Por Javier Pardo de Santayana

(Tanques ucranianos cerca de la ciudad de Severodonetsk)
Imagine mi improbable lector que, agotado por el mucho trabajo, decidiera marcharse a descansar a su casa de campo en la montaña, y que para descansar a gusto optara por no llevar consigo ni su flamante ordenador ni su teléfono. ”Espero que nadie me moleste” se habría dicho usted ingenuamente. ”Total, son tan sólo siete días” diría luego pensando que dejaba todo en orden. Le preocuparía, claro está, cómo andaban las cosas en España, donde la verdad brilla generalmente por su ausencia, pero se nos permite la esperanza de que las cosas puedan cambiar de pronto cualquier día. Quiero decir con esto que uno puede vivir tranquilo y relajarse una semana sin preocuparse demasiado aún por el futuro.
Pues bien, imagínese ahora que transcurridos simplemente siete días se decidiera a volver a la ciudad, y que al llegar a ella encendiera su televisión o su teléfono de nuevo. Que, nada más hacerlo, la pantalla le mostrara unas imágenes de varias ciudades literalmente destruidas y sembradas de cadáveres: una visión que no es de la ficción de una película sino de una guerra a muerte que está ahora mismo sucediendo. Es más, luego nos mostrarían a un ministro del país agresor amenazándonos con la utilización ni más ni menos que del arma nuclear.
Y uno recuerda las tres guerras mundiales que vivimos el pasado siglo, y la victoria sobre el comunismo que convertiría a Rusia en una democracia y debería traernos ya definitivamente la desaparición de esa amenaza. ¿Cómo es posible – probablemente nos preguntaríamos – que aquel esfuerzo que con tanto éxito se hizo para consolidar definitivamente en nuestros días una paz protegida se tornara de pronto inútil por la simple voluntad de un ex miembro de la KGB que estando ahora en el poder pretendiera aprovechar la debilidad mostrada en los últimos tiempos por el liderazgo norteamericano y el proyecto europeo para llevar a cabo sus propósitos?
¿Y cómo es posible que después de haber superado tantas dificultades tanto tiempo durante el pasado siglo XX acabemos ahora en una situación que, como ésta, se nos hace patente así de golpe en tan solo siete días como si cuanto hicimos a lo largo de aquel tiempo resultara inútil? Porque ahora parecen bastar poco más de siete días para mostrar nuestro fracaso.
Así que de pronto nos vemos hablando con cierta naturalidad de la posibilidad de que alguien pueda amenazarnos – así sin más – con la posibilidad de hacer contra nosotros uso inmediato de un arma cuyo empleo puede suponer ni más ni menos que una destrucción masiva de tal envergadura que ponga incluso en riesgo la supervivencia humana.
Desde luego no concibo peor situación posible que ésta de toparse con una prueba tan aparentemente imposible, absurda y sorprendente como la que se me ha ocurrido poner en toda su evidencia imaginando un antes y un después de siete días y comparándolos en toda su crudeza.
Porque, en efecto, se trata de un hecho tan real y tan patente como la vida misma, y que plantea al mundo entero un muy grave problema de conciencia.