Apócrifo III. 38. Impresionante descubrimiento

Por Carlos de Bustamante

( La Eucaristía. Tríptico de los siete sacramentos. 1445. Oleo sobre tabla de Rogier de la Pasture van der Weyden en el Koninklijk Museum de Amberes. Pintura.aut.org) (*)

Una cosa fue lo asombroso, y otra lo terrible. Se me había descubierto, sí, una parte del velo. Lo realmente asombroso: el prodigio inimaginable. Pero ¿y las palabras con que Jesús terminó la Transustanciación? Eso es lo terrible: “Que será entregado por vosotros”. “Que será derramada para la remisión de los pecados”. Dijo claramente que su Cuerpo iba ser entregado y su Sangre derramada. ¿Qué significaba esto? No me lo podía creer. Acudí a mi Ama y Señora. Acudí, pues, a mi Madre.

Decididamente en las miradas de mis dos grandes amores había escrito lo que ningún amanuense sería capaz nunca de escribir. Ni lector alguno que no pudiera comprender el alcance de la lectura. En los ojos bellísimos de mi Ama y Señora, en la mirada de mi Madre vi dolor. Sereno y fuerte. Nunca habría dolor comparable a su dolor. Ni Amor. Aceptación plena de la voluntad de su Hijo, Iahveh, Cristo, el Mesías, Jesucristo. El que, poco antes y al finalizar la cena Pascual nos había hecho gustar el prodigio de su Cuerpo “que sería entregado por nosotros” y el Cáliz con su preciosísima Sangre “que sería derramada por nosotros para remisión de los pecados”.

Sobrecogido Tarsicio cuando le hizo la pregunta, vio en la mirada de Myriam toda una vida como en una impresionante película.

Vi mis pecados primero: tantos de soberbia vanidosa; tantos de orgullo y avaricia; de presunción en la creencia de ser más y mejor que los demás; de ansias de poder y riqueza si pasase de esclavito negro e inútil a poderoso y blanco; de odio a los que a mi juicio obraron mal; de intransigencia por los defectos de los demás, escribas y fariseos -¡hipócritas!- sobre todo; de complejo de inferioridad en comparación con los discípulos de Mi amo y Señor; o de superioridad por la mayor antigüedad de mis conocimientos sobre Su Persona.

De vanidad, en fin, por contar como nadie con la amistad del dueño y señor de todo lo creado. Y aunque en último término, no por ello sin importancia, por mi sensualidad; cuando todo lo que me rodeaba desde el principio era pureza y castidad sumas.

Sentí dolor y pena inmensos. Y me sentí tan culpable de cuanto vi en la mirada de Myriam, que no hicieron falta palabras. Comprendí de golpe lo que Jesús dijo de forma confidencial a los suyos: “No hay amor tan grande como el que da su Vida por sus amigos”.

El velo se descorrió por completo. Lo vi y entendí todo tan claro que fue preciso el beso de mi Madre, para mitigar mi pena culpable.

Ahora, si existe el pecado de rebeldía, lo cometí del todo por quien fuera capaz de
llevar a cabo el horror anunciado. No me lo podía casi creer, pero pocas interpretaciones tenían las palabras de mi Amigo que no fueran el anuncio de la gran misión para lo que vino al mundo. Asustado, pues. Junto a mi Madre, menos.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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