ha colaborado su conservación dentro de una vitrina en el citado claustro cerrado del Carmelo vallisoletano. El espectador se conmueve ante la contemplación de su rostro. El Cristo cercano que se siente abandonado y así lo expresa; con esa cercanía que favorecía la «conversación» de la que hablaba Santa Teresa”.

( El claustro del convento. Foto de Francisco Javier Ruiz en el libro ‘Tesoros del silencio’ del historiador Javier Burrieza) (*)
Así que con buen ánimo vamos a adentrarnos en el Convento, y como desde el 1 de Marzo ya han sido devueltas al mismo las imágenes de la exposición, las incluimos en el recorrido.
Mientras entramos en el llamado “compás” o patio de entrada, nos recuerdan que conmemoramos el quinto centenario del nacimiento de la santa, que recaló en Valladolid en el verano de 1568 (llegó al paraje del río de Olmos, cerca del hoy Cuatro de Marzo) para establecer aquí su cuarta fundación. Como reseñábamos en el artículo anterior, las muchas humedades del primer asentamiento llevaron a trasladarlo a las antiguas casas y huertas de Alonso Argüello, que fueron adquiridas por María de Mendoza a finales de 1568 para que en ellas quedara instalada definitivamente la fundación de Santa Teresa. Desde el 3 de febrero de 1569, el convento se encuentra en la que hoy es conocida como calle Rondilla de Santa Teresa. Además de la visita fundacional de Teresa de Jesús, prolongada desde agosto de 1568 hasta febrero de 1569, la presencia de la monja reformadora se volvió a repetir en cinco ocasiones, la última pocos días antes de su muerte.

( El retablo mayor de la iglesia del Convento. Foto en el libro ‘Tesoros del silencio’ del historiador Javier Burrieza) (*)
Y entramos primero en la pequeña iglesia, de orden dórico, de una sola nave en forma de cruz latina. El altar mayor está compuesto de dos cuerpos; el primero formado por cuatro columnas de orden corintio y el segundo por dos de orden compuesto.
En el presbiterio –explica el libro ‘Tesoros del silencio’ del historiador Javier Burrieza-encontramos el retablo mayor ensamblado en el primer cuarto del siglo XVII, en sustitución de uno anterior que contemplaremos en la sala capitular. Este nuevo fue costeado por los patronos, los condes de Ribadavia, como prueban los escudos que campan en la parte superior del mencionado retablo. Presenta un solo cuerpo y ático, con la habitual crucifixión, esta vez realizada en el siglo XVI y posiblemente aprovechada de un retablo anterior. En la parte inferior -el banco del retablo- podemos descubrir los bustos relicarios de los santos León, Martín, Fabián y Froilán -todos ellos recuerdan al taller de Pompeo Leoni en el monasterio de San Pablo-.
El cuerpo principal se encuentra presidido por la que es la advocación del convento, la Concepción del Carmen; es decir, la Inmaculada Concepción. Quizás no fue realizada por el maestro Gregorio Fernández, aunque sí pertenece a su taller y se hallaba instalada en 1639.
Las hornacinas laterales presentan dos advocaciones principales. A la izquierda, el patriarca San José con el Niño Jesús. Sabemos que Teresa de Jesús y su reforma contribuyeron a la popularización devocional de este santo y que la mayoría de sus fundaciones se encontraban dedicadas a él. Fue realizada por Gregorio Fernández en torno a 1623, después del grupo procesional de la cofradía de los niños expósitos de la parroquia de San Lorenzo, que sirvió como modelo.

