Por Javier Pardo de Santayana

(Pablo Iglesias junto a la secretaria de Organización de Podemos, Lilith Verstrynge, en un acto este domingo en León)
A veces, como ocurre ahora, uno no puede dejar de preguntarse cómo es posible que en un país que se suponía ya a la altura de los tiempos, esto es, de plena naturaleza democrática e integrado plenamente en una Europea unida – es decir, una nación con la experiencia de una serie continua de cuarenta años de feliz funcionamiento en estas ideales condiciones – acabe como ahora está: con el rumbo perdido y en una situación poco menos que caótica: como anquilosada ante el desbarajuste en el que está enredada.
El caso es que la práctica política está siendo desnaturalizada por la ladina utilización de aquellas posibilidades ofrecidas por el continuo juego de unas cifras que no siempre corresponden a la expresión exacta de los deseos del votante – como es el caso de las ventajas concedidas a determinadas regiones españolas – o que dan lugar a un manejo de los números que acaba haciendo de su uso una intrincada manipulación que los aleja de los dictados de la lógica, lo que naturalmente favorece la astuta manipulación de unos políticos a los que no parece avergonzar no distinguir entre lo que es real y lo que es falso. Que éste es el caso de aquellos que más que el bien común y el buen gobierno buscan la supervivencia propia o simplemente el poder a toda costa. Y ejemplos de ambas cosas tenemos ya abundantes. Así que lo que vemos los ciudadanos o votantes es un tejemaneje vergonzoso solo admitido como consecuencia de la costumbre y el hartazgo que tenemos ya los españoles y que nos hace tragarnos sin chistar siquiera los consabidos carros y carretas.
Así que nos tragamos, por ejemplo, que nada menos que un presidente del gobierno nos mintiese directamente asegurándonos un día que nunca pactaría con un político que él mismo consideraba abiertamente indeseable para, dos más tarde, convertirle en su propio vicepresidente y rubricar el hecho con un aparatoso abrazo, de forma que uno tendrá que preguntarse quién se podrá fiar de cualquier cosa que afirme. Y lo hace sin ponerse rojo de vergüenza quizá porque ante la sorpresa de una mentira tan aparatosa y ostensible la gente parece perder hasta la posibilidad de sorprenderse.
Así que no resulta extraño que tan vergonzante y abierta exhibición de trucos – y en resumidas cuentas de lo que tradicionalmente consideramos tomaduras de pelo, en este caso impuestas por nuestros políticos activos – acabe creando un ambiente generalizado de “sálvese quien pueda” que es inmediatamente aprovechado por lo que un conocido y antiguo socialista bautizó como un “gobierno frankestein”. Se trata en suma de la supervivencia de personas concretas para las cuales todo se subordina a la supervivencia personal de un líder al que, como solemos decir los españoles, no importa un pacto con el diablo.
Y en eso estamos: en una situación confusa en la que no se reconoce obstáculo que llegue a entorpecer a estos actores y comparsas: si hay que contradecirse así, directamente, se hace, que una mentira encubre otra mentira. Poco importa, en efecto, que todo el mundo se haya dado cuenta, puesto que siempre les cabrá el recurso de no hacer caso ni de la Justicia. Y aún si meten la pata y se les nota, cabe el recurso de volver a repetirlo utilizando la confusión causada, y desconcertar al oponente mediante el saludable efecto acumulativo de sus muchas mentiras: ese excelente parapeto. Recuerden que ya nos lo avisaron con el elocuente título de un libro.
De todas estas cosas no hay mejor ejemplo que la acumulación actual de situaciones sumamente confusas que permitirán reaccionar de forma aprovechable para los fines de quienes las causan negando aquello que perturbe o que moleste aunque sea evidente o presentándolo de forma favorable sea o no cierta nuestra versión del hecho.