Por Carlos de Bustamante

( Acuarela de Xiao Hui en Facebook) (*)
Desde tiempo inmemorial, el hombre ha tenido en gran estima pertenecer a una familia; mejor, cuanto de más esclarecido linaje. Incluso hubo pueblos como el hebreo en los que los datos genealógicos se llevaron con meticulosidad extrema. Tanto más cuanto más importante fuera la familia en cuestión.
Así, por ejemplo, en espera del Mesías prometido, desde casi el principio de los tiempos se anotó cuidadosamente la ascendencia y descendencia del rey David, de cuya familia nacería el que se creía libertador de Israel y todo el pueblo judío del yugo romano.
Esta espera, tan deseada, hizo que Belén, pueblo sin mayor importancia que ser el del nacimiento en él de David, tuviera luego importancia capital para toda la cristiandad. De Belén estaba escrito: “Y tú, Bethlehem, de tierra de Judá, No eres muy pequeña entre los príncipes de Judá; Porque de ti saldrá un guiador, que apacentará á mi pueblo Israel”.
Ergo ya desde cientos de años antes, era de común conocimiento que en Belén nacería el “Guiador” (Libertador) de los judíos. ¿Cómo no esperarle, pues, con ansiedad y anotar al detalle la genealogía del altísimo personaje? Genealogía insuperable que culmina en José, María, o ambos; motivo por el que hubieron de empadronarse en Belén por orden de Cesar Augusto.
De la misma forma que al atardecer de nuestros días es frecuente el afán de escribir “mis memorias”, también lo es buscar la genealogía del apellido. O rememorando a San Josemaría: “¡Cómo gusta a los hombres que les recuerden su parentesco con personajes de la literatura, de la política, de la milicia, de la Iglesia!…”
Una vez “metidos en harina” – en la del costal de mis últimos artículos sobre “Afectos y sentimientos” (1, 2, 3, 4, 5…), creo oportuno incluir este artículo para nuestro blog lo que sigue. Espero que no les resulte excesivamente “pío”, sino aclaratorio de un concepto tan fundamental para un cristiano corriente y moliente de nuestros días. Son ideas o párrafos textuales de don Francisco Fernández Carvajal en el tomo correspondiente de “Hablar con Dios” referido al pasado tiempo de Navidad.
“A todos los que le recibieron (a Jesucristo) les dio poder para ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre, que no han nacido de la sangre, ni de la voluntad de la carne, ni del querer del hombre, sino de Dios”, nos dice San Juan en el Evangelio de la Misa de uno de estos días pasados. Dios Padre nos predestinó para adoptarnos como hijos por Jesucristo, según el propósito de su voluntad.
Dios nos hace hijos suyos. Nunca acabaremos de comprender y de estimar suficientemente este don inefable. ¡Hijos de Dios! “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues lo somos realmente. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos…”
Cuando decimos: «yo soy hijo de Dios», no estamos expresando una metáfora, ni es un modo piadoso de hablar. Somos hijos.
Si la generación humana da como resultado la «paternidad» y la «filiación», de modo semejante aquellos que han sido «engendrados por Dios» son realmente hijos suyos. Esta realidad incomparable tiene lugar en el Bautismo, donde, gracias a la Pasión y Resurrección de Cristo, tiene lugar el nacimiento a una vida nueva, que antes no existía. Ha surgido una nueva criatura, por lo cual el recién bautizado se llama y es realmente «hijo de Dios».
El considerar la adopción aquí en la tierra (el nuevo padre no le da vida alguna al hijo, aunque sí su nombre, derechos de herencia, etc.), podría llevar a algunos a confundir la verdadera realidad de nuestra filiación: somos hijos de Dios porque la vida de Dios corre por nuestra alma en gracia. «Designar al cristiano como hijo de Dios no es una simple imagen que evoca la protección o vigilancia paternal que Dios ejerce a su respecto, sino que hay que entenderlo rigurosamente, en el mismo sentido en el que se dice de cualquiera: es hijo de tal persona (…). Por la generación, un nuevo hombre llega a la existencia; así como el animal engendra a un animal de su especie, también el hombre engendra a otro hombre, semejante a él. A menudo la semejanza es grande, y la gente se complace en reconocer que tal niño se parece mucho a su padre: en las facciones, en el porte, en el modo de mirar y de hablar… Pues bien, el cristiano nace de Dios, es hijo suyo en el sentido real, por lo cual debe parecerse a su Padre del Cielo; su condición de hijo consistirá precisamente en participar de la misma naturaleza que Él. Aquí se sitúan las palabras de nuestro primer Papa: “participantes de la naturaleza divina, que significan algo más que una analogía, más que una semejanza o parentesco, pues implican una elevación y transformación de la naturaleza humana: la posesión de aquello que es propio del ser divino. El cristiano entra en un mundo superior (sobrenatural), que está por encima de la naturaleza original: el mundo de Dios”.
«Cuando oréis habéis de decir: Padre…». Más claro agua ¿no? Y para finalizar, acudo nuevamente a San Josemaría:
Al vivir con sentido de hijos de Dios aprendemos a tratar a nuestros hermanos los hombres. «Nuestro Señor ha venido a traer la paz, la buena nueva, la vida, a todos los hombres. No solo a los ricos, ni solo a los pobres. No solo a los sabios, ni solo a los ingenuos. A todos. A los hermanos, que hermanos somos, pues somos hijos de un mismo Padre Dios. No hay, pues, más que una raza: la raza de los hijos de Dios. No hay más que un color: el color de los hijos de Dios. Y no hay más que una lengua: esa que habla al corazón y a la cabeza, sin ruido de palabras, pero dándonos a conocer a Dios y haciendo que nos amemos los unos a los otros». El sabernos hijos de Dios nos enseña a comportarnos de modo sereno ante los acontecimientos, por duros que puedan parecernos. Nuestra vida se convierte en un activo abandono de hijos que confían plenamente en la bondad de un Padre a quien, además, están sometidos todos los poderes de la creación…”
No he de terminar sin una nueva cita del “santo de lo ordinario”, que es altamente significativa de esta genealogía insuperable: “Padre —me decía aquel muchachote (¿qué habrá sido de él?), buen estudiante de la Central—, pensaba en lo que usted me dijo… ¡que soy hijo de Dios!, y me sorprendí por la calle, ‘engallado’ el cuerpo y soberbio por dentro… ¡Hijo de Dios!».
-Le aconsejé, con segura conciencia, fomentar la «soberbia».
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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