Jesús Urrea: La formación artística de Carlos III

Por José María Arévalo

( Carlos III con unos diez años de edad. Cuadro de Jean Ranc) (*)

La Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción ha dedicado un ciclo cultural a Carlos III, al finalizar el año del tercer centenario de su nacimiento. La Academia vallisoletana se constituyó en 1779 y fue admitida por Carlos III (1716-1788) bajo su protección en 1783. Del 23 al 26 del pasado mes de enero rindió homenaje a su mentor con un ciclo de conferencias y un concierto en su sala de la Casa de Cervantes. La primera corrió a cargo de Jesús Urrea, que la dedicó a “La formación artística de don Carlos de Borbón”, con una disertación llena de anécdotas. Carlos de Borbón fue un enamorado de su mujer, María Amalia de Sajonia, con la que tuvo trece hijos, y le fue fiel incluso ya viudo.

Carlos sirvió a la política familiar como una pieza en la lucha por recuperar la influencia española en Italia: heredó inicialmente de su madre los ducados de Parma, Piacenza y Toscana (1731); pero más tarde, al conquistar Nápoles Felipe V en el curso de la Guerra de Sucesión de Polonia (1733-35), pasó a ser rey de aquel territorio con el nombre de Carlos VII, o más bien como el de Carlos de Borbón, como le llamaron los napolitanos. La muerte sin descendencia de Fernando VI, hizo recaer en Carlos la Corona de España, que pasó a ocupar en 1759, dejando el Trono de Nápoles a su tercer hijo, Fernando IV.

En su amena conferencia, el profesor Urrea comenzó explicando los primeros años de don Carlos, tercer hijo de Felipe V, primero que tuvo con su segunda mujer, Isabel de Farnesio, por lo que fue su hermanastro Fernando VI, quien sucedió a su padre en el Trono español. Fueron responsables del infante un grupo de hombres a cargo de Francisco María Spínola y Spínola, duque de San Pedro. Poco más se sabe, que tuvo un profesor de dibujo y que se aficionó a éste. En 1729, se trasladó a Sevilla junto con su padre, y allí comienzan sus aficiones, sobre todo a la caza, pero también a las armas y a las fortificaciones militares.

Desde Sevilla, e impulsado por su esposa, Felipe V puso en marcha un plan para asegurar la sucesión de su hijo en los territorios heredados por Carlos de su madre, Isabel de Farnesio, los ducados de Parma y Florencia y el reino de Nápoles y Sicilia, firmando el Tratado de Sevilla con Inglaterra y Francia. Sin embargo, a la muerte del duque de Parma, el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico Carlos VI invadió esos territorios y Felipe V, al no recibir apoyo de las dos potencias, amenazó con declarar la guerra por su cuenta. En 1731, el Imperio Romano Germánico se adhirió al Tratado de Sevilla y Carlos III, con 15 años, abandonó Andalucía rumbo a Italia para ocupar sus plazas.

Felipe V firma el Tratado del Escorial, Primer Pacto de Familia, con el que España abandonó su pretensión polaca y decidió aliarse con Francia para luchar contra el Imperio Romano Germánico a cambio de la ayuda de Francia en su campaña contra Nápoles y Sicilia, bajo el control austríaco, y para conseguir Gibraltar. La guerra en Italia se ganó, y el 10 de mayo de 1734 el infante don Carlos ordenó proclamar rey a su padre, sin embargo Felipe V cedió Nápoles y Sicilia a su hijo. Carlos fue rey de Nápoles, muy querido por sus súbditos que veían así reconocido el reino, de 1734 a 1759.

Aunque tuvo una educación privilegiada, una formación superior a la de sus contemporáneos y a que fomentó los patrocinios y es padre de la arqueología de Pompeya y Herculano y un claro protector del patrimonio, lo cierto es que su gran pasión era la cinegética y también la guerra, para la que promovió la fabricación de armas de calidad. Señala el profesor Urrea que Carlos de Borbón no era un amante de la música y el teatro, pero en su favor enumera la lista de grandes obras arquitectónicas levantadas por su iniciativa, muchas de ellas palacios, o casinos y residencias campestres, casi siempre ligadas a la caza o al ocio real. Le atrajo la arquitectura y tuvo vocación de constructor, si bien siguiendo la escuela de edificios simbólicos y utilitarios que aprendió en Italia. «Carlos III utilizó la arquitectura para transmitir una idea novedosa de la monarquía». Una idea poderosa y reformadora de la monarquía napolitana, para lo que se rodeó de una corte de artistas, pintores, miniaturistas y decoradores que trabajaban a su servicio, aunque entre ellos no están los grandes artistas de la época.

