Por José María Arévalo

(Primer número del Diario Pinciano)
Al ver estos días en la prensa local un artículo de Jesús Anta sobre este primer periódico vallisoletano, del XVIII nada menos, la curiosidad me ha llevado a buscar más información en la nube y he visto que la hay abundante, así que resumo de todo ello lo más sobresaliente.
El Diario Pinciano, que se publicó entre los años 1787 y 1788, fue el primero de los periódicos que ha habido en Valladolid y se considera uno de los mejores periódicos de la España del siglo XVIII. Su editor fue José Mariano Beristain Romero, nacido en Puebla de los Ángeles (Méjico) el 22 de mayo de 1756 y fallecido en la ciudad de México el 23 de mayo de 1817. Pasó buena parte de su vida en España, y entre 1782 y 1788 en Valladolid.
Para Beristain, el Diario Pinciano era un medio de difusión de la ideología de las Luces (Wikipedia); es un ejemplo de prensa pre-liberal, que era una copia del modelo inglés y pretendía reformas en la economía y en la sociedad, criticaba a la administración pública, la sociedad del Antiguo Régimen y defendía ideas como la libertad de expresión, pero siempre con mucho cuidado.
Fulgurante carrera
Beristain tuvo una fulgurante carrera hasta el punto de tener licencia para acceder al Palacio Real y a las habitaciones de los reyes, pero a punto de cumplir sus 30 años se le cruzó una delación ante la Inquisición y todos sus planes se desbarataron. Como dice el profesor Celso Almuiña, de no haberse atravesado esa denuncia, probablemente habría sido un importante personaje de la vida pública española.
Cumplidos los 16 años, Beristaín se graduó de bachiller en Filosofía en la Universidad de México, y con 20 consiguió el doctorado en Teología por la Universidad de Valencia. Había venido a la metrópoli en 1773 como secretario y protegido del arzobispo de Valencia, que tenía una gran amistad con su familia.
Recaló en Valladolid en octubre de 1782 para opositar a la plaza de canónigo de la Catedral, pero no pudo ser. No obstante, se queda para presentarse a la cátedra de Instituciones Teológicas de la Universidad de Valladolid, plaza que sí consiguió. Por entonces Beristain era diácono, pues de sacerdote no se ordenó hasta el año 1791.
En Valladolid, Beristain, que vivía en la calle Torrecilla, despliega una actividad intensa y se relaciona con todos los círculos culturales de la ciudad. Alonso Cortés relata que entró a formar parte de la Real Academia Geográfico-Histórica, de la Academia de Matemáticas y Dibujo de la Purísima Concepción, y de la Sociedad de Amigos del País, e incluso él mismo fundó la Academia de Cirugía.

(Beristain, editor del Diario Pinciano)
A Beristain le atraía poderosamente Madrid, y en las vacaciones recalaba en la capital para visitar a un hermano, pero sobre todo para ir a los teatros, una afición que le convirtió en un respetado crítico. Era un joven muy inteligente, y con encantos que le abrían muchas puertas, de tal manera que predicó en algunas iglesias de la capital, se relacionó con la más alta jerarquía religiosa e incluso llegó a tener influencia en la Corte. Le gustaba pasear, asistir a fiestas y a diversiones honestas (pero también tenía escapadillas), y no usaba habitualmente el hábito propio de los diáconos. Beristain aspiraba a labrarse un porvenir en la capital, pues Valladolid no dejaba de ser una ciudad provinciana.
Sufrió varias delaciones ante la Inquisición, tanto por la posesión de algunos libros prohibidos como por el contenido de sus artículos en el Diario Pinciano, periódico que inició su andadura en febrero de 1787.
Artículos atrevidos
El que todo un catedrático se dedicara a editar un periódico no cayó muy bien entre los sectores tradicionales de Valladolid, pues lo consideraban una pérdida de tiempo y una actividad poco seria. Los artículos que escribía eran atrevidos y muy críticos incluso con instituciones serias y respetadas, así que casi con cada artículo iba ampliando el número de sus enemigos, pues no se cortaba, por ejemplo, en polemizar con otros catedráticos. Ya el primer número que publicó provocó la queja del Ayuntamiento porque, según los ediles, no informaba correctamente de lo que allí se decía y, ni cortos ni perezosos, elevan queja al Presidente de la Audiencia y Chancillería.
Beristain, que en 1788 se había vuelto a la ciudad de Méjico, harto de Valladolid y de la persecución de la Inquisición, murió prácticamente en la Catedral, de la que era Deán, cuando en el transcurso de un sermón fue increpado por ser crítico con los revolucionarios que aspiraban a independizarse de España: le dio un espasmo y falleció a los pocos días.