Tierra Santa.6. El Muro de las Lamentaciones, el Cenáculo

Por José María Arévalo

( La ciudad Vieja de Jerusalén en la actualidad) (*)

Ya a mitad de la semana de nuestra estancia en Tierra Santa – que, como venimos diciendo, recorrimos viajando desde Saxum, Centro de Interpretación del camino de Emaús y residencia que ha abierto el Opus Dei recientemente- el cuarto día lo dedicamos a ver el Muro de las Lamentaciones y la explanada de las mezquitas que ocupan lo que fuera el Templo de Jerusalén, el Cenáculo – casa de la última cena de Jesús con los apóstoles- y la Basílica de la Dormición de la Virgen. Oimos Misa en el Cenacolino, contiguo a ésta última.

Por más que todo el mundo pondera la belleza de la Cúpula de la Roca, me resultó desoladora la vista de la explanada de las mezquitas dominada por aquella, pensando que todo aquel enorme espacio lo ocupaba, en tiempos del Señor, el Templo que construyera Salomón sobre la roca donde iba a sacrificar Abrahán a su hijo –donde estaba el Sancta sanctórum-. No entendía cómo los judíos pueden soportar esa ocupación hasta que nuestra guía judía nos explicó que ellos creen que las escrituras incluyen una nueva reconstrucción del templo, para los más ortodoxos cuando venga el Mesías; o sea que están apañados: llegó y no se enteraron. Me senté en la escalinata de la explanada que da al Monte de los Olivos y tuve la misma sensación que al recorrer la Vía Dolorosa.

Entramos otra vez dentro de Jerusalén atravesando la muralla por la zona norte, el barrio musulmán, para ver de camino los restos de la Piscina Probática donde Jesús curó al paralítico que no tenía quien le echara a la piscina cuando bajaba el ángel y removía el agua, curando al primero que entraba en ella. La piscina se llamaba Betesda. Se ha confirmado por los arqueólogos la existencia de tal piscina o estanque entre otras varias de Jerusalén, situada a unos 100 metros al norte del templo. A juzgar por las ruinas que quedan de ella, era enorme, un cuadrilátero de unos ciento veinte metros por sesenta, rodeado de una larga serie de arcos -que se llamaban pórticos- y dividido por un muro sobre el cual aparecía un quinto pórtico. El nombre de la piscina, según consta en el rollo de cobre de Qumran, es Betesda, cuya etimología aramea significa «casa de la misericordia». Los arqueólogos la descubrieron hacia 1931-32 bajo las ruinas de la basílica de santa Ana.

( La piscina probática) (*)

De allí nos dirigimos ya directamente al llamado Muro de las Lamentaciones, título que –nos explicó nuestra guía judía- no gusta nada a los que rezan en él, pues no van a lamentarse en modo alguno sino a hacer oración. Ya hemos dicho que no se lamentan porque creen en la reconstrucción del Templo. Para acceder desde el barrio musulmán al judío, tuvimos que pasar dos controles con escáneres ambos, como los de los aeropuertos, y pareja de militares armados hasta lo dientes en cada uno. Yo creo que fue esta la impresión más clara de los problemas de la Intifada, más que al cruzar las múltiples fronteras que hay en Tierra Santa. Por cierto creo ya he comentado que las calles de estos barrios en la zona antigua de Jerusalén, tanto las del musulmán como las del judío y las del cristiano y del armenio, son muy parecidas, a veces techadas completamente y otras con arcos o cabalcavías, suelo de escalones de piedra en las en cuesta –con dos calzos paralelos fijos, también en piedra, para permitir el paso de carros-, todo muy medieval, con más artículos de turismo colgados a los lados en las musulmanas, y más limpio todo en el judío.

( Muro de las lamentaciones y entrada al foso) (*)

Se rompe este recorrido de callejuelas intrincadas al llegar al Muro de las Lamentaciones, que se encuentra limitando una gran esplanada en pendiente hacia el muro. Como hemos visto tantas veces en la tele, cientos de judíos, muchos de negro –son los judíos ortodoxos, tocados con sombrero negro de alas, con larga barba y mechones de cabello rizados sorteando las orejas, y con sus filacterias colgantes, como largos rosarios pero de hilos, que les llegan a las rodillas-, rezan ante el muro en varias hileras, dando cabezadas, e introducen papelitos de rogativas entre los huecos del muro. Nos dijern que un par de veces al año se quitan todos y entierran al final del muro. Para acerarse es obligatorio llevar la cabeza cubierta; a unos quince metros del muro hay unos puestos donde ofrecen gratis gorritos en forma de bonete. El muro parece concluir por la izquierda en un oscuro túnel –se ve bien en una de las fotos con que ilustramos este artículo- pero bajo éste sigue y se puede ver su extensión hacia abajo con mucha más profundidad. Este muro es lo único que queda del Templo, y se ve solo por su parte exterior.

