Memoria histórica aquí mismo

Por Javier Pardo de Santayana

( Viñeta de Nieto en El Norte de Castilla el pasado día 15 de julio) (*)

Montehano es una referencia necesaria en una vuelta de horizonte desde el pueblo marinero de Santoña. Dentro de una perspectiva como de visión cinemascópica en donde el primer plano está ocupado por las aguas habitualmente en calma que comparten la condición del río y del océano y en que la augusta presencia de los montes cántabros traza la línea del fondo más lejano, Montehano destaca como una referencia necesaria en la marisma circundante.

Hace algún tiempo que este monte volvió a su condición antigua abriendo diques hasta ahogar las plantaciones arbóreas que añadiera el hombre en la tierra que había ganado al mar, y las aguas han vuelto a lamer el monasterio, lugar santo de oración y de meditación para los frailes franciscanos al que acuden regularmente paisanos de Santoña y de Cicero, los dos pueblos más próximos. También sufrió otro importante cambio hace ya tiempo, y el viejo suelo de madera fue sustituido por otro más moderno; incluso el altar cambiaría de emplazamiento. Entonces mi primera mirada al ver el templo remozado fue para buscar dos lápidas históricas; la primera señalaba el lugar ocupado por los restos de la madre de don Juan de Austria, doña Bárbara de Blomberg, a la que el destino condujo a aquel lugar de España. Y allí seguía más o menos en el mismo sitio.

Inmediatamente busqué una segunda lápida grabada en mi memoria que si mal no recuerdo se encontraba en un lienzo lateral del templo. No estaba allí. Como comprenderán ustedes, mi primer pensamiento fue suponer que la sectaria aplicación de la ley de la ”memoria histórica” ya había llegado allí, porque se refería a dos miembros de la comunidad asesinados el año 36: Miguel de Grajal y Diego de Guadilla, dos capuchinos franciscanos; el primero, formado en Roma, el segundo un lego cuyos problemas de visión le había impedido los estudios. Pero, afortunadamente, lo que habían hecho era cambiarla de lugar y situarla en un lugar más importante, esto es, en posición central. “Martirizados en 1936 – beatificados en 2013” decía la lápida. Y díganme ustedes qué mal habían hecho aquellos dos humildes frailes sino ser firmes en su fe y hacer el bien en imitación de su Maestro. Yo evocaría entonces el viaje de Valladolid a Santander con mi familia para encontrarnos con varios parientes recién liberados. Tenía solamente cuatro años, pero aún recuerdo que uno de ellos, muchacho muy joven, había permanecido oculto a la manera de Ana Frank en una casa amiga para evitar ser localizado. También recuerdo la descarada suciedad con que dejaron la vieja casona familiar de mis predecesores; aquellos hediondos trapos negros arrojados por las escaleras y utilizados para ciertos menesteres.

Mi última visita al viejo monasterio de Montehano ha sido este año mismo con motivo de la fiesta conocida como de la Porciúncula. En ella pude constatar que el recuerdo de dos hombres cuya fe les permitió afrontar aquella muerte estúpida sin dar un paso atrás aún permanece vivo en la memoria de los montañeses aunque ahora nuevos sayones parezcan dispuestos a repetir la suerte. Ya hemos visto cómo la “memoria histórica” ha renovado aquellos viejos odios y la disposición para iniciar de muevo sus andanzas; de volver incluso a hacer arder los templos. Y, ya puestos, porqué no a abandonar quizás en la cuneta los cadáveres – pongamos, de los coadjutores parroquiales – como el de aquel pariente de mi yerno al que siguió, por si aquello fuera poco, la eliminación sin más de toda la familia a golpe de ametralladora desde la torre de la iglesia en Puertollano. Que todo esto hemos visto en nuestros lares.

Más no hay que irse tan lejos, pues sólo hace un par de años – quizá menos – también aquí en la Montaña, esta vez en las proximidades de Beranga, acompañamos a una amiga y vecina de Cicero a la misa anual que se celebra en la entrañable ermita de Jesús del Monte. Mi primera sorpresa fue ver que aquel Jesús que todos suponíamos como Jesús Crucificado era en realidad un entrañable Jesús Niño. La segunda fue encontrar en una de las fachadas de la ermita una gran lápida en recuerdo de la matanza que se perpetró en aquel lugar preciso. Nuestra acompañante, nacida en el referido pueblo, nos ilustró acerca del suceso en el que asesinaron, entre otros, a un viejo sacerdote de ochenta y tantos años. Nos refirió que, habiendo su padre aconsejado al jefe de estación que no hiciera caso de la invitación que para acompañarles le habían formulado los muchachos de una camioneta que apareció en aquel paraje, y habiendo sucumbido el funcionario a la insistencia de éstos tras esperar a que pasara el último tren de la jornada, la historia terminó con una nueva muerte que se uniría a la del viejo sacerdote y a otras muchas desgraciadas víctimas. Todo esto que les cuento, como el martirio de los dos hermanos franciscanos, en unos mismos días y a una distancia de muy pocos kilómetros.

Esto sí, digo yo, es memoria histórica, o sea serio recuerdo sufrido y vivido – y ahora revivido sin habérmelo propuesto – que yo no habría evocado si no nos martirizasen día tras día quitando placas de las calles y clasificando a ciertos españoles dignos como si fueran delincuentes, casi siempre con muestras de no tener conocimiento de la historia sino a través de la clásica agitprop.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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