La paliza del Black Friday

Por Javier Pardo de Santayana

(Anuncio para el Black Friday)

Permita mi improbable lector que una vez más le diga que me saca de quicio que los sufridos, ingenuos y despistados españoles no suelten la carcajada o, que por el contrario, no se indignen al constatar que una vez más les han tomado el pelo con la cantinela de lo del ya famoso viernes negro en su versión inglesa de “Black Friday”: aquel engendro importado que nos encalomaron en su día, y que como pobres idiotas haríamos inmediatamente nuestro.

Mire usted lo que nos cuesta conseguir algo importante o por lo menos ligeramente de interés, como que sepamos algo de nuestra propia Historia sin que ésta esté contaminada por la codicia inglesa. O de nuestra propia geografía, como son los nombres de los afluentes del río Ebro. Y, sin embargo estamos perfectamente al tanto de un invento norteamericano que para nosotros debiera ser contra natura. Porque aquí a nadie en su sano juicio se le ocurre que sea un buen atractivo el acudir a sitio alguno en que se nos ofrezca vivir un hecho gafe por naturaleza. Pero se ve que estamos ya incapacitados para responder a nuestra propia idiosincrasia y, en consecuencia, somos presa fácil para tragarnos cuanto venga de fuera.

Así que nos tienen ahí embelesados como tontos y repitiendo estupideces, sin que surja una voz que por lo menos se despierte asombrada de la entusiasta acogida de este engendro que nos llega ya de entrada en otro idioma, y que además se nos presenta en el momento más inoportuno: cuando nuestra atención está centrada nada menos que en el peligro de una pandemia universal que nos está amenazando desde no se sabe dónde

O sea que nosotros, que nos consideramos tan inteligentes y tan listos que nunca admitiríamos caer en un engaño “de los “guiris”, nos vemos de repente siguiendo como corderillos una voluntad ajena capaz de hacer que nos traguemos una curiosa medicina que se nos presenta envuelta en aparente broma de mal gusto. Como han sido los martes y 13, por ejemplo, a la hora de realizar viajes. Porque para los españoles los viernes siempre fueron los clásicos días del mal fario*. ¿Y quién puede ser ciertamente tan estúpido como para desear vivir un “Viernes Negro”? “¿Dice usted un Viernes Negro?” – nos preguntarían. “Pues es lo que nos falta exactamente” . O diciéndonos : “deje usted que me ría”.  O “eso es lo que yo deseo a su señora madre, caballero”.

Pero es que, además, de que la condición de negro suele ser atribuida a un tiempo gafe que parece hablarnos de desgracia, sería absurdo pretender utilizarla como una forma de atraer al público. Y se podría suponer que el hecho de que se trate de un truco destinado a aumentar las ventas antes de las fechas navideñas caería mal en nuestra tierra. Y sin embargo constatamos un entusiasmo desmedido y un acogimiento alborozado  como si fuera algo normal y propio, y hasta beneficioso incluso en un tiempo como el actual de crisis económica y de preocupación por el futuro, respecto al cual deben citarse las protestas de la misma “Greenpeace”, para la cual tamaña iniciativa contribuye a acelerar la crisis del planeta.

Así que nada nos permite imaginar que a alguien pueda ocurrírsele anunciar un Viernes Negro como algo deseable en el futuro salvo para fastidiar un poco más, como tampoco que los españoles, tan contrarios a que se nos tome el pelo, no hayamos reaccionado ante la oferta como si se tratara de una broma de mal gusto.

 * La relación del viernes con el número 13 y con la tradición cristiana parece provenir de su coincidencia con la fecha de ejecución del Gran Maestre de la Orden del Temple en tiempos del rey Felipe IV.

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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