El tiempo entre las sábanas

Por Javier Pardo de Santayana

( Andamiaje nocturno. Acuarela de Noemí González en amantesdelaacuarela. blogspot.com..56 x 76) (*)

Usted lo sabe, pero supongo que, como suele suceder con tantas cosas de la vida, quizá no la haya llegado a valorar como merece. Me refiero hoy a la curiosa circunstancia de que usted mismo – si, usted mismo – haya pasado durmiendo una tercera parte de su vida.

Y gracias a Dios así ha sido, pues debido a ello ha descansado, y esto a su vez le ha permitido nada menos que seguir viviendo. Pero, aun siendo esto importante para el ser humano, no deja de ser algo verdaderamente sorprendente, porque durante el tiempo que empleamos durmiendo en nuestras camas permanecemos en un estado de semi inconsciencia; situación ésta tan curiosa como difícil de explicar por ser “anómala”. Y no será preciso el explicar por qué teniendo en cuento que se trata de un tiempo que pasamos con nuestras facultades reducidas, o, si usted quiere, casi anuladas en la práctica. Esto ocurre con el movimiento, con la acción, y con el pensamiento, que no es poco. O sea que, mientras sucede, uno no es “uno mismo” sino otra cosa diferente.

Además se trata de algo intermitente, pues no se queda uno así ya para siempre sino que recupera “la normalidad” horas más tarde. Y aún cabe añadir que ésta situación tampoco se mantiene luego de forma definitiva, ya que, como suele decirse, pronto volverá a no “estar uno para nada“, que es lo que en realidad ocurre. Cierto es se percibirán de cuando en cuando imágenes, y habrá una cierta lógica de pensamiento, pero todo estará en el mundo de lo absurdo; a la manera de las copias falsas: como impresiones fabricadas con retales.

Quiero decir con esto que vivir de verdad – es decir, en plenitud, como se espera de un ser inteligente – uno lo hace, sí a lo largo de su vida, pero bastantes menos años de los oficialmente declarados en curriculum. Por ejemplo, yo mismo tengo ochenta y cinco; mas descontadas las horas de sueño y de ronquido paso a contabilizar tan sólo los cincuenta y siete. Y es que los restantes años transcurridos nos sirven sólo a la manera del tiempo utilizado para cargar de cuando en cuando nuestro móvil.

Por eso espero que comprendan el porqué de mi profunda confusión de ahora cuando me miro al espejo del cuarto de baño y, aun estando todavía en buena forma, veo que mi apariencia no responde al tiempo que he vivido una vez descontadas las horas de mi sueño. Y no todos son signos positivos: por ejemplo, nuestra esperanza de vida se ha ampliado de tal forma que andamos ya por los ochenta – que es un logro – mas si tenemos en cuenta lo ya dicho, el censo caería hasta una cifra bastante más modesta: tanto que se nos igualaría con la que exhiben bastantes países africanos. Mientras que la que a éstos correspondería podría quedar solo en treinta y tantos.

Curiosamente, estas ideas peregrinas – que hoy someto al juicio de mis “improbables” – me surgieron yendo con mi mujer una vez más a Mercadona. Y se preguntarán por qué. Pues porque en el trance de la compra caí en la cuenta de que no pasa un solo día sin pasar por el supermercado. Así que si calculo la acumulación del tiempo que empleamos empujando el carrito y rellenando bolsas, pasando las compra por el código de rayas y cargando y trasegando los productos que hemos elegido hasta situarlos ordenadamente en la nevera y los estantes respectivos, tenemos la impresión de haber pasado en ello media vida.

Y podríamos hablar también, en términos científicos, sobre el escaso tiempo que nos queda – teniendo en cuenta todas estas cosas – para disfrutar de lo que yo llamo con frecuencia “el regalo del tiempo”: el que nos queda para disfrutar sabia y cumplidamente de la vida que de verdad nos queda disponible.

Así que habrá que ver cómo nos apañamos para aprovechar nuestro precioso tiempo de descuento teniendo en cuenta que gran parte de la vida se nos va, según parece, roncando entre las sábanas o empujando carritos de la compra.


(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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