Podemos imaginarnos su interior lleno siempre de tanta gente como cada día acudía a presentar las ofrendas, que adquirían en los muchos tenderetes que se montaban en él mismo y que Jesús derribó un día diciendo que convertían la casa de Dios en cueva de ladrones, expulsando a los vendedores del Templo. Unas correspondían a los productos de la tierra en señal del supremo dominio divino sobre todo lo creado. Consistían en harina y aceite, espigas o pan cocido, sobre las que se depositaba incienso, expresando el deseo de que fueran agradables al Señor. Parte de la oblación se quemaba sobre el altar, y parte era consumida por el sacerdote en el interior del Templo. El holocausto era un sacrificio en el que la víctima (un cordero, un ave…), previamente sacrificada, se destruía completamente, casi siempre a través del fuego. Holocausto significaba precisamente que en el sacrificio la víctima se quemaba enteramente. En tiempos del Señor se ofrecía mañana y tarde, y por eso se llamaba sacrificio perpetuo. Era figura del que había de venir, el sacrificio eucarístico.

( Muro de las lamentaciones) (*)

El templo siempre fue considerado entre los judíos como lugar de una particular presencia de Yahvé. Ya en el desierto se manifestaba en la Tienda del encuentro: allí hablaba Moisés con el Señor, como se habla con un amigo; la columna de nube, signo de Su presencia, descendía entonces y se detenía a la entrada de la Tienda. Era el ámbito donde estará presente su Nombre, su Ser infinito e inefable, para escuchar y atender a sus fieles. Cuando Salomón hubo construido el Templo de Jerusalén, en la fiesta de su dedicación pronunció estas palabras (Reyes 8, 27-30): “¿En verdad morará Dios sobre la tierra? Los cielos y los cielos de los cielos no son capaces de contenerte; ¡cuánto menos esta casa que yo he edificado! Pero, con todo, atiende a la plegaria de tu siervo, Yahvé, Dios mío, y oye la oración que hoy hace tu siervo ante Ti. Que estén abiertos tus ojos noche y día sobre este lugar, del que has dicho: «En él estará mi Nombre»; y oye, pues, la oración de tu siervo y la de tu pueblo, Israel; cuando oren en este lugar, óyela Tú también desde el lugar de tu morada de los cielos…”

Vamos a seguir las explicaciones de la guía que ya mencioné en artículos anteriores “Huellas de nuestra fe, Apuntes sobre Tierra Santa”, de Jesús y Eduardo Gil, que puede descargarse gratuitamente en www.saxum.org. El Templo era el lugar del encuentro con Dios mediante la oración y, principalmente, los sacrificios; era el símbolo de la protección divina sobre su pueblo, de la presencia del Señor siempre dispuesto a escuchar las peticiones y a socorrer a quienes acudieran a Él en las necesidades. Así queda manifiesto en las palabras con que Dios contestó a Salomón (Reyes 9, 1-9): “He escuchado tu oración y he elegido este lugar como Templo para mis sacrificios (…). Desde ahora mis ojos estarán abiertos y mis oídos atentos a la plegaria hecha en este lugar. Pues ahora he elegido y he santificado este Templo para que permanezca mi nombre en él eternamente, y mis ojos y mi corazón estarán siempre ahí. Si tú caminas en mi presencia como caminó tu padre David, cumpliendo todo lo que te he mandado y guardando mis normas y mis decretos, Yo consolidaré el trono de tu realeza como establecí con tu padre David: «No te faltará un descendiente como soberano de Israel». Pero si vosotros me abandonáis y no guardáis mis decretos y mis mandatos como os he propuesto, sino que seguís y dais culto a otros dioses, y os postráis ante ellos, Yo os arrancaré de la tierra que os he dado, apartaré de mi vista el Templo que he consagrado a mi nombre y haré de vosotros motivo de burla y de fábula entre todos los pueblos. Este Templo, que era tan excelso a los ojos de los que pasaban ante él, se convertirá en ruinas”.