Como ejemplo de su sensibilidad respecto al patrimonio cultural recuerda que a la muerte de Fernando VI, su antecesor en la corona, «podía haber traído a España la formidable colección de arte de los Farnesio y, sin embargo, decidió que se quedara en Nápoles».

El interés del monarca por la caza le llevó a crear una serie de sitios reales en los alrededores de Nápoles, como los Palacios de Capo Di Monte y de Portici así como construcciones monumentales que han llevado a definirle como un rey absolutista pero también benéfico gracias a la creación de hospicios y fábricas como la de Tapices de Nápoles, la de Porcelana de Capo Di Monte, la imprenta Real o la Fábrica de Armas, una serie de instituciones que convirtieron la capital en uno de los centros culturales más importantes de Europa.

Carlos III fue, al decir del historiador de la Universidad de Valladolid, -recoge la reseña de El Norte de Castilla- «un rey curioso, que potenció los descubrimientos arqueológicos –a él se debe la exploración de los yacimientos de Pompeya y Herculano–, que ocupó la corona de España desde 1759 hasta su fallecimiento en 1788». Recordó que a nuestro país intentó trasladar su experiencia napolitana con más medios y ambición, porque contaba con los recursos procedentes de las Indias. «Las construcciones militares y civiles que se llevan a cabo en Madrid y en América se deben a él o se completan bajo su mandato, al igual que la reorganización del Ejército. El nuevo estado que había soñado Felipe V lo desarrolla, amplía y magnifica Carlos III y para plasmar su afán reformador en España se supo rodear de sabios, lo que indica que no era un tonto».

Entre esos consejeros citó a Bernardo Tanucci, jurista al que puso al frente de la cartera de Justicia en un principio y después situó en Asuntos Exteriores, Esquilache como ministro de Hacienda, Floridablanca o Antonio Ponz, que escribió ‘Viaje de España’ con el deseo ilustrado de ser útil y contribuir a la reforma. Todos ellos personajes que encarnan «perfectamente» el cambio que entonces se buscaba de romper con el mundo del barroco, «ya gastado y superado por la aceptación de nuevos cánones y formas de vida, reflejo de una mentalidad que comparten el monarca e ilustrados como Jovellanos».

Ese afán reformador del rey lo vincula Urrea con la influencia de «una formación de calidad, era curioso y preocupado por lo que le rodeaba y no solo dedicado a la caza, como se ha querido hacer ver; tenía su criterio y lo aplicaba». Concluyó el presidente de la Purísima su disertación conceptuando el reinado de Carlos III como «uno de los más apasionantes de la historia de España, de primera magnitud». ¿Hasta dónde impregnó al país de su afán reformador? El historiador sostiene que ese impulso lo frenó la revolución francesa y lo acabó de truncar Fernando VII. «Faltó la continuidad del heredero, pues Carlos IV no tenía el fuste político de su padre».

En próximos artículos reseñaremos las otras dos conferencias organizadas por la Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción la del académico de la Historia y catedrático de la UNED Luis Ribot sobre ‘Carlos III en Italia’, y ‘Carlos III y la arquitectura de Juan de Villanueva’, que pronunció el catedrático de la Escuela de Arquitectura Carlos Montes. Cerró el ciclo el pianista Diego Fernández Magdaleno con un concierto titulado ‘Música para Carlos III’ en el que interpretó piezas compuestas en el reinado del monarca y otras contemporáneas creadas en homenaje Carlos III, con obras de Pedro Aizpurua, Leonard Bernstein, Moisès Bertran, Jordi Cervelló, Carme Fernández-Vidal, Francisco García Álvarez, Philip Glass, Guillermo Iriarte, Edward Ivory, Elena Martín, Stephen Montague, María Ortiz, Jean Sibelius, Howard Skempton y Mateo Soto.


(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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