( Copia del retrato que pintó fray Juan de la Miseria de Santa Teresa, y que probablemente se deba al mismo autor. Lo realizó en los últimos días de la madre Teresa en el convento de San José de Sevilla. “Dios te lo perdone fray Juan –le dijo-, que ya que me pintaste, me has pintado fea y legañosa” )
A la derecha, Santa Teresa de Jesús, tallada también por Gregorio Fernández para este convento en 1619; realizada entre su beatificación (1614) y canonización (1622). Por encima de uno y otro, se ubicaron dos bustos, de santa Cecilia y santa Úrsula. Muy posteriormente, como puerta del sagrario, se instaló un magnífico relieve en el que se representa el Entierro de Cristo, realizado en marfil, posiblemente, por un artista veneciano de finales del XVI.
Disponía el crucero –continúa Javier Burrieza-, antes de la reforma de ampliación de la reja del coro bajo, de dos retablos colaterales. El de la izquierda es el de San Juan de la Cruz, actualmente instalado en el coro bajo. Su pareja, a la derecha, alumbra a la Virgen del Carmen, ambas realizadas ya en 1639, siguiendo la estética y los modelos de Fernández. Los dos respondieron al momento de renovación de la iglesia con la colocación del retablo mayor.

( Celda de Santa Teresa. Foto de Francisco Javier Ruiz en el libro ‘Tesoros del silencio’ del historiador Javier Burrieza)
Enfrente de la puerta de entrada admiramos una Inmaculada Concepción, un cuadro de gran tamaño obsequio de las carmelitas italianas de Moncaller, más allá de Roma, entregado como limosna a esta casa y que, inicialmente, según el Inventario de Sacristía, estaba en 1717 en e! coro bajo «con un marco negro con cantoneras doradas»
La Capilla Mayor se halla separada del resto de la iglesia por una reja del primer tercio del siglo XVII. Así la nave acoge una serie de pinturas de diverso tema. Avanzando desde la mencionada reja encontramos una Oración del Huerto, un lienzo firmado en 1624 por el pintor Bartolomé de Cárdenas.
Junto a la Iglesia está el claustro principal del convento, es de planta cuadrada, y a continuación otro mas pequeño entre dos muros. El resto del conjunto, totalmente cerrado por una alta tapia de ladrillo y tapial, lo forman las huertas y otras dependencias.

( Locutorio)
Continuamos propiamente hacia el convento. La puerta de acceso está bajo la protección de una escultura en piedra de San José con el Niño, realizada en 1656, probablemente por el artista salmantino Juan Rodríguez.
A este zaguán, a modo de ventana, se abre una particular Capilla de las Reliquias, para que el público, sin acceder a la clausura, pueda contemplar algunos recuerdos personales, especialmente de Santa Teresa de Jesús. Entre ellos se encuentra el velo de la madre Teresa, un fragmento de su hábito recubierto por una malla de oro, realizada por la reina Margarita de Austria -esposa de Felipe Ill-; y algunas de sus cartas -otras muchas se conservan en el archivo, y el cilicio que había regalado a Francisco de Medina, prior de la Colegial de Medina del Campo: «tome hijo, que las carmelitas descalzas no tenemos otras dádivas que dar». A través de los sobrinos de este último -uno de ellos el carmelita fray Alonso de San José- vino a parar esta reliquia al convento de los frailes del Carmelo de Valladolid, depositándose en este de monjas tras la desamortización.

( Cristo en la Cruz. 1492. Obra de Alejo de Vahía, en el noviciado del Convento , tal como lo pudimos ver en la exposición de las Francesas) (*)
Es muy singular la pequeña imagen del Niño Jesús que regaló la fundadora, según la tradición, a la primera profesa de Valladolid, Ana de San José, conocido como el «Peregrinito», dotado de sus propios vestidos. Esta monja siempre lo tuvo en su celda, siendo conocidos en la vida comunitaria sus diálogos con él. Ana de Henao, que era como había sido bautizada, recibió el hábito en San José de Medina del Campo y se la trajo la madre Teresa a Valladolid, donde se pudo confesar con fray Juan de la Cruz. Su ingreso abría, el 2 de noviembre de 1569, el Libro de Profesiones de esta cuarta fundación.
Además, en este escaparate se expone el facsímil de la segunda redacción de Camino de Perfección, conservado el original en este convento; fragmentos del escapulario de san Juan de la Cruz, así como una de sus cartas.
Por este zaguán se accede a los locutorios, uno de ellos con la reja que se supone primitiva y colocada por la fundadora. Zaguán también desde el cual se utiliza el torno y por el que se accede, a través de la puerta reglar mencionada, a la clausura donde encontraremos la portería.
Ésta fue trasladada hasta este lugar hacia los años 1679-1680, desde su ubicación anterior en la calle de la Rondilla, haciéndose obras de acomodo del torno, pieza esencial en la vida conventual en su comunicación con el exterior. La hermana tornera debía tener muy en cuenta las palabras que dejó escritas la madre Teresa y que se hallaban dispuestas en la parte interior del mismo: «Las palabras de mis Descalzas, y más con seglares, han de ser breves y edificativas. Que huelan a humildad y penitencia. Humildes y retiradas quiero a mis Descalzas, no entretenidas y decidoras».

(Altar en la ermita de Santa Teresa, una de las tres con que cuenta el convento)
En este primer espacio de la clausura encontramos un lienzo, que llaman la «Inmaculada de la Portería». Los frailes y monjas del Carmelo habían dicho sí, en su apoyo, a la empresa teológica, de la orden seráfica primero, de la monarquía después: conseguir que el papa declarase como dogma la concepción inmacu]ada de María. A ello respondía la advocación de este convento. La excepción de Valladolid entre los Carmelos fue, posiblemente, una imposición de los patronos.
En el claustro se abre una ventana enrejada, enmarcada por una leyenda escrita en azulejos: «Asiéndose a esta reja Nuestra Santa Madre en una ocasión que no se tañó con puntualidad la campana, dijo con severidad: Si viviendo yo se hace esto, qué será después de muerta». Aquellas palabras contundentes, como era ella, salieron de una celda que después se puede visitar.
En cada una de las esquinas del claustro se reparten, desde 1600, escenas de la Pasión como ocurrirá por tantos lugares del convento; así como de la historia legendaria de la orden del Carmelo o de San José. En medio del patio, además de un brocal de pozo de gran circunferencia, se yergue un ciprés que, puntiagudo, rompe cada mañana la horizontalidad del cielo de Valladolid, cuando el día se abre y amanece. Ya hemos explicado cómo, en una de las crujías del claustro, se halla la magnífica talla de Juan de Juni, de Cristo crucificado expirando en la cruz.
También en el convento es pieza esencial de la vida comunitaria el Coro bajo. En él se encuentra ahora el ya mencionado y desplazado retablo de San Juan de la Cruz, realizado por discípulos de Gregorio Fernández. Delante de él, la silla de la priora, la antigua silla de la Santa Madre, antaño sencillísima y hoy enriquecida desde 1700 por cuenta del Duque de Aveiro.
En el mismo coro, La Piedad, dolorosa y llorosa con un Cristo muerto, obra de aquel místico de los pinceles, que llamaron «el Divino», Luis Morales, además de un Ecce Homo. “Un hombre misterioso en estos gestos, requerido y popularizado por su estilo, lo que le obligó a disponer de un taller para atender la amplia demanda”.
Después de su muerte en 1777, la novena marquesa de Camarasa, Isabel Rosa de los Cobas y Luna, entregó a estas monjas «una santa imagen de un santo Ecce-Homo a la columna, muy devota, que se colocó en el coro bajo en un nicho en el coro de la prelada -¿podría tratarse de la imagen de Gregorio Fernández?- y un cuadro de Nuestra Señora de los Dolores con su marco dorado, que está en el mesmo lado del Señor -podría tratarse de la obra de Luis Morales-«.
Disponen, además, en la sacristía, de una custodia realizada en plata sobre dorada y adornada con pedrería, que había sido donada por los patronos del convento, ejecutada en el siglo XVIII por el platero madrileño Antonio López Palomino.
El noviciado, donde se encuentra el Cristo crucificado de Alejo de Vahía que pudimos ver en la exposición de las Francesas; el refectorio; el coro alto; los pabellones de las celdas; la enfermería; la huerta y finalmente tres ermitas que se conocen como del Cristo, de Nuestra Señora del Carmen y de Santa Teresa, completan el convento para ver el cual se ha facilitado un recorrido especial que se puede completar –para lo reservado a clausura- con el libro del profesor Burrieza, como hemos hecho nosotros. Una visita llena de religiosidad, historia y arte que vale la pena no perderse este año del jubileo teresiano.
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(*) Para ver las fotos que ilustran este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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