( Reconstrucción del templo de Herodes ca. 10 a. C.) (*)

La historia de los siguientes siglos muestra hasta qué punto se cumplieron estas palabras. Tras la muerte de Salomón, el reino se dividió en dos: el de Israel al norte, con capital en Samaría, que fue conquistado por los asirios en el año 722 a. C.; y el de Judá al sur, con capital en Jerusalén, que fue sometido a vasallaje por Nabucodonosor en el 597. Su ejército arrasó finalmente la ciudad, incluido el Templo, en el año 587, y deportó la mayor parte de la población a Babilonia.

Antes de esta destrucción de Jerusalén, no faltaron los profetas enviados por Dios que denunciaban el culto formalista y la idolatría, y urgían a una profunda conversión interior; también después recordaron que Dios había condicionado su presencia en el Templo a la fidelidad a la Alianza, y exhortaron a mantener la esperanza en una restauración definitiva. De este modo, fue creciendo la convicción inspirada por Dios de que la salvación llegaría por la fidelidad de un siervo del Señor que obedientemente tomaría sobre sí los pecados del pueblo.

No tuvieron que pasar muchos años para que los israelitas sintieran de nuevo la protección del Señor: en el año 539 a. C., Ciro, rey de Persia, conquistó Babilonia y les dio libertad para que regresaran a Jerusalén. En el mismo lugar donde había estado el primer Templo, se edificó el segundo, más modesto, que fue dedicado en el año 515. La falta de independencia política durante casi dos siglos no impidió el desarrollo de una intensa vida religiosa. Esta relativa tranquilidad continuó tras la invasión de Alejandro Magno en el 332 a. C., y también durante el gobierno de sus sucesores egipcios, la dinastía tolemaica. La situación cambió en el año 200, con la conquista de Jerusalén por parte de los Seléucidas, otra dinastía de origen macedonio que se había establecido en Siria. Sus intentos de imponer la helenización al pueblo judío, que culminaron con la profanación del Templo en el 175, provocaron un levantamiento. El triunfo de la revuelta de los Macabeos no solo permitió restaurar el culto del Templo en el 167, sino que propició que sus descendientes, los Asmoneos, reinasen en Judea.

( Construcción de la Cúpula de la Roca -691 d. C.- y mezquita de Al-Aqsa -715 d. C.) (*)

En el año 63 a. C., Palestina cayó en manos del general romano Pompeyo, lo que dio inicio a una nueva época. Herodes el Grande se hizo nombrar rey por Roma, que le facilitó un ejército. En el 37, tras afianzarse en el poder por medios no exentos de brutalidad, conquistó Jerusalén y empezó a embellecerla con nuevas construcciones: la más ambiciosa de todas fue la restauración y ampliación del Templo, que llevó a cabo a partir del 20 a. C.

Jesucristo había profetizado que del Templo no quedaría piedra sobre piedra (Mt 24, 2; Mc 13, 2; Lc 19, 44 y 21, 6). Esas palabras se cumplieron en el año 70, cuando fue incendiado durante el asedio de las legiones romanas. Cincuenta años más tarde, sofocada la segunda sublevación y expulsados los judíos de Jerusalén bajo pena de muerte, el emperador Adriano ordenó construir una nueva ciudad sobre las ruinas de la antigua. La llamó Aelia Capitolina. Sobre las ruinas del Templo, fueron levantados monumentos con las estatuas de Júpiter y del mismo emperador.

( Cúpula de la Roca) (*)

En el siglo IV, cuando Jerusalén se convirtió en una ciudad cristiana, se construyeron numerosas iglesias y basílicas en los Lugares Santos. Sin embargo, el monte del Templo quedó abandonado, aunque se permitió el acceso a los judíos un día al año para rezar a los pies del muro occidental, ante lo que se conoce todavía hoy como el muro de las Lamentaciones.

LÁ ESPLANADA DE LAS MEZQUITAS

Continuamos el relato histórico con la guía de Saxum. “La expansión del Islam, que llegó a Jerusalén en el 638, seis años después de la muerte de Mahoma, cambió todo. Los primeros gobernantes centraron su atención en la explanada del Templo. Pronto se construyeron dos mezquitas: en el centro, sobre el lugar que antaño podría haber ocupado el Santo de los Santos, la de la Cúpula de la Roca, terminada el año 691, que conserva la arquitectura original; al sur, donde estaba el mayor pórtico de la época de Herodes, la de Al-Aqsa, que se acabó en el 715, aunque ha sufrido varias restauraciones importantes a lo largo de su historia.

( La Cúpula de la Roca) (*)

Desde entonces, exceptuando los breves reinos de los cruzados de los siglos XII y XIII, los musulmanes siempre han detentado el derecho sobre el lugar: denominado Haram al-Sharif –el Santuario Noble–, lo consideran el tercero más sagrado del islam, después
de la Meca y Medina”. Los musulmanes creen que la roca que se encuentra en el centro de la Cúpula es el punto desde el cual Mahoma ascendió a los cielos para reunirse con Dios, acompañado por el ángel Gabriel.

EL CENÁCULO

Desde la explanada de las mezquitas nos fuimos de nuevo al otro lado de la muralla que construyeron los cruzados y que rodea Jerusalén, para coger el autobús, que nos llevó, del este al suroeste de la ciudad vieja, a la zona del Cenáculo.

El Cenáculo – volvemos a la guía de Saxum- sería ya digno de veneración solo por lo que ocurrió entre sus paredes aquella noche, pero además allí el Señor resucitado se apareció en dos ocasiones a los Apóstoles, que se habían escondido dentro con las puertas cerradas por miedo a los judíos; la segunda vez, Tomás rectificó su incredulidad con un acto de fe en la divinidad de Jesús: ¡Señor mío y Dios mío!

Los Hechos de los Apóstoles nos han transmitido también que la Iglesia, en sus orígenes, se reunía en el Cenáculo, donde vivían Pedro, Juan, Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago de Alfeo y Simón el Zelotes, y Judas el de Santiago. Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y con María, la madre de Jesús, y sus hermanos. El día de Pentecostés, en aquella sala recibieron el Espíritu Santo, que les impulsó a ir y predicar la buena nueva.

( El Cenáculo) (*)

Los evangelistas no aportan datos que permitan identificar este lugar, pero la tradición lo sitúa en el extremo suroccidental de Jerusalén, sobre una colina que empezó a llamarse Sión solo en época cristiana. Originalmente, este nombre se había aplicado a la fortaleza jebusea que conquistó David; después, al monte del Templo, donde se custodiaba el Arca de la Alianza; y más tarde, en los salmos y los libros proféticos de la Biblia, a la entera ciudad y sus habitantes; tras el destierro en Babilonia, el término adquirió un significado escatológico y mesiánico, para indicar el origen de nuestra salvación. Recogiendo este sentido espiritual, cuando el Templo fue destruido en el año 70, la primera comunidad cristiana lo asignó al monte donde se hallaba el Cenáculo, por su relación con el nacimiento de la Iglesia.

Recibimos testimonio de esta tradición a través de san Epifanio de Salamina, que vivió a finales del siglo IV, fue monje en Palestina y obispo en Chipre. Relata que el emperador Adriano, cuando viajó a oriente en el año 138, «encontró Jerusalén completamente arrasada y el templo de Dios destruido y profanado, con excepción de unos pocos edificios y de aquella pequeña iglesia de los Cristianos, que se hallaba en el lugar del cenáculo, adonde los discípulos subieron tras regresar del monte de los Olivos, desde el que el Salvador ascendió a los cielos. Estaba construida en la zona de Sión que sobrevivió a la ciudad, con algunos edificios cercanos a Sión y siete sinagogas, que quedaron en el monte como cabañas; parece que solo una de estas se conservó hasta la época del obispo Máximo y el emperador Constantino».

Este testimonio coincide con otros del siglo IV: el transmitido por Eusebio de Cesarea, que menciona veintinueve obispos con sede en Sión desde la era apostólica hasta su propio tiempo; el peregrino anónimo de Burdeos, que vio la última de las siete sinagogas; san Cirilo de Jerusalén, que se refiere a la iglesia superior donde se recordaba la venida del Espíritu Santo; y la peregrina Egeria, que describe una liturgia celebrada allí en memoria de las apariciones del Señor resucitado.

Por diversas fuentes históricas, litúrgicas y arqueológicas, sabemos que durante la segunda mitad del siglo IV la pequeña iglesia fue sustituida por una gran basílica, llamada Santa Sión y considerada la madre de todas las iglesias. Además del Cenáculo, incluía el lugar de la Dormición de la Virgen, que la tradición situaba en una vivienda cercana; también conservaba la columna de la flagelación y las reliquias de san Esteban, y el 26 de diciembre se conmemoraba allí al rey David y a Santiago, el primer obispo de Jerusalén. Se conoce poco de la planta de este templo, que fue incendiado por los persas en el siglo VII, restaurado posteriormente y de nuevo dañado por los árabes. Cuando los cruzados llegaron a Tierra Santa, en el siglo XII, reconstruyeron la basílica y la llamaron Santa María del Monte Sión.

En la nave sur de la iglesia estaba el Cenáculo, que seguía teniendo dos pisos, cada uno dividido en dos capillas: en el superior, las dedicadas a la institución de la Eucaristía y la venida del Espíritu Santo; y en el inferior, las del lavatorio de los pies y las apariciones de Jesús resucitado. En esta planta se colocó un cenotafio –monumento funerario en el que no está el cadáver del personaje al que se dedica– en honor de David. Reconquistada la Ciudad Santa por Saladino en 1187, la basílica no sufrió daños, e incluso se permitieron las peregrinaciones y el culto. Sin embargo, esta situación no duró mucho: en 1244, la iglesia fue definitivamente destruida y solo se salvó el Cenáculo, cuyos restos han llegado hasta nosotros.

La sala gótica actual data del siglo XIV y se debe a la restauración realizada por los franciscanos, sus dueños legítimos desde 1342. Los frailes se habían hecho cargo del santuario siete años antes y habían edificado un convento junto al lado sur. En la fecha citada, por bula papal, quedó constituida la Custodia de Tierra Santa y les fue cedida la propiedad del Santo Sepulcro y el Cenáculo por los reyes de Nápoles, que a su vez la habían adquirido al Sultán de Egipto. No sin dificultades, los franciscanos habitaron en Sión durante más de dos siglos, hasta que fueron expulsados por la autoridad turca en 1551. Ya antes, en 1524, les había sido usurpado el Cenáculo, que quedó convertido en mezquita con el argumento de que allí se encontraría enterrado el rey David, considerado profeta por los musulmanes. Así permaneció hasta 1948, cuando pasó a manos del estado de Israel, que lo administra todavía. Se accede al Cenáculo a través de un edificio anexo, subiendo unas escaleras interiores y atravesando una terraza a cielo abierto. Se trata de una sala de unos 15 metros de largo y 10 de ancho, prácticamente vacía de adornos y mobiliario. Varias pilastras en las paredes y dos columnas en el centro, con capiteles antiguos reutilizados, sostienen un techo abovedado. En las claves quedan restos de relieves con figuras de animales; en particular, se reconoce un cordero.

Algunos añadidos son evidentes, como la construcción hecha en 1920 para la plegaria islámica en la pared central, que tapa una de las tres ventanas, o un baldaquino de época turca sobre la escalera que lleva al nivel inferior; este dosel se apoya en una columnita cuyo capitel es cristiano, pues está adornado con el motivo eucarístico del pelícano que alimenta a sus crías. La pared de la izquierda conserva partes que se remontan a la era bizantina; a través de una escalera y una puerta, se sube a la pequeña sala donde se recuerda la venida del Espíritu Santo. En el lado opuesto a la entrada, hay una salida hacia otra terraza, que comunica a su vez con la azotea y se asoma al claustro del convento franciscano del siglo XIV.

En la actualidad no es posible el culto en el Cenáculo. Solamente dos papas han gozado del privilegio de celebrar la Santa Misa en esta sala: san Juan Pablo II, el 23 de marzo de 2000; y Francisco, el 26 de mayo de 2014. Cuando Benedicto XVI viajó a Tierra Santa en mayo de 2009, rezó allí el Regina coeli junto con los Ordinarios del país. Debido a la existencia del cenotafio en honor de David, que se veneraba como la tumba del rey bíblico, muchos judíos acuden al nivel inferior para rezar ante ese monumento.

LA BASÍLICA DE LA DORMICIÓN DE LA VIRGEN

La presencia cristiana en el monte Sión pervive en la basílica de la Dormición de la Virgen –que incluye una abadía benedictina– y el convento de San Francisco. La primera fue construida en 1910 sobre unos terrenos que obtuvo Guillermo II, emperador de Alemania; la cúpula del santuario, con un tambor muy esbelto, se distingue desde muchos puntos de la ciudad. En el convento franciscano, fundado en 1936, se encuentra el Cenacolino o iglesia del Cenáculo, el lugar de culto más cercano a la sala de la Última Cena.

( Cenáculo y Basílica de la Dormición) (*)

Curiosamente hay dos iglesias en Jerusalén relacionadas con la Asunción de la Virgen María, ésta de la Dormición y la Iglesia de la Tumba de la Virgen, en el Huerto de los Olivos, que vimos a los dos días. La primera conmemora el lugar donde la Virgen se durmió o falleció – que discuten los teólogos, ya que el dogma católico solo incluye la asunción o tránsito de su cuerpo y alma al cielo-, y la segunda, en el Huerto de los Olivos que es zona de enterramientos, y está al este de la ciudad, donde se puso su cuerpo para enterrarlo y desde donde se produjo su asunción al cielo, muy distante del Cenáculo y basílica de la Dormición, al otro lado de Jerusalen, en el suroeste.

En la Abadía de Hagia María, como se llama ahora a la abadía benedictina en Jerusalén, en Monte Sion, cerca de las murallas de la Ciudad Vieja de Jerusalén, cerca de la Puerta de Sion, se encuentra el lugar en el que, según la tradición, tuvo lugar la Dormición de la Virgen María, por lo que era antiguamente conocida como Abadía de la Dormición de la Virgen María, pero en 1998 cambió en referencia a la iglesia de Hagia Sion que hubo antiguamente en ese lugar.

Fundada por Juan II (obispo de Jerusalén) y mucho después, durante su visita a Jerusalén en 1898, el emperador Guillermo II compró este solar en el Monte Sion por 120.000 marcos de oro al Sultán Abdul Hamid II y lo donó a la católica «Unión alemana de Tierra Santa». En 1967 durante la Guerra de los seis días la abadía ardió en llamas desde ambos lados.

La actual iglesia es un edificio circular con diferentes nichos que contienen altares y un coro. Dos escaleras espirales bajan a la cripta, el lugar descrito como el de la dormición de la Virgen María y al órgano y la galería desde donde se accede a dos de las cuatro torres de la iglesia.

EL CENACOLINO

En el convento franciscano, como hemos dicho fundado en 1936, se encuentra el Cenacolino o iglesia del Cenáculo, el lugar de culto más cercano a la sala de la Última Cena. Por distintos motivos, es imposible celebrar misa en el Cenáculo, por eso los franciscanos se establecieron en el convento de «San Francisco junto al Cenáculo», cercano a este santo lugar donde la tradición sitúa la última Cena y Pentecostés. El objetivo era permitir a los peregrinos que celebren la eucaristía lo más cerca posible del lugar donde Cristo la instituyó. Los hermanos menores residieron en el monte Sión desde el siglo XIV al XVI; tras la expulsión se establecieron en el convento de San Salvador, donde viven todavía hoy. Regresaron al monte Sión solo en 1936, a dos casas compradas a los palestinos y adaptadas para la vida en fraternidad. Llamado afectuosamente «Pequeño Cenáculo» o Cenacolino (en italiano), en este lugar viven actualmente cinco frailes procedentes de distintos países.

En esta capilla, el beato Álvaro celebró la Santa Misa por última vez en su vida, la mañana del 22 de marzo de 1994. Mons. Javier Echevarría recordaba poco tiempo después algunos detalles de esa jornada, en la que el primer sucesor de san Josemaría estuvo intensamente recogido en oración: «Me impresionó ver la unción con que se revistió: se le veía reconcentrado, emocionado. Dio un beso muy profundo al pectoral antes de ponerse la casulla. Después tomó el solideo, también con verdadera unción, para ponérselo antes de salir»

Así que resultaba un sitio estupendo para que nos dijeran Misa los sacerdotes que nos acompañaban, D. Juan y D. Rafael. La tuvimos a última hora de la mañana, y nos encomendamos muy especialmente a don Álvaro, para que pudiéramos sacar buenos frutos de nuestra estancia en Saxum. Después comimos, con bocatas que nos habían preparado en Saxum, algunos en jardines próximos, y otros –entre ellos yo, creo que acertamos- en unos merenderos donde nos cobraron solo las bebidas que consumimos. Por la tarde estaba prevista una visita a la casa de Anás, pero teníamos tal cansancio – mayor por el calor- que arrastrábamos de esa mañana y los días anteriores, que nos planteamos volver directamente a Saxum y tomarnos el resto del día con tranquilidad, como así hicimos. Era tal el cansancio mío que tuve que oír la Misa en el Cenacolino casi todo el tiempo sentado; no podía más. Pero, sin ninguna duda, había valido la pena.


(*) Para ver las fotos que ilustran este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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