Por Javier Pardo de Santayana

( Azaleas en un jardín portugués. Acuarela de Ella du Cane en artimannias.blogspot.com) (*)
“Sol” es su nombre. Me refiero a una perrita de menos de tres meses. Nació de una camada de ocho, de los que siete fueron hembras. La perrita es andaluza – nada menos que de Jerez de la Frontera – y tiene una hermana a la que mi mujer bautizó con el nombre de “Maca” por Macarena. Ambas son parte ya de mi familia. Se trata de dos buenos ejemplares de la raza Teckel: Maca es muy oscura y larga, de cara afilada y pelo blando, mientras que “Sol” es bastante más grande y con un pelo más hirsuto con algunos toques claros. También tiene unas zarpas como calcetines que destacan por su buen tamaño.
Las dos hermanas pasan el día juntas peleando pero sin hacerse daño. Pelean y pelean para tumbarse y dormir luego largas horas en las posturas más extrañas: con la cabeza colgando hacia atrás y la barriguita mirando al cielo, por ejemplo. Cuando alguno de nosotros aparece en escena, las dos acuden enseguida para meterse entre las piernas y lamernos sin parar los pies, mientras que si las cogemos en los brazos no dejarán de intentar darnos besos en la cara. Ahora las dos están pasando unos días con nosotros aquí en Cantabria, porque se habían quedado con nuestro hijo en Guadalajara, de donde las trajo hace unos días.
Pues bien, al bajar ayer del cuarto donde duermen, “Sol” tropezó para acabar rodando como una croqueta por las escaleras. No parecía cosa de importancia, pero a poco de esto empezamos a observar en ella algunos comportamientos preocupantes: se había tumbado en un sofá y permanecía como amodorrada sin moverse ni tan siquiera a instancias de su hermana. Luego, al bajarla del sofá y hacerla algunas pruebas para comprobar sus movimientos, veríamos preocupados cómo perdía el equilibrio de sus patas traseras y al intentar andar caía torpemente sobre su costado. Incluso su cabeza mostraba signos de cierto descontrol, así que la tumbamos nuevamente y buscamos el teléfono de una clínica o de un hospital veterinario. Pero era domingo, así que recurrimos a un servicio de guardia de las proximidades. Mientras tanto, “Sol” se iba quedando fría y su mirada perdida desvariaba. Entonces, por primera vez en cuarenta y tantos años, vi llorar a mi mujer. “Se está muriendo” dijo.
De guardia estaba una veterinaria de rostro aniñado y corazón amante de los animales. Pero, como ustedes verán, también con un ojo clínico excelente. Afortunadamente “Sol” no tenía nada roto en su esqueleto según se pudo ver en las radiografías; por otra parte, en los análisis tampoco se encontraría nada que pudiera ser causa del problema. Entonces la veterinaria nos hizo una pregunta inesperada: “¿No tendrán ustedes en su casa una planta de marihuana o algo parecido?” Porque, por lo visto, los síntomas parecían propios de los efectos de una droga a no ser que procedieran de un fuerte golpe en la cabeza, lo que tampoco se podría descartar teniendo en cuenta la caída que sufrió la perra por las escaleras.
Entonces mi mujer cayó en la cuenta de que esa misma mañana había intervenido activamente para evitar que la perrita se tragara las hojas y los palitroques de una planta de flor que estaba totalmente seca en nuestro porche y con la que la encontró jugando. “¿Que tipo de planta era?” preguntó la veterinaria. Mi mujer se puso a pensar y dio con la palabra. “Creo que era una azalea” contestó. Y la veterinaria se fue a su libro para consultarlo.
Como ustedes probablemente saben, la azalea es una flor bellísima. Alguno de los estados norteamericanos las exhiben anualmente; recuerdo que en uno de ellos designan incluso una reina de las fiestas de su nombre. Y cuando vivíamos en Bélgica, en el Palacio de Laeken tuvimos ocasión de presenciar el espectáculo de sus colores y sus formas: una maravilla de la naturaleza expuesta al público. Pues bien, al leer los efectos que su ingestión produce, nuestra gentil veterinaria descubriría que éstos eran uno por uno, exactamente, aquellos que nuestra pequeña “Sol” mostraba. Sólo quedaba por ver si se podía descartar o no la posibilidad del golpe. Así que sometería a “Sol” a una limpieza a base de suero en vena y esperaría resultados de los que nos tendría al tanto por la tarde
Llamada unos horas más tarde: parece que la cosa marcha bien aunque convendrá esperar algunas horas más porque aún se la va un poco la cabeza. Y segunda llamada algo después: ya podíamos recoger a nuestra enferma, pues la moribunda había resucitado: ya no sólo se tenía en pie, sino que corría y brincaba como siempre. Se trataba, en efecto, de un envenenamiento a causa de la ingesta de unas hojas secas de azalea, y el golpe de la caída por las escaleras no había pasado de ser un accidente propio de su carácter juguetón e inquieto